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jueves, 23 de noviembre de 2017

EL RÍO SECRETO Richard Adams



El nombre del segundo río es Gihon. Apenas ha salido del Paraíso cuando se desvanece en las profundidades del mar… desde donde emerge de nuevo, viajando a través de los senderos secretos de la tierra, en las montañas de Etiopía.
Moses bar Cepha, citado por John L. Lowes, en The Road to Xanadu


De las hembras que habían escapado con él de Éfrafa, a Pelucón Vilthuril siempre le había parecido la más extraña y enigmática, la más difícil de entender. Y no porque fuera poco sociable ni reservada. Al contrario, se llevaba muy bien con todos en la madriguera, y siempre se apuntaba a una buena charla sobre el tiempo, la hierba y los caballos que galopaban por la colina; sobre cosas que no pudieran dar lugar a un desacuerdo y sobre las que nadie pudiera expresar una opinión discordante. Era una buena madre y amaba con delirio a su compañero, Quinto. De hecho, Quinto y ella habían descubierto su afinidad antes incluso de volver de Éfrafa; y, durante la noche del ataque de Vulneraria que, como recordaréis, Quinto pasó inconsciente, tendido en el suelo del Panal, en medio de los efrafanos, para derrotar a Verbena sin dar un solo golpe al despertar, Vilthuril casi había enloquecido por la ansiedad de no saber lo que le había pasado.
Todos percibían en sus tratos con Vilthuril una cierta reserva, y eran conscientes de que Quinto y ella pasaban buena parte del tiempo en su mundo interior, el mundo de la mística. Nadie se ofendía por ello, pues instintivamente reconocían la validez de ese modo de ser y, como decía Campanilla, mientras Quinto pudiera salir el tiempo suficiente para derrotar a tipos como Verbena, no habría problema.
No se trataba tampoco de que Vilthuril no pudiera hablar en serio ni buscar el respeto y la atención de los demás. Pero, dado que eso no sucedía muy a menudo, cuando lo hacía, los otros conejos callaban para no desperdiciar la oportunidad de ver a la verdadera Vilthuril. Y raramente se arrepentían.
Una tarde, cuando el Panal estaba atestado, para sorpresa de todos, Vilthuril le preguntó a Avellano:
-¿Te ha hablado Hyzenthlay alguna vez del río secreto de Éfrafa?
-¡¿El qué?! -replicó Avellano, perdiendo por una vez la compostura.
-El río secreto de Éfrafa -repitió, en el mismo tono locuaz y tranquilo.
-No, por cierto -y entonces, en un intento por disimular su perplejidad, preguntó-: Pelucón, ¿has oído hablar alguna vez del río secreto de Éfrafa? Después de todo, tú estuviste allí.
-No, que me caiga en una trampa si he oído hablar de eso. Y no creo que hubiera tal cosa.
-Pues lo había -dijo Vilthuril-, pero sólo tres conejas conocíamos su existencia.
-Hyzenthlay -preguntó Avellano-, ¿sabías tú algo de eso?
-Oh, claro. Thethuthinnang y yo conocíamos el río muy bien. Lo llamábamos el río secreto. Continúa, Vilthuril, háblales del río. Ella estaba más cerca. Fue ella la que lo descubrió, y quien mejor lo entendía. Se trataba, sobre todo, de estar… en sintonía.
Hubo una pausa, como si Vilthuril quisiera ordenar sus pensamientos antes de empezar.
Al cabo dijo:
-Es imposible que un conejo que nunca ha estado en Éfrafa comprenda realmente lo que significaba vivir allí. En las conejeras, en el tiempo que quedaba entre los dos silflay que cada marca tenía al día, era como si no estuvieras vivo, no al menos en el sentido en el que todos lo entendemos. Bajo tierra podíamos ir adonde quisiéramos, pero no tenía mucho sentido ir a otras conejeras, porque todas estaban igual de atestadas y resultaba físicamente imposible moverse. Tampoco nos prohibían hablar, pero no era algo que hiciéramos con frecuencia. Siempre tuve la sensación de que lo que los oficiales querían era que no hiciéramos absolutamente nada, que entre los silflay nos quedáramos quietos, no habláramos ni pensáramos, a menos que nos llamaran para el apareamiento, y eso era muy poco agradable. Es difícil que un conejo que no ha estado nunca allí lo comprenda.
