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miércoles, 8 de noviembre de 2017

LA FELICIDAD DE JOSEFINA Marta Lynch



Al otro lado de la puerta, sobre el corredor, estaba su marido. Eso es importante en un país católico por aquello de la indisolubilidad del lazo hasta el día de la muerte. Y recordó la melancólica oficina del Registro Civil, en la calle Agüero, con un vestíbulo de zócalos verdosos y mosaicos falsamente venecianos. Su hermana Herminia estornudó la mitad del tiempo. Perdón, decía inciertamente al aire, perdón y volvía a estornudar hasta que la empleada se compadeció: cierren la puerta, dijo a su vez y Herminia agradeció llorosa detrás de su pañuelo, sin dejar de sacudirse y lagrimear. Mamá llevaba un sombrero ladeado hacia la parte izquierda de su lindo rostro de Madonna; y el célebre prendedor, con los dientes de leche de sus hijos. Es puro marfil, había afirmado justificando el atavismo. El juez leyó salteando el orden de las frases, pero nadie se resigna a enajenar su vida a un juez; quizá si de Dios se trata, la cosa se justificaría. A Dios puede uno permitirle lo de la indisolubilidad y la muerte, separándonos; a Dios puede uno perdonarle lo de la soga al cuello. Pero nunca al juez, con un ambo gris de dudosa calidad y un aliento fuerte expedido con el aire en la lectura atropellada de los códigos. Nadie podría sentirse casado verdaderamente si fuera por los jueces como aquel. Pero estaba Dios y he aquí que escuchó el timbre justamente cuando terminaba de estirar las sábanas. Volcó los ceniceros, apartó al gato con un distraído puntapié y también maldijo largamente porque las interrupciones, a esa hora, aumentaban su nerviosidad. Al otro lado de la puerta estaba Pablo y entonces trató de acomodar el cuello de su blusa, ambos sonrieron, dijeron hola al mismo tiempo y en seguida ella se hizo a un lado.
-Pasá -exclamó, mostrando el revoltijo y la pequeña cocina con la olla donde hervían las arvejas.
-Espero que no lo encontrés mal -dijo el marido.
Le ocurría recordarlo mejor de lo que era, algo más alto y bien tostado. Cuando aún vivían juntos el extraño mecanismo de las sustituciones la atormentó a menudo. Bajaba del taxi en la diagonal que forman Agote y Anchorena y corría media cuadra mortificada por los remordimientos, casi segura de encontrarlo espléndido; Sir Lancelot, dispuesto a todo por reconsiderar las causas y las consecuencias del problema: Don Quijote, Enrique IV, Ricardo Corazón de León.
Pero encontraba a un arquitecto distraído, sumamente amable y algo hambriento a causa de la tardanza de su esposa; las niñas lo acosaban pretextando sueño, y lúgubres posibilidades para la aritmética y la física del día siguiente.
-Mamá no tardará.
Pero mamá tardaba porque es difícil pisar dos terrenos a la vez, difícil calibrar el desnivel; finalmente muy difícil conciliar los argumentos a esgrimir, las dos vidas y la hora. Ya en la puerta del salón, la ilusión de Josefina vacilaba. Su marido, el arquitecto, intentaba un saludo gratificante que le caía mal. Por otra parte redescubría que su cara le era demasiado familiar; a fuerza de conocer cada detalle la perdía de vista.
Entonces ¿cómo calibrar a Lancelot en aquel desconocido amable que se levantaba del sillón, oliendo vagamente a whisky y forzándose en las frases y sonrisas? Josefina había odiado sus discretas decepciones del atardecer; había salido de cada una de ellas con renovados rencores, apta, cada vez, a la posibilidad de ruptura.
-Es poca cosa -dijo refiriéndose al departamento. Ya no percibía el olor de Andrés en el ambiente. Antes, un par de años atrás, de boca sobre las sábanas rayadas, la boca y la nariz sobre la almohada, aspiraba el olor de su amante como una vieja fórmula de la posesión.
-Olés a vainilla, olés a campo, olés a los dos.
