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miércoles, 8 de noviembre de 2017

LOS AMANTES Marta Lynch


Cuando los vio llegar, el encargado del hotel puso un disco con música francesa. Vagamente intuyó que era adecuado a la hora, al mal día de verano y a la pareja que ocupaba ahora la mesita de la izquierda, no exactamente la mejor pero sí la que abarcaba parte de la playa y el mar. Después fregó a conciencia el mármol del largo mostrador y aguardó el pedido. Pero ellos tardaban en llamarlo, demostrando una inquieta falta de comodidad en cada gesto como si las sillas, la medialuz y aun las blusas de colores y los pantalones les quedaran mal.
-Dos cafés -dijo el hombre levantándose.
Pero ella protestó en voz muy baja de modo que agregó:
-Jerez, también.
-Disculpame -dijo el hombre, que se llamaba Alfredo.
Era un hombrón de un metro ochenta y tantos, corpulento y rubio, a quien el sol de la villa había maltratado. La piel de la frente estaba roja y seca y la remera color caqui debía lastimarle las anchas espaldas rojas y despellejadas. Uno de esos hombres demasiado blancos, con una gran cabeza romana y ojos fríos, que caminan como si quisieran triturar la tierra. El encargado le indicó la puerta de la izquierda y llenó las dos copitas hasta que el líquido se derramó sobre la mesa. Después limpió el jerez con la servilleta, acomodó las copas y las tazas de café y se las llevó a la mesa donde estaba la mujer. También ella trató de ser gentil pero sus ojos permanecían lejos, casi donde volaban las gaviotas junto a los arbustos y al barquito que usaba el fotógrafo para las mejores poses del día. Eran como las seis y se había levantado viento de modo que ella vio nubes gris plomizo, muy amontonadas, con un borde blanco dibujado. Los últimos bañistas corrían en busca de las toallas y comenzaba el paseo de los rezagados, los solitarios de siempre, enamorados del mar en la tarde triste, anunciadora del otoño. La mujer insistió:
-Gracias.
En eso se escuchó el ruido de la puerta y Alfredo reapareció esta vez de mejor talante.
-¿Qué hacés? -dijo llegando hasta la mesa como si no encontrara nada por decir.
-Aquí estoy -contestó ella sonriendo.
El encargado descubrió entonces que todo iba a ser difícil, hasta ocupar su sitio detrás del mostrador acomodando las botellas o los trozos de queso bien cortado. No había nadie en el pequeño bar de la playa y las voces de uno y otro se oían claramente salvo que se susurrase. El hombre pensó que pocas veces le había sido dado ver tanto cansancio. Ahora ellos miraban la playa y un niño de unos dos años que corría alegremente como si no tuviera sentido de la orientación. Su madre arrojó una gran pelota verde y el agudo grito de júbilo entró por el ventanal cerrado.
-Deberían abrir estas ventanas -dijo la mujer.
Afuera iba poniéndose más oscuro y frío.
-Es imposible con el mar -contestó Alfredo encendiendo un cigarrillo.
Luego extendió la mano y tomó la de ella con buena voluntad.
Ambos sonreían; la mujer sonríe más, pensó el encargado estudiándola. Sonriendo, ambos parecían revolver un baúl viejo lleno de recortes, de cintas de raso y terciopelo, de sombreros, también viejos. Habían llegado a la villa una semana antes. Lo sabía porque Alfredo fue al hotel con su pequeña valija pidiendo habitación. Ella vivía algo más lejos, en uno de los elegantes hoteles de la costa, y en esa semana pasaron muchas veces a tomar café y jerez. Solamente café y jerez y una de esas veces habían reñido ferozmente y la mujer lloró. Al del hotel lo había impresionado más que el llanto la actitud de Alfredo tan igual a la del hombre que cumple su jornada de trabajo, tan distinta a la de los despreocupados veraneantes medio pelo que se desquitaban durante dos semanas de las ocho horas de oficina, del autobús y la monotonía. Mientras los otros se aligeraban de su peso diario, aquel hombrón cargaba con el suyo en una forma demasiada clara, tal como si quisiese que ella lo advirtiera. Tal como diciendo:
-Este es mi esfuerzo. Esta es mi contribución.
Siguió sosteniéndole la mano pero sus ojos no variaron de expresión. En cualquier momento podría resoplar, encoger los hombros, enfurecerse.
-¿A qué hora sale el autobús? -preguntó la mujer.
-A las nueve y cuarto. Podés quedarte conmigo hasta entonces -dijo Alfredo.
Ella miró su reloj pulsera y su cara cambió como si de pronto retomara una expresión antigua de la que ambos estaban ya semiolvidados.
-Te extrañaré.
Ahora hacía verdaderamente frío y aun así las parejas paseaban cerca del borde de las olas. El carpero acomodó las sillas en pilas de cinco cada una y las arrastró luego lejos del agua. Era un mal verano aquel con largas tardes otoñales como esa en las que nada quedaba por hacer salvo encerrarse en el cine o jugar a las cartas. Todo estaba recatadamente gris, hasta el tardío rayo de sol que iluminaba el recorrido de las gaviotas y cuervillos, y el nombre del barquito usado por el fotógrafo que era Danny, un nombre inadecuado para un barco. El niño corriendo junto a su madre se trepó al barco arrastrando con él la gran pelota verde.
-Adentro, Silvestre -gritó la señora riéndose.
La mujer trató de sonreír y dijo:
-El niño se llama Silvestre.
-También yo te extrañaré -dijo Alfredo besándole la mano.
Pero se revolvió con inquietud hasta que retuvo ansiosamente y como un hallazgo la presencia del encargado del hotel.
-¿Hay cigarrillos? -preguntó.
Estaba aliviado por el descubrimiento de un tercero y la pregunta acerca de los cigarrillos. Parecía ser un fumador desesperado.
-Americanos -aclaró, y las manos se soltaron.
-Sólo en el pueblo -contestó el del bar.
-Bueno -dijo Alfredo mirando su reloj-, el pueblo es grande.
El encargado era un tipo curioso, algo tímido.
-En lo de Viñales -dijo.
-Apenas conocemos -dijo la mujer y su cara se puso como si fuera a llorar-, hemos pasado ocho días en la playa.
El encargado, que estaba a punto de decir algo pareció arrepentirse y se inclinó sobre el mostrador para mostrarse servicial. Tampoco él tenía mucho que decir.
-Lo de Viñales es la calle tres.
Entonces habló Alfredo:
-¿Hace mucho tiempo que tiene este hotel?
-Desde el 65, dos años, exactamente tres temporadas.
-Un buen negocio, entonces.
Podía ser que Alfredo fuese uno de esos hombres que siempre buscan los negocios de los otros. Daba el tipo a pesar de la brusquedad de sus ademanes y de su aspecto reservado. Esa gente que vive ojeando sobre el hombro lo que consigue el prójimo. Ahora mostraba entusiasmo por saberlo todo acerca del funcionamiento de un hotel como ese. Él había tenido la idea de un hotel. Ponía por testigo a Josefina, dijo, y la miró como un amigo veterano que busca el asentimiento de su compañero de pensión.
-Sí -dijo Josefina.
Volvió el rostro mustio y bien tostado hacia el ventanal. El contraluz no la favorecía aunque ya era muy tarde y se había levantado una bruma espesa casi como si el mar hirviera. En la parte baja del hotel junto a los tirantes de madera se veían las reposeras de colores y los tablones por los que de día transitaban los bañistas. La tarde no acababa de morir. Aún, hacia el sur, el cielo estaba gris claro pero en la playa sólo una muchacha se paseaba, seguida por su perro, una linda muchacha joven con largos cabellos negros, sueltos. Llevaba los pantalones enganchados bajo las rodillas y se mojaba los pies a pesar del frío. Su perro corría unos metros adelante. La mamá de Silvestre y Silvestre mismo habían desaparecido.
-¿Hacen una buena diferencia por temporada? -preguntó Alfredo enfrentando al encargado.
-Cuando es buena la estación. La gente no quiere una playa con frío. Así y todo ya hemos levantado casi toda la hipoteca.
-El año anterior fue muy hermoso -dijo Josefina.
-¿Hacen buenas ganancias entonces? -preguntó Alfredo sin oírla.
-Unos seiscientos mil -dijo el encargado.
-Está bien. No hay que preocuparse entonces. Esta es la clase de negocios que quisiera conseguir. Un amigo puso una hostería en Córdoba y la pagó en dos años.
Sus manos eran muy blancas y finas y al mirarlas el encargado cobró bríos para contestar:
-Hay que trabajar fuerte, de algún modo.
Dos chiquitas rubias entraron como tromba en el bar acompañadas por Silvestre.
-Son mis hijas -dijo el encargado.
-¿Cómo se llaman las chiquitas? -dijo Josefina.
-Ester y Lina. Este es Silvestre, el padre es médico y veranea en el hotel.
-Ya lo conocemos -dijo Josefina-, es un chico muy simpático.
Las chicas, en cambio, no eran graciosas. Una de ellas sería gorda. Las trenzas sobre la cabeza le daban aspecto de mujer madura.
-¿Te gusta la villa? -preguntó Josefina con amabilidad.
-Me gusta -dijo la que sería gorda.
-A mí me gusta bañarme en el mar con Silvestre -dijo la otra.
-Ya lo creo que este es un gran negocio -insistió Alfredo encendiendo otro cigarrillo-, yo quisiera comprar una cabaña, alquilarla en el verano y vivir aquí el resto del año.
-En el invierno todo es muy desolado. Sólo resisten los alemanes que se refugiaron aquí después de la guerra.
El encargado calculó que serían las ocho menos cuarto. Apenas una hora después saldría el autobús y ellos conversaban acerca de los alemanes y las cabañas ofrecidas con un plan de ventas galopantes. La conversación murió.
-Así las cosas -dijo el encargado cambiando el disco. Ahora, francamente, ya no sabía cuál elegir. Buscó uno que hablaba de bohemia; aunque no conocía el francés era fácil deducir el significado si el tipo que cantaba deletreaba la bo-he-me. Ellos también escuchaban la bo-he-me.
-Alfredo: ¿qué te pasa? -dijo Josefina con desesperación.
-¿Qué me pasa, qué?
-¿Qué te pasa? -insistió a punto de llorar-. Han sido ocho días infernales.
-Eso es lo que se te ha metido en la cabeza. Estamos espléndidamente y me siento feliz de haber estado aquí.
-Ahora te vas.
-Dentro de una semana estarás de nuevo en Buenos Aires. Todo irá bien, ya lo verás.
La infelicidad se colocaba sobre los hombros de ella renaciendo a cada frase pronunciada. Lo más difícil para ambos era encontrar un tema al cual reintegrarse juntos. Sólo podían hablar del desencuentro. Debajo de una frase la agresión mostraba los dientes.
El encargado decidió servirse un whisky. Bendita tarde. Gastaría más en whisky que la ganancia del café y jerez. Pero cualquier cosa era preferible a escuchar el diálogo que le llegaba claramente. Los tres se sentían mal. Era poco confortable y triste estar allí con una tarde derrumbándose sobre la arena, sobre el techo de telas, sobre las mesitas y los escalones de la entrada.
-Sos una cochina -gritó Silvestre rompiendo a llorar.
Las niñitas se prendieron del pelo en una pelea familiar.
-Cochina, cochina -gritó Silvestre.
-Fuera chicos -dijo el encargado arrastrándolos.
Los chicos molestarían hasta la hora de la comida a las veinte y treinta. Su mujer estaba en la cocina y los dos habían trabajado todo el año para mejorar el hotel y ganar bien durante la temporada.
-¡Quietos!
Desde afuera llegaban los agudos gritos de Silvestre.
-Hay algo nuevo, ¿no? Conociste a otra mujer.
Alfredo se puso furioso.
-Has estado insoportable todo el tiempo. No me hagas caer en tu propio juego.
-Todo lo que hago te impacienta, Alfredo. ¡Has estado tan distante! Has cambiado tanto.
-Es mentira. Yo sé también exactamente qué es lo que siento y quiero.
-¿Quién es? ¿Qué es lo que te pasa?
Ella estaba llorando de modo que apenas podía acertar con las palabras. Se le entendía apenas. Se mostraba vencida.
-¿Te acordás del año pasado? Fueron días memorables, días que ni uno ni otro podremos olvidar.
Alfredo se ablandó.
-El año pasado ¿y bien? ¿Cuál es la diferencia?
-Que ahora sos otro. Existe algo que interfiere.
-También vos has estado bien distinta. Pensás en aquello que dejaste por seguirme. Sentís remordimientos. Qué sé yo. Tus construcciones mentales me irritan cuando no me indignan.
-Todo lo que yo soy te indigna.
Él miró alrededor como si se ahogara.
-Cuando tejés historias, tu voz me agota.
-Alfredo: no habrías dicho eso el año pasado. No lo habrías dicho hasta ahora.
Esa tarde viendo sus anchas espaldas hundiéndose en el mar ella había pensado:
Ojalá no vuelva. Ojalá se muera. Ojalá desaparezca en el agua para siempre.
Y al regresar jadeante y lleno de entusiasmo por el mar, Alfredo le pareció vulgar.
Dijo él:
-Te juro que no existe nadie fuera de nosotros.
Ahora la mentira se volcaba en el mantel junto con el resto del jerez. Ya no lloraba y se mostraba razonable:
-No me digas que nada pasa entre nosotros.
-No podés obligarme a que siga en este juego -dijo Alfredo con una voz neutra. Ella se desintegraba-: ¡Claro que todo había cambiado!
El encargado pensó que aquellos dos se soportaban mal.
-Quiero conservar la idea de otros veranos.
Él extendió la mano hasta tomar la de la mujer y estrujarla con algo del antiguo ardor.
-Querida mía: no te destruyas. Te quiero mucho y eso también lo sabés. Y no te miento. Eso también lo sabés.
-Soy muy desgraciada -dijo la mujer.
Aun de noche, con las luces encendidas podía verse una parte de la playa hasta los toldos, y más lejos, la negra línea del mar. Bien pronto la fosforescencia bordaría la cresta de las olas. Diminutos puntos de luz iluminarían la arena empapada. Ellos habían caminado un año antes acrecentando a cada paso la luminosidad. Alfredo colocó un poco de arena con los puntos de luz sobre su índice.
-Nadie te ha hecho un regalo como este -dijo.
Se habían besado en la boca con un beso perdurable.
-Claro que no -había contestado Josefina.
Ahora se miraron y el encargado supuso que era el par de ojos más tristes de la tierra. Alfredo pensó en la blanda chica que conociera en Buenos Aires, antes de partir. Sonrió a la mujer. Aquella otra cara se le antojaba lo más bonito que viera en su vida. Sin embargo él había amado a Josefina que ahora volvía a ser una compañía, agradable y amistosa, ahora que faltaba un cuarto de hora escaso para dar las nueve. Alfredo la miró con gusto y dijo:
-Acompañame.
-Te veré en Buenos Aires -dijo Josefina, que realmente era una mujer muy agradable.
-¿Hay muchas cuadras hasta el autobús? -preguntó Alfredo.
-Unas dos cuadras y media -dijo el encargado.

FIN


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