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miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL HEAD-MASTER Marta Lynch



Ayer encontré a mister Miles en el camino que va del colegio a las antiguas vías del ferrocarril. El paraje, hasta hace unos cinco años la estación Bermúdez, es ahora un terraplén desolado cubierto de maleza, recorrido por los muchachos que van y vienen en dos turnos y marcado por los restos de un cajón señalero. Al otro lado de la vía se ven los chalets que ocuparan tanto tiempo atrás los ingenieros ingleses y que ahora envejecen honorablemente como otras sólidas construcciones de esa época. Las tejas oscuras están manchadas por el moho; el sol y el agua deterioraron la madera; existe un incierto aire de abandono y la ropa colgada a través del patio es de mala calidad. Hay deterioro como en el resto del país, quizá un deterioro muy decente como el de los viejos que sobreviven en una miseria decorosa. A veces caminando por las vías, observo todo esto y, naturalmente, vuelvo a pensar en mister Miles. De mi época escolar conservo la corbata a rayas, mordida en un extremo, casi irreconocible por el uso y en el fondo de una caja donde nadie, ni siquiera Elvira, advierte su significado. Y también, la costumbre de regresar a casa por el borde del andén o entre los durmientes como si ese acto involuntario pudiera borrar de golpe los años transcurridos y aquellos giros de la suerte que por fin no trajo nada. Mister Miles subió ágilmente los dos metros de terraplén y caminó hacia mí, aún sin distinguirme. Por cierto que siempre fue aquel un paraje quieto. En el mes de setiembre los naranjos daban botones de azahar y la ligustrina del cerco blanqueaba con una flor diminuta que olía a pasto dulce. Una cuadra más abajo la calle torcía hacia la izquierda, bifurcándose junto a la barrera que cuidara otrora don Ernesto, el genovés. Cuando llovía me gustaba ver el brillo del agua sobre el empedrado parejísimo y los frentes similares de las casas ferrocarrileras oscurecidas por las grandes manchas de humedad y el vaho de las locomotoras a vapor. En tiempo de clase la misma calle se llenaba con las bicicletas de los muchachos, con sus voces gruesas y el tono rubio de tantas pelambreras anglosajonas, distintas a la mía, tan oscura. La de mister Miles era rojo herrumbre. Y casi lo distinguíamos por ella no bien salía al pequeño porche, inclinado sobre la cerradura de la puerta baja y bien pintada que protegía su jardín. Siempre alguno, apostado de vigía, lo divisaba:
-Cheeeee… viene el Inglés. ¡Adentro!
Pero no había más que ingleses en aquel colegio distinguido donde nos hacinábamos desordenadamente con la despreocupación que da el privilegio económico y la mala disciplina, donde la rudeza era un símbolo de distinción. Ingleses o hijos de ingleses o chicos de familia como solía decir Abuela: -Vos no sos de buena familia sino de familia simplemente -porque la familia es un beneficio otorgado con exclusividad junto a la buena casa y al par de automóviles flamantes; de familia, o no hubiera estado allí, junto a los otros, espiando por el cerco blanquecino, aprovechando los últimos minutos del recreo para revisar la horrorosa clase de historia de la que se encargaba mister Miles.
El maestro pelirrojo entraba al aula a las ocho y cinco en punto mirándonos alternadamente con sus ojos chicos y oblicuos -ojos pitiñosos decía Alfredo-, tristes ojos en la conjunción harto sajona de flacura, tez rojiza y altos pómulos. Era un tipo extraño, al menos para mí, el más extraño de todos aquellos desconocidos que dictaban clase entre manifestaciones de manías inocentes o de fobias graves, secuelas todas del destierro en Sudamérica. Mister Dodds siempre borracho en la clase de francés o mister Cosens que castigaba duramente a los alumnos frente al resto de la clase. Mi madre solía hablar del destierro de “aquellos pobres santos” que lidiaban con nosotros, ellos, ingleses nada menos, rectores de una civilización, súbditos de un gran imperio, amos encubiertos de la granja que ahora giraba su eje hacia Nueva York, ingleses dignísimos y para siempre ingleses en un oscuro suburbio de Buenos Aires, como si en lugar de cátedras les hubieran otorgado un castigo; lejos de la city de la reina madre o de mister Churchill con quien se llenaba la boca de mi familia en cada sobremesa.