Sobre la biblioteca, el hollín de Buenos Aires, a diez pisos de altura, engrasaba los estantes, el borde del Coloso de Marusi y una falsa moneda romana.
A veces la casa de la calle Agote le parecía bien, en verano sobre todo cuando Pablo abría las ventanas y ella divisaba una parte de la cabalgadura del General Mitre y dos canteros con anémonas. Por un instante se sentía en paz hasta que la pana del sillón que enfrentaba al de su marido comenzaba a provocarle picazón bajo los muslos.
-¿Cuándo regresaste? -preguntó.
-Hace cinco días -dijo Pablo.
Ahora parecía fácil redescubrir esa cabeza junto al par de ojos almendrados que se volvían hacia ella con las últimas noticias.
-Recibí una carta de María Mercedes -dijo Josefina.
Ella estaba bien. Acababa de cumplir catorce años y la escuela en Vevey la había conformado en parte.
-Querés decir resignado -dijo.
-Digo conformado. Las jóvenes se las arreglan pronto -dijo Pablo.
No podía demostrar tanta ansiedad porque no era razonable. Razonables habían sido todos dieciséis meses antes, cuando decidieron poner punto final a la clásica situación triangular. Actuar con madurez, con civilización, dijeron todos. La chica aquella, María Mercedes, había objetado a gritos hasta el último momento. Le faltó gritar por su madre, aullar en el balcón, arrancarse el pelo. Pablo y Josefina se dijeron al unísono que aquel ataque pasaría pronto y que las dos niñas -Tulia era menor- verían con agrado y pronto la disolución de una pareja falsa. No fue tan fácil. Pablo suplicó también hasta el último momento. La gente se adhiere a una fórmula de amor por pura cábala pero el amor entre ella y Andrés no merecía limitación alguna. Seguramente estaba ahora algo sudorosa y sin duda descuidada.
-Perdoná -dijo entrando en la cocina. Pablo la observó maniobrar con impericia en el pequeño espacio libre, entre los artefactos de la casa.
-Preparo la comida de la noche -dijo.
Cuando chica, el nudoso sobrehueso del dedo mayor le había otorgado patente de estudiosa. Sonrió tiernamente a su propia imagen de trenzas y ortodoncia.
-Contame -dijo con volubilidad agachándose sobre el pequeño mostrador.
Amontonó nerviosamente las papas peladas, el colador con las arvejas, y llenó de agua una pava empavonada por la grasa.
-Has enflaquecido -dijo Pablo.
Trata de ponerme a prueba, pensó Josefina, comenzando a sentir lo pegajoso del sudor sobre el labio superior. Debí cambiarme de vestido. Pero ¿qué vestido? Quizá con las seis horas de la tarde en la agencia de publicidad, como free lance o lo que fuera. En la agencia trabajaban media docena de muchachas rutilantes. Quizá ahora no sería tan difícil lo de las blusas o el vestido para ocasiones como esa. Pablo se mostró cordial y hasta generoso, discutiendo el asunto en una mesa junto a la ventana de Queen Bess.
-Divagás -dijo Josefina-, no puedo aceptarte medio centavo.
Cuando Andrés y ella se abrazaban, el vestido yacía enrollado, abandonado junto a los zapatos; la luz de la media tarde velaba la piel, sus dientes parejísimos iban a entenderse con el hombro, con el pecho poderoso, con el vello rojo y rizado del pecho o de la axila.
-Has enflaquecido -dijo Pablo.
Ahora notaría lo de las caderas y la vena hinchada en la pantorrilla izquierda. También Andrés la había señalado sin aflojar en el abrazo:
-Tus caderas se esfuman, amor mío -dijo suspirando fuerte.
Algunas mujeres enflaquecían con la edad pero ello lo atribuía a su falta de costumbre en el trabajo; las dos piezas no se limpiaban solas y Andrés a más de amante era un hombre exigente, con hambre nocturna y una camisa diaria.
-Verás -se habían dicho-, todo será excelente.
Pero la beatitud mermó cuando el Director del diario prescindió de Andrés y ella no pudo vender las pocas cosas que restaran a cambio de su libertad. Es decir: con eso habían vivido; pero Buenos Aires es una ciudad hambrienta que muerde cada vez que puede, eligiendo los puntos dolorosos. Maniobró con habilidad para apagar el gas y comenzó con la limpieza de la grasa. Notó que su cansancio no se iba con el sueño y Andrés lo atribuyó buenamente a la cama estrecha donde se amaran tantas veces. Andrés se ocupaba de ella muy tarde, por las noches. Durante el día había que vivir con los demás; rastrear ocupaciones, trabajar al fin, y Josefina regresaba con fruición a las viejas horas compartidas cuando podían atropellarse mutuamente con un diálogo vivo interrumpido por el sexo. Ahora ambos se volvían razonables, sobre todo Andrés.
-No podés vivir en plena excitación, querida -argumentaba.
Y luego trataba de bromear:
-Sos una sexomaníaca.
Al conocerlo le había parecido demasiado corpulento, muy carnal, blanco en exceso. Pero luego, al enamorarse de él, lo deseó con una ansiedad saludable, nunca saciada. Solía abstraerse de las conversaciones, sorda a las palabras, nunca a su voz, atenta al movimiento de una boca hermosa que le sonreía y al brillo de los ojos claros.
-Me mirás como a una aparición -decía Andrés.
Ella pensaba que su cuerpo se volatizaría dejándola en estado de abandono. Quizá por eso comenzaron las mutuas exigencias y luego el deseo del renunciamiento. Si a causa de Andrés había que renunciar a lo demás, veía el pacto como bueno.
Sonó el timbre de la calle y dijo al cobrador que mandaría el cheque por correo. Durante su matrimonio con Pablo había sido buena en las mentiras diarias; pero he aquí que esa dualidad había cesado y el cobrador debió intuir la situación.
-Vendré mañana -dijo.
-La semana entrante -contestó Josefina, empujando con el pie la hoja de la puerta. Oh, que no pusiera Pablo esa expresión de condolencias. Bien sabía él que Andrés era solemnemente pobre. Hermoso, pobre; tal cosa significaba, también, abulia y mala suerte.
-Me carga la gente desafortunada -dijo Pablo tras las primeras confesiones.
En el salón de la calle Agote ellos bebían whisky y conversaban. Las niñas ocupaban sus habitaciones en la parte izquierda de la casa y desde allí llegaba sofocada la música del tocadiscos, noche y día. Eran alegres y simpáticas; María Mercedes, probablemente, sería también muy hermosa. Adoraban a Pablo; algo menos a mamá, porque una mujer con ansiedades exteriores se hace blanco de las críticas filiales. Sin embargo, el bloque familiar funcionó bien hasta que comenzó la etapa de los remordimientos y la dignidad.
-No podrás llevarte a las niñas a las dos piezas de Menéndez -dijo Pablo.
Andrés Menéndez querría otros hijos y una mujer completa. También los hombres renuncian a los hijos y se van, pensó Josefina aquella tarde. Habían reñido con Andrés a causa de una actriz. El mundo se dividía en mujeres libres y ocupadas. La actriz se mostró dispuesta a llenar los anchos claros de Andrés cuando Josefina llegó a la calle Agote con el horrorizado aspecto de una asesinada.
-¿Querés café? -preguntó.
-El tuyo era excelente -contestó Pablo mientras revisaba las paredes cubiertas de objetos, de viejas fotografías y dibujos. Sobre una mesa Andrés alineó los caracoles, las estrellas de mar y los hipocampos.
-Recordemos que son los símbolos de la fidelidad -dijo Pablo con ironía.
Ella no podía ser otra cosa que fiel: no había lugar para retroceder, no conservaba una jugada mágica, los ases de su juego estaban a la vista.
-La calidad es mediana -dijo volviendo a la cocina-. Oíme, debo siquiera estirar aquellas sábanas. Por las mañanas me ocupo de la casa y a la tarde tengo alumnos. Descuidá, son inagotables. Ayer el último llegó a medianoche.
Andrés conservaba sus costumbres de noctámbulo y de vez en cuando era un amante saludable. Pero los espacios aumentaban más y más, la piel se acostumbra, se acostumbran los sentidos. A veces, de noche, lo escuchaba respirar preguntándose cómo es que habían pasado en vela tantas noches, escudriñándose, acechándose, montando guardia a un deseo permanente. En el verano el terrible calor de las calles del centro los asfixiaba dentro del pequeño departamento, penosamente conservado. Rozarse les provocaba una pésima impresión, alguno de los dos leía hasta la madrugada para darse tregua. Josefina se preguntaba cómo es que había pasado junto a Pablo tantos años.
Ahora, en pleno enero, le parecía descabellado concebir la vida del invierno, porque los días se habían vuelto duros y, ciertamente, repetidos. Las cartas de María Mercedes no eran muy frecuentes ni tampoco frías ni modelos de amor a la distancia. Pablo le dijo que nadie se apega a los que prefieren irse.
-Pero son mis hijas -protestó Josefina.
Los ojos almendrados la miraron esta vez con curiosidad.
-Ellas no lo niegan -contestó-, no reclamaron demasiado. Pero ocurre que han entendido bien temprano que la vida se juega a solas.
-Fui una madre cariñosa -dijo Josefina sirviendo el café generosamente.
-Ellas te recuerdan bien -dijo Pablo-, esperan que las vacaciones les permitan encontrarte.
-No deberían estudiar tan lejos.
-Una está en Vevey pero tenés a la otra en Belgrano R -puntualizó Pablo.
-El domingo es un día largo y negro para Andrés si lo dejo solo -contestó.
-Bien que lo sé. Soy yo entonces el que salgo con Tulia. No te quejes, Josefina.
-Debiste avisarme que venías -dijo Josefina agriamente.
-No tenés teléfono. No puedo dejarte un papel bajo la puerta, ni un mensaje en casa del portero. Andrés lo vería mal.
-Andrés tuvo siempre buena voluntad.
-Todos la tuvimos, Josefina.
Las manos de ambos se rozaron y la mujer tembló con una vieja y archivada sensación. Ahora el roce le quitaba el frío pero le daba ganas de llorar. Lo normal hubiera sido sentarse en el suelo siempre cubierto por recortes y restos de papel y también ovillos de pelusa. En su casa de la calle Agote sus empleadas de servicio se ocupaban de los restos de papel y de las camisas de Pablo, de los desechos de las niñas y el olor a cebolla frita que no debía llegar al comedor. A cierta hora del día ella pensaba:
-Los del departamento 6 están cocinando cebollas y pescado.
Era un olor saludable que le provocaba hambre. Pero ahora, desde hacía tres semanas, aquel olor casi la volvía loca. Y bien: nadie es tan idiota de fincar su felicidad en una ráfaga de olor o no. Pablo bebió el café y al inclinar la cabeza ella lo encontró agradable y hasta atractivo.
Oh, no había sido un buen mozo. Ella no se casó con él por eso. Era simpático y seguramente la reconfortaba aquella manera firme y seria de sacarla de cada enfermedad, de darle hermosos hijos, de ponerle una alfombra al costado de la cama para que su buen humor no se evaporara al despertar.
-Quiero decir que, a tu modo, me hiciste muy feliz.
-Pero a mi modo -dijo Pablo amargamente-. Dame más café, sigue siendo excelente.
Ahora seguramente lloraría. Su pobre taza de café y aquellas malditas náuseas premonitorias de la historia que volvía.
-Oíme, Pablo, me hace bien volver a verte pero debo acabar con la casa antes de la una. A la una y cuarto viene el aplazado en física, química y matemáticas. No me preguntés más: un oligofrénico, lleno de dinero.
-Te pagará mejor, entonces.
-No seas idiota.
Pablo rió largamente. Ahora hablaban con naturalidad; ella no tenía ya necesidad de explicar que Andrés la hacía sentir mejor, más fuerte y llena de entusiasmo por la vida. Y al no tocar el tema otros surgían ligeros, como los diálogos de dos sabios profesionales de la vida. Ella no diría a Pablo que la piel de Andrés ya no implicaba el delirio ni que Andrés tenía un carácter apacible y bonachona mala educación.
-¿Qué has hecho con la casa? -preguntó Josefina.
-La conservo. Las niñas querrán ocuparla durante las vacaciones y es mejor si la dejo como está. Vivo en Palermo... Solo -dijo.
No. Ella no consentía esa clase de reclamos ni él le despertaba celos. Pobre Pablo. Una hora de angustia con la actriz tenía mayor dosis de pasión. La primera aventura en la vida de Andrés conservaba mayor dosis de encanto. Cuando Andrés la poseía todas las mujeres del mundo daban un paso atrás. Pero trataba de imaginar la nueva casa donde el marido viviría con resignación.
-¿O no? -dijo de pronto.
-Oh, vivo como todos -dijo Pablo mostrando una penosa herida honda, lanceolada, como una hoja de árbol pegada a la piel. Ella había aplicado fórmulas perversas: lo que no tiene remedio, ya lo remediaste; hay situaciones como esta: una salida es menos penosa que la otra.
-O no -repitió.
Descubrir la madurez de Pablo había sido molesto y natural como las goteras de su casa. Intuía vagamente la necesidad de corregirlas tratando al menos de borrar la aureola sobre el yeso de los techos. Pero las grandes arrugas, ese aspecto respetable de viejo deportista estaban allí. Cuando aún conservaban la costumbre de los besos, los profundos trazos en la cara de Pablo dificultaban aquellas últimas y cándidas efusiones. Pablo dijo entonces que no sería fácil reemplazarla. Él pensaba todavía que no podría reemplazarla nunca. El sol hervía sobre los grandes vidrios del balcón. Abajo, diez pisos abajo, un feo patio interior mostraba los restos de un colchón, algunos trastos y la bicicleta del portero. La última lluvia había ensuciado los vidrios y ella fregó inútilmente con un afán desdeñoso.
-Hace seis meses que no veo a Tulia -dijo.
Lo lamentaba a veces. Algunas noches, de espaldas en la cama estrecha, respirando junto a Andrés, hubiera aullado como si algo la mordiera en el vientre. Se acusaba entonces de fetichista. Los hijos son personas, no objetos para llevar consigo. Sus hijas existían aún después de su repentina obstinación acerca de la dignidad perdida. Pablo la visitaba tras su viaje a Europa con filosófica magnanimidad. Aún faltaba hacer la cama, quitar ese maldito hollín que engrasaba el lomo de los libros y las lamparillas de la luz. En aquella misma habitación Josefina había gritado de placer. Algunas noches, escapando al régimen de la calle Agote, le pareció que el mundo detenía sus maniobras para compartir sus descubrimientos. Cuando sentados a la mesa de Queen Bess Pablo recordó que también ellos lo habían hecho de ese modo, le pareció falso e inmoral. Asimismo consintió por benevolencia: el amor creció, desapareció. Lo raro es que todo aquel vacío había significado una suerte de bonanza. Ahora ya no gritaba con Andrés, más bien le costaba arduo trabajo consentir en las enérgicas ceremonias amorosas a las que ambos se sometían divertidos, sin dejar de pensar en la proximidad del alquiler atrasado.
-Soy muy feliz -explicó a su marido tirándose sobre la silla-. Y todos actuamos con la máxima decencia, Pablo. Era razonable.
Al regresar luego de una tarde de amor, Pablo le parecía muerto. Bebían whisky ocultándose uno del otro. Su casa de Palermo era hermosa, intacta a través del tiempo. A menudo, en la felicidad, ella y Andrés no encontraban qué decirse; al salir del cinematógrafo preparaban frases para llenar los espacios durante la taza de café bebido en el mostrador y luego, en el departamento, en cuyo guardarropa se apretujaban las ropas de los dos. Una tarde, en una hostería de Pilar, sentir sobre el suyo el cuerpo de Andrés le había significado los impulsos valiosos de la vida. Fue su punto de ignición; pero ocurría que ahora ella descontaba el desenlace volviendo las páginas de un libro escrito cuidadosamente quince años atrás, pero con otro hombre.
-Temo no estar en condiciones de invitarte para la hora del almuerzo, Pablo -dijo.
-Sólo quería saber si estabas bien -contestó su marido.
Quizá le diría que esperaba un hijo de Andrés para que la absurda comedia de la conmiseración terminase de una vez. Ella había sido tan terca e indecente como para consentir un hijo. “Sin Vevey ni escuela paga”, pensó mordiéndose.
-Josefina, quiero que lo entendás bien. Voy a ayudarte siempre. No creo que estés, quiero decir, holgadamente...
-Hablábamos de decencia, de amor y no de holgura, Pablo. Hablábamos otro lenguaje, Pablo.
No amaba para nada a ese curioso remedo de un hermano pretendiendo solucionar su vida. Tampoco lo amaba cuando lo de Andrés. Era preciso conservar la piel, se dijo, al fin la piel es lo que nos mantiene vivos.
-Te llamaré muy pronto -dijo animosamente-, Andrés no conserva nada más que buenos recuerdos hacia vos. Él siempre fue un hombre de pasiones razonables.
Oh, aquel indecente mamarracho hacía mal en revolotear por la mugrienta habitación mostrando su herida y sollozando. Las niñas, él, la paz y los sutiles cortinados de la calle Agote habían sido su mentira pavorosa. Ella necesitaba de toda su lucidez para afirmarse en la felicidad a la que todos contribuían. Lo palmeó con ternura:
-Todo va muy bien, Pablito.
Podía ofrecerle un gran abrazo, de la cintura para arriba, y él estrechó su mano como quien sale a la luz desde una cueva.
-Me alegro por todos, Josefina -dijo Pablo ya en la puerta-. Pero ya lo sabés: no tenés más que hablar. Las niñas se pondrán muy contentas con las noticias que les daré esta vez.
-Seguro -dijo Josefina.
Esperó que él entrara en el ascensor. Aún ahora poniendo en juego su buena voluntad le parecía diminuto y desproporcionado. Cerca de la cama recogió las sales con que Andrés friccionaba sus grandes pies cansados. Dedujo que el alumno oligofrénico tardaría unos minutos en llegar y abrió de par en par la ventana sobre el tragaluz. Lo había leído muchas veces pensando que era una forma de forzar las circunstancias. Sintió el borde de la balaustrada hincándose en el diafragma y sonrió perversamente a causa de la angustia y la sorpresa de los que podrían verla en la planta baja. Tuvo un pequeño sobresalto y gimió; su respiración intranquila se escuchaba por la habitación. Miró sin esperanza los zapatos gastados por el uso y los recortes y desechos diseminados; en el borde de la bañera, la ropa interior recién lavada goteaba silenciosamente. Con los ojos recorrió el ámbito mezquino donde se apilaban los libros, la única cama y sus pinceles. Desde la pared el dibujo que hiciera de Andrés tenía una expresión perdida. Recordó los anchos hombros y aquella barbilla con hoyuelo que daba dignidad al resto de los rasgos. Nuevamente habían puesto en movimiento el ascensor y el gato se intranquilizó.
-¿Vos también lo reconocés? -le preguntó.
Toda la aprensión, toda la violencia se desvaneció ante la presencia ardiente que se aproximaba. Todos sus remordimientos estaban ahora fuera de la habitación. Las piernas calmaron su dolor y la cara en el espejo fue joven y graciosa. Apagó la hornalla y corrió la cortina para que aquella cruda luz de mediodía no revelara las viejas formas de las cosas diarias. Aguardó tras la puerta saboreando de antemano el ruido de los pasos, el chasquido de las llaves, el timbre leve. Sus manos alisaron la forma de su falda y toda ella se preparó para el abrazo. Y su boca se alegró, su cuerpo todo se encrespó con esperanzas por la cercanía de aquel hombre que la colocaba nuevamente en la misteriosa alternativa del amor.

FIN


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