»Bien. Un día, o tal vez fuera una noche, no lo sé, estaba dormitando en una de las conejeras de la marca, en el extremo más alejado del corredor. Y de pronto empecé a experimentar algo muy extraño. Era como si una corriente estuviera atravesando la pared. Pero no era una corriente de aire o de agua. No estaba fría, ni estaba caliente. Atravesaba la pared y fluía a través de la conejera, sin inundarla.
»Me moví un poco y me encontré en medio de esa corriente… de lo que fuera, y la sentí en mi cara. No había ninguna duda. Estaba allí de verdad, lenta y constante. Y no parecía que ninguno de los otros la hubiera percibido.
»Permanecí mucho rato allí, tendida, entregada por entero a ese flujo, dejando que me tomara, por decirlo de alguna manera. Y al final comprendí que lo que llegaba a través de la pared era una corriente de conocimiento, un conocimiento que no era mío ni tenía nada que ver conmigo. No era producto de mi imaginación. Era algo que venía de fuera de Éfrafa y que yo podía percibir. No podías beberlo ni olerlo, ni tampoco sentirlo en la piel, como el frío o el calor. Pero podías entrar y salir, y así lo hice varias veces, para asegurarme.
»Estaba tratando de expresar algo, a mí o a cualquier conejo que pudiera percibirlo. Permanecí en medio de la corriente y traté de quitar de mi mente cualquier otro pensamiento. Entonces, una idea empezó a surgir con claridad: dos conejas adultas estaban solas, muy lejos de Éfrafa. Cuando hube entendido aquello, la corriente amplió mi saber. Las dos hembras habían dejado su madriguera para fundar otra nueva en la que las hembras predominarían y llevarían el mando.
»Es imposible que aquella idea se hubiera originado en mi cabeza. No tenía una imagen visual. Simplemente, supe de la existencia de las dos hembras y de lo que querían hacer. No podía verlas en mi mente, pero sabía sus nombres, Flyairth y Prake, y sabía que estaban allí fuera, en algún lugar, y que eran tan fuertes y seguras que habían convencido a otros machos y hembras para que fueran con ellas. Pero ¿adónde? Lo único que pude averiguar era que estaban en un lugar arenoso, en una ligera pendiente.
»Supongo que pasé mucho tiempo sumergida en la corriente porque, cuando salí, estaba exhausta. Dormí profundamente hasta el siguiente silflay, que fue a primera hora de la tarde. Quería hablar con alguien de lo que había encontrado… o quizá sería más apropiado decir de lo que me había encontrado a mí. Pero en Éfrafa siempre era peligroso hablar. Cualquiera podía ser un espía del Consejo o explicar a otros lo que le habías contado, hasta que al final todo el mundo se enteraba.
»Decidí explicárselo a Hyzenthlay, pues sabía que había caído en desgracia ante el Consejo después de solicitar permiso para dejar Éfrafa. Hablé con ella aquella tarde, durante el silflay, y me dijo que me acompañaría para ver si también ella podía sentir la corriente como yo.
»Vino conmigo, y sintió la corriente, aunque me pareció que no con tanta intensidad como yo. De todos modos, pronto empezamos a preguntarnos si habría otros conejos que pudieran descubrirlo por sí solos. Teníamos miedo de lo que pasaría si los oficiales se enteraban. No habíamos hecho nada malo, pero eso no bastaba para estar tranquilo en Éfrafa. Teníamos miedo de que nos mataran, porque seguramente el Consejo querría evitar que los demás lo descubrieran. O dirían que nos lo habíamos inventado. Y Hyzenthlay ya estaba bajo sospecha. Así es que no se lo dijimos a nadie.
»El conocimiento que me invadió aquella primera noche en el río secreto me hizo saber que Flyairth y Prake habían persuadido a varios conejos y conejas para que dejaran su madriguera y fueran con ellas a un lugar arenoso donde pensaban fundar una madriguera nueva. Nada más. Pero la segunda noche, sin que yo le dijera nada, Hyzenthlay se enteró de lo mismo. Así es que tuvimos la certeza de que era verdad.
»La tarde siguiente, Hyzenthlay y yo fuimos de las últimas en bajar después de silflay, y encontramos a Thethuthinnang en mi sitio habitual, en el extremo más apartado de la conejera. Sabíamos que podíamos confiarle nuestro secreto, pero esperamos para ver si era capaz de descubrirlo por sí misma. En seguida notamos que estaba experimentando algo extraño y misterioso, pero no hablamos con ella hasta el día siguiente. Entonces, durante el silflay, le dijimos lo que nosotras habíamos descubierto. Ella también lo había sentido, pero con menos intensidad, y no comprendió que era un flujo de saber hasta que se lo dijimos.
»Después de aquello, hacíamos lo posible por introducirnos en el río secreto al menos una vez al día. Normalmente, ellas no lo percibían con tanta claridad como yo, pero cuando lo comentábamos más tarde entre las tres, lo comprendían todo.
»Con el tiempo, llegamos a conocer bien a Flyairth y a Prake. Pero ignorábamos si tenía algún significado especial que sólo nosotras recibiéramos aquel conocimiento, y tampoco sabíamos si llegaba a algún otro sitio aparte de Éfrafa. A otros conejos. Porque no podíamos responder nada. Nos limitábamos a recibir lo que el río secreto nos ofrecía y a comentarlo entre nosotras.
»Las tres nos enteramos de que Flyairth y Prake habían establecido su madriguera como querían. La llamaron Thinial. Y los machos parecían aceptar sin problemas el mando de las hembras. Los machos a los que no les gustó no intentaron cambiar las cosas, se marcharon. Y la pequeña Owsla de hembras era muy apreciada. Desde luego eran conejas listas como pocas, y no se dedicaban a intimidar a los demás.
»Al parecer, varias de ellas tuvieron crías. Elegían un macho que les gustaba y se apareaban con él. Cuando llegaba la hora de parir, dejaban la Owsla durante el tiempo que quisieran para criar a sus hijos y enseñarles a cuidar de sí mismos. Y cuando ya no las necesitaban, se reincorporaban a su puesto.
»Flyairth tuvo dos camadas y, por lo que pudimos saber, salieron muy sanas.
»Durante mucho tiempo no supimos nada más. De modo que supusimos que Thinial prosperaba y seguía su camino, y que no había nada más que debiéramos saber, que el río de conocimiento había desaparecido de forma natural. Y no puedo decir que lo sintiera. Aquel asunto me inquietaba. No dejaba de pensar que el general nos descubriría. Y sin embargo, cada noche seguía tendiéndome en el río. Me fascinaba. No podía apartarme de él.
»Entonces, una noche, me vi envuelta en una especie de confusión de la que no salió nada. Yo por lo menos no pude entender nada. Y las otras estaban tan perdidas como yo.
»Lo único que teníamos claro era la idea de la ceguera blanca. Ninguna de las tres había visto morir a un conejo de la ceguera, pero sabíamos lo que saben todos los conejos: que un conejo enfermo va dando tumbos al descubierto, sin ver nada, y puede acabar perfectamente en el fondo de un río; y sabíamos cómo se transmite la enfermedad, que puede acabar con una madriguera entera, y que un conejo infectado tarda mucho tiempo en morir.
»Aquella noche, las tres recibimos la idea de la ceguera blanca. Sólo eso. La idea estaba allí, como una piedra o un árbol. No tuvimos miedo de que hubiera venido a infectarnos, pero la sola idea de la ceguera, dominándolo todo en el río secreto con aquella turbulencia incomprensible, daba bastante miedo.
»Dos noches después, el conocimiento se amplió. Flyairth, cuando andaba sola por las inmediaciones de Thinial, se había encontrado con un conejo solitario, un hlessi, que iba dando tumbos y se estaba muriendo de la ceguera blanca. Estaba horrorizada y se mantuvo lejos, pero vio que el conejo se acercaba a Thinial. Luego, según parece, se marchó en otra dirección.
»Eso fue lo único que el río nos trajo aquella noche.
»Después, durante varias noches, el río sólo nos habló de la creciente obsesión de Flyairth por la ceguera. No dejaba de pensar que, si conseguía entrar de alguna forma en Thinial, la destruiría.
»Fue Hyzenthlay la que supo que Flyairth estaba dispuesta a hacer lo que fuera para mantener la ceguera lejos de Thinial. Le aterrorizaba pensar que un conejo infectado pudiera entrar en la madriguera. Porque, como supongo que todos sabréis, los conejos infectados pueden aparearse y suelen hacerlo.
»Flyairth habló de sus temores con su Owsla, y estuvieron de acuerdo en hacer lo posible para que no entrara ningún conejo infectado. Durante el día se negaba la entrada a cualquier extraño, tanto si daba señales de tener la enfermedad como si no. Pero de noche era más complicado, porque era fácil entrar sin ser visto. De modo que los machos accedieron a formar turnos de vigilancia. Cuatro conejos cada noche.
»Durante muchos días no supimos nada más. Después, nos enteramos de que un conejo infectado había entrado una noche y se había apareado con una hembra y la había dejado preñada. Uno de los machos que estaba de guardia admitió que había luchado con el extraño, pero éste lo había derribado y entró en la madriguera. Naturalmente, no dijo nada, con la esperanza de que no hubiera pasado nada. Milmown, la hembra preñada, no tenía un compañero estable e informó ante la Owsla que el extraño se había apareado con ella y después siguió su camino.
»Si Milmown no hubiera desarrollado la enfermedad, nada habría pasado. Pero cuando los síntomas empezaron a ser evidentes, Flyairth y Prake fueron implacables. Había muchos que la compadecían, y aun así, la condujeron fuera de Thinial y le dijeron que no volviera.
»Pero ella no se fue. Se quedó muy cerca de la madriguera, y suplicaba a unos y a otros que la dejaran volver. Por alguna razón, la enfermedad no siguió su curso normal. Milmown escarbó un agujero en la arena y tuvo su camada, cuatro conejos ciegos, sordos y sin piel. Cuando fueron lo bastante mayores para defenderse solos, la enfermedad siguió su curso y Milmown murió.
»Durante muchos días, las tres estuvimos recibiendo la misma idea. Los cuatro conejos de la camada de Milmown sobrevivían como podían, al raso, cerca de Thinial y, aunque no parecían tener la ceguera, la coneja jefe se negaba a ayudarlos o a darles cobijo. Nadie decía que se equivocara, pero pocos hubieran podido mostrarse tan inflexibles.
»Creo que en Thinial muchos pensaban que los jóvenes conejos caerían pronto víctimas de los Mil. Pero no apareció ningún elil, y a través del río supimos que seguían vivos.
»Entonces empezamos a recibir cosas nuevas. Pero era todo tan confuso y fragmentario que no conseguíamos sacar nada en claro, hasta que Thethuthinnang dijo que tenía algo que ver con conejos que empezaban a oponerse a Flyairth. Cuando comprendimos eso, las noticias llegaron con más claridad. La raíz de todo aquello estaba en que Milmown había sido muy apreciada en la madriguera y tenía buenos amigos, incluyendo dos o tres de la Owsla. Sus amigos no habían podido hacer nada cuando la expulsaron, porque tenía la ceguera y sabían que tenía que morir. Pero sus cuatro crías estaban vivas, y no parecían haber contraído la enfermedad, así es que los antiguos amigos de Milmown empezaron a decir que Flyairth y Prake se estaban excediendo, que dejar que aquellas crías murieran fuera de la madriguera era una crueldad innecesaria. Flyairth no quiso reconsiderar su posición. Para ella, la seguridad y el bienestar de Thinial eran lo más importante.
»Sin embargo, cada vez había más conejos que se apartaban de ella. Veían día tras día a los jóvenes conejos que habían abandonado, y no había nada que hiciera pensar que tuvieran la enfermedad. Algunos empezaron a acercarse a las crías de Milmown para darles su apoyo. Era muy difícil para la Owsla poner fin a este tipo de cosas.
»Una noche calurosa de verano, cuando la conejera estaba hasta los topes y resultaba difícil respirar, el río me hizo saber que, en Thinial, algunos conejos se habían reunido y habían llevado a las crías de Milmown a la madriguera y, desafiando a la Owsla, les habían dado una conejera. Cuando Flyairth fue personalmente a ordenarles que se marcharan, se encontró con varios conejos que le plantaron cara y dijeron que no podía expulsarlos. Entre ellos se contaban algunos de los veteranos que habían fundado la madriguera con ella. Flyairth era una hembra robusta y corpulenta y peleó con dos o tres, pero no podía enfrentarse con todos.
»Durante muchos días, el río no nos trajo nada más. Sólo sabíamos que Flyairth estaba cada vez más furiosa, y que iba entre sus conejos intentando imponer su autoridad. Nosotras tres pensábamos que hubiera sido mejor que dejara que el asunto se enfriara, pero estaba tan obsesionada con la ceguera que no podía ser objetiva. Mientras hubiera la más mínima posibilidad de que la ceguera volviera a entrar en Thinial, haría lo que fuera. Y día tras día, sentíamos con fuerza su furia y su determinación.
»A veces me pasaba la mitad de la noche tumbada contra el muro de la conejera, sintiendo cómo la furia de Flyairth fluía por todo mi cuerpo. No entendía cómo era posible que los demás no la sintieran. Era una sensación fuerte y poderosa.
»La posición de Flyairth como conejo jefe se vio considerablemente debilitada por la cuestión de las crías de Milmown, porque se negaba a ceder.
»Por esa época tuvo su tercera camada y se vio forzada a dejar su cargo temporalmente para cuidarla. Y eso la limitó aún más.
»En Thinial, algunos consideraban que, si seguía negándose a reconsiderar su posición, debía renunciar a su cargo.
»Y en este punto perdimos la posibilidad de saber más sobre Thinial y sobre Flyairth y su desesperación. Pero no tuvo nada que ver con el río secreto. Fue porque Pelucón llegó a Éfrafa y le hicieron oficial de la marca de la Pata Trasera Derecha, nuestra marca. Pelucón, ¿cuándo le hablaste por primera vez a Hyzenthlay de escapar?
-La noche del día que me incorporé a la marca -replicó Pelucón-, en mi conejera. ¿Te acuerdas, Hyzenthlay? El plan era que tú eligieras a las hembras que tenían que escapar, y no les dijeras nada hasta el día que decidiéramos huir. Cuanto menos tiempo tuvieran para pensar, mejor.
-Pero no pudimos escapar aquella noche porque Vulneraria te entretuvo.
-Y tuvimos que dejarlo para la noche siguiente, la noche de la tormenta; la noche que arrestaron a Nelthilta.
-Entonces, ¿cuántas noches pasaste en Éfrafa? -preguntó Vilthuril.
-Tres.
-Recuerdo -terció Hyzenthlay- que me aterrorizaba la idea de que todas aquellas hembras conocieran el plan antes de la fuga. Temía que nos descubrieran. Y tenía razón. Si hubieran detenido a Nelthilta un poco antes, las cosas hubieran sido muy diferentes.
-Sí, la última noche que pasé en Éfrafa -dijo Vilthuril-, todas conocíamos el plan. Y fue la última noche que entré en el río secreto. Yo sola.
-Yo no tuve ánimos. A Thethuthinnang y a mí nos preocupaba terriblemente que pudieran descubrir el plan.
-Aquella noche no descubrí nada más -dijo Vilthuril-. Nada, aparte de lo que ya sabía sobre la creciente oposición a Flyairth. Me pregunto cómo habrá acabado todo aquello.
-Lo que a mí me resulta más extraño -dijo Hyzenthlay- es que no tenemos ni idea de dónde están Thinial y todos esos conejos. Lo mismo podrían estar a muchos días de distancia de nosotros que aquí al lado.
-Es la historia más extraña que he oído jamás -dijo Avellano.

No era la idea del río secreto lo que les pareció tan increíble a Avellano y los otros. Cuando se trataba de fenómenos de este tipo, ninguno pensaba en términos de verosimilitud o inverosimilitud. Para ellos el concepto de inexplicable no significaba nada, no lo necesitaban. Había tantas cosas inexplicables a su alrededor -las fases de la luna, por ejemplo-, que las aceptaban como parte de sus vidas. Es cierto que el «río» era algo ajeno a su experiencia, pero lo mismo podía decirse de muchas otras cosas. Lo que les parecía extraordinario era el hecho de que Vilthuril hubiera recibido aquella información sobre conejos que estaban tan lejos y a los que nunca había visto. Por la manera en que lo había contado, no fueron los conejos que protagonizaron aquella historia quienes les comunicaron aquellas cosas. Sencillamente, había llegado hasta ella, y con tanta certeza como si hubiera estado en Thinial. Y si no hubiera llegado a través de un río subterráneo -que sin duda debía de haber muchos por el mundo-, lo hubiera hecho por otros medios. ¿Por qué? Bueno, dijeron algunos, ese conocimiento seguramente iba a la deriva de un lado a otro, y era pura casualidad que conejos como Vilthuril y Quinto lo encontraran. Y eso sí que era extraño. No tanto, dijeron otros. Todos sabían que Vilthuril y Quinto tenían una sensibilidad poco común.
No hubo un consenso general, y dejaron que fuera Zarzamora el que sacara una conclusión que todos pudieran aceptar sin mayores problemas. «Creo que aún no hemos oído la última palabra.»

FIN


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