-¿Qué sentirán los pobres santos? -decía mamá bajo su sombrilla en la fiesta deportiva de fin de año. Ella luchaba para que su buen tono de criolla no resaltara demasiado entre las exangües epidermis de los otros.
¿Qué sentirían, trasladados al país de la improvisación, a un país de facilidades y de trampas, sin mezclarse nunca, aislados como microbios preciosos, tan ingleses, tan maniáticos como en la primera hora, arribando a la escuela con el impermeable, el paraguas, la valija, la pila de cuadernos; retirándose de ella con el mismo equipo bajo el brazo, mucho después, más viejos, los mismos ojos azules, la misma desaprensión y un inaudito mapa de arrugas?
-¿Qué? -se preguntaba mamá inútilmente. Ella no hablaba inglés y aun hablándolo la barrera hubiera sido infranqueable. Colocada fuera de concurso por su piel morena y su presencia clamorosa, mamá iba a dar sobre los ingleses como un golpe en la mandíbula, porque ellos, que aceptaban complacidos la puntualidad de sus cheques, no comprendían el alcance de su naturaleza. Al parecer no sentían más que desprecio por nosotros, los de familia, o una recia indiferencia que solía convertirse en buena preparación para la vida, en cierto espíritu elegante de justicia.
Alguna que otra vez Alfredo, que se destacaba en los deportes, recibía de ellos insólita adhesión. Mister Miles, por ejemplo, lo atajó a la salida de las clases de la tarde y le estrechó la mano.
-Usted siempre se destaca, Argüello -dijo fríamente. Revolviendo en su bolsillo extrajo nerviosamente un par de medias de rugby mal atadas. Se las entregó:
-Tómelas -le dijo-, le serán útiles.
Alfredo lo contó en seguida entre las impúdicas exclamaciones de su grupo pero guardó las medias como si fueran una reliquia. La adhesión de todos modos no iba más allá, apenas un breve asentimiento si alguno de nosotros dejaba de ser tan brutal como exigía la norma del colegio o si recordaba con gusto una larga tirada de Keats, en clase de recitación. Pero en las horas dedicadas a la historia y tratándose de la segunda guerra los ojitos pitiñosos de mister Miles se iluminaban; entonces podía entregarse durante el resto de la clase a relatos que más parecían una confesión apasionada que una exposición frente a treinta rostros somnolientos. Y de ese modo aprendimos que mister Miles amaba el tiempo de la guerra como si solamente en él hubiera podido desplegar su alma vengándose a la vez de la melancólica monotonía que arrastraba en su casita de Olivos. Cuando en las tardes de los sábados pasábamos por la vereda del colegio, solíamos verlo, volcado el pelo oscuro sobre las plantas de su jardín, en pantalón y mangas de camisa, abstraído y entregado al manejo de la tierra y de las raíces que extraía con mano sabia y paciente. No sé en qué momento de aquel año comencé a sentir afecto por el tono de su voz que nos hablaba siempre en inglés; afecto por su tristeza y por la forma en que contestaba nuestro saludo, casi sonriendo para sus adentros en una inútil demostración de buena voluntad. A la hora del almuerzo, Alfredo y yo lo observábamos para discutirlo luego. Sentado a la mesa de los profesores comía con la misma mesura que demostraba para cada cosa; sonreía apenas y contestaba las preguntas sin quitar el ojo de la mesa de muchachos que le eran asignados por el reglamento entre los que estábamos Alfredo y yo. El conjunto rivalizaba en grosería e intolerancia. Sin embargo, mister Miles no acostumbraba impacientarse. Cuando el ruido de cubiertos y las exclamaciones se hacían intolerables abandonaba la mesa y comenzaba el paseo entre las filas de largos bancos de madera mirando tristemente a uno y otro lado hasta que el murmullo se aquietaba. En tales ocasiones yo notaba lo hermoso de su cabellera espesa que él llevaba larga y algo caída sobre el ojo, el contorno de un cuerpo escuálido alrededor del cual bailoteaba la ropa de mal corte y también los movimientos de su nuez de Adán, muy prominente. Sabía que los muchachos callaban más por piedad que por consideración de disciplina y de ese modo prestaban atención al llamado de un remotísimo respeto oculto tras el ademán brutal que era el sello distintivo de tan peregrina educación. Sin embargo, mister Miles dábase por satisfecho y retomaba su lugar en la mesa de profesores para poner fin al almuerzo silencioso. Alfredo se mostraba irritado:
-Si será infeliz -decía observándolo con rencor-, comportándose como una liebre jamás conseguirá que lo respeten. Será preciso que un día de estos le demos una buena lección, así aprenderá el inglés, te digo que debe aprender a hacerse respetar de veras.
No bien Miles regresaba a su mesa, los alumnos estallaban nuevamente en blasfemias y actitudes que iban desde el robo de cubiertos hasta a imitar el grito de una mujer miedosa. Quizá -lo pienso ahora- aquellas locuras no eran sino explosiones naturales, emanaciones de nuestros cuerpos siempre asfixiados dentro del edificio. Pero el resultado era infernal. Mister Dodds llegaba al límite de su resistencia antes de los postres y abandonaba la mesa soltando manotazos que alcanzaban la cabeza o el pescuezo de los más desaprensivos. Uno podía defenderse de los golpes de Dodds con un buen puntapié a sus rodillas, podía discutir con Cosens la responsabilidad de cada uno en el batifondo. Pero nadie discutía nada con mister Miles, nadie se conformaría con un enfrentamiento desparejo de modo tal que insistir en el tumulto frente a sus ojos tranquilos contrariaba la lógica escolar. Casi era una actitud cobarde y nosotros no éramos cobardes; al menos no lo eran los demás.
He dicho que únicamente cuando se tocaba el tema de la guerra nuestro profesor de historia cobraba animación; estremecido y lleno de entusiasmo relataba largas aventuras, algunas de las cuales teníanlo como protagonista. En tales ocasiones mister Miles llegaba a enseñar el manejo de sus armas preferidas imitando el ruido siniestro de los obuses y de la V-l y V-2 alemanas, que caían con metódica frecuencia cerca de su pieza en el hotel de Charing Cross. Pasaba revista minuciosamente a su actuación durante el desembarco y entonces sus pómulos rojizos y aquellos ojos sin vida se encendían revisando los recuerdos de violencia dentro de los cuales su espíritu se regocijaba. En las filas del fondo el murmullo de los alumnos iba in crescendo junto a sus relatos de guerra. Federico Peralta y Winninger, dos muchachos de lo peor y más famosos de la clase, iniciaban un eco clamoroso que iba propagándose entre los demás hasta que la clase entera se convertía en coro desarticulado de alaridos, de detonaciones y atroces comentarios. Al furioso grito de Alfredo -el más fuerte de la promoción- Miles se despertaba frente al tumulto con un gesto de perplejidad. Alfredo enfrentaba a los muchachos, seguro de sus actitudes:
-Ahora basta, animales, ahora basta ya.
Entonces mister Miles, apoyándose en aquel machito distinguido, continuaba la rutina de la clase hasta que el timbre salvador venía en ayuda de todos. Alfredo no daba el brazo a torcer:
-No lo aguanto -me decía durante la hora del recreo-, la próxima vez dejaré que lo liquiden.
Y lo observaba atravesar el largo corredor atestado de muchachos, con su anotador de tapas de hule y su pelo rojo, ya de regreso a su melancólica actitud, abandonada su pretensión bélica, como si la clase de historia hubiera sido para él sólo un paréntesis audaz.
El colegio era un lugar triste aunque todavía entonces circulaban trenes y don Ernesto, el genovés, hubiese adornado su casilla de guardabarrera con macetas y malvones. En la puerta principal se apostaba Carlo que vendía al fiado caramelos y bolsitas de pororó; y algo más allá, las casas de los profesores, todas iguales, con sus pequeños jardines frontales bien prolijos y altas chimeneas falsamente Tudor, debían encoger el corazón de los pobres desterrados. A mitad del año, mis padres decidieron que ingresaría al colegio en calidad de pupilo porque el viaje a Europa de rigor desmembraría temporariamente la familia. Allí estaría seguro, de manera que junté mi vida a la de Alfredo -interno en el colegio por motivos similares- y ambos a las del colegio inglés en una inútil conjunción que no se complementaría nunca. Fue precisamente en el mes de mayo cuando la noticia corrió entre la comunidad dando un nuevo giro a los tranquilos meses del invierno. El Consejo Ejecutivo decidió nombrar head-master de la secundaria a mister Miles y éste, según la delación de un alumno castigado, anunció el inmediato retiro de la señora Miles -su mujer- desde Inglaterra. De ese modo singular el colegio todo se enteró de que el flamante head-master de la secundaria era casado. Para nosotros, los profesores como él y aun los más violentos como Dodds o Cosens no tenían alma y casi ni siquiera eran viscerales. Nuestras familias pagaban una fuerte suma para mantenernos protegidos recitando clases en inglés por la mañana y en español después del azaroso almuerzo. Éramos todos alumnos mediocres, harto seguros de nuestra impunidad y más atentos al castigo corporal que al común sello de ignorancia con que egresábamos cada fin de año. Y nuestros profesores, por lo tanto, pasaban a formar parte de un cuadro donde la indisciplina más feroz hacía los días soportables y menos complicada la camaradería. Pero que aquellos hombres tuvieran cuerpo y alma era, para nosotros, un hecho tan ignoto como las malditas ecuaciones sin solucionar. El descubrimiento de mister Miles como un hombre casado resultaba un hecho insólito, separado del resto de las actitudes de la especie, y no sin cierto temor Alfredo y yo nos preguntábamos qué nueva extravagancia del profesor de historia, y ahora nuestro head-master general, significaría el arribo de una mujer desconocida al ámbito escolar. Pero desde la tarde de su arribo la señora Miles destrozó todos los supuestos; todas las previsiones fueron rotas por aquella mujer que irrumpió en el pequeño porche del jardín tan bien cuidado, con un sombrerito que apretaba sus cabellos y un par de largas piernas bajo el abrigo de viaje. Alfredo y yo, apostados detrás de la ventana del salón de mapas, la vimos penetrar con paso rápido. Al llegar junto a la casa se quitó de un tirón enérgico el sombrero y sacudió la cabeza de tal modo que su cara quedó a la vista, apenas sonriente, el entrecejo contraído mientras su mano izquierda se posaba sobre el hombro de nuestro profesor de historia convertido ahora en marido. Por cierto que era lindísima. Todo era hermoso en ella: la boca, la nariz, el mentón breve. Bajo el abrigo de viaje parecía muy delgada aunque también algo sinuosa y es así como a la vista de sus largas piernas descubiertas se nos secaron las comisuras de los labios. Era morena, con el mismo tono ocre de mi madre, y sus grandes ojos azules muy sombreados tenían muchos años más que los mostrados en conjunto por su cuerpo, sus brazos y sus piernas. Volviéndose hacia mister Miles lo besó en la boca sin afectación; en seguida ambos desaparecieron en el interior de la casa y Alfredo se dirigió hacia mí:
-¿Qué me decís? -preguntó.
La mujer de mister Miles se llamaba Arthea y no ocupó función alguna en el colegio. De todos modos el feroz conjunto de muchachos se ensañó con ella apasionadamente durante dos semanas al cabo de las cuales y por aburrimiento o saturación dejaron a la pareja en paz. Ella aparecía en el cuadrado de césped a eso de las cuatro de la tarde y sentada al sol de la media tarde leía o cuidaba un gran macizo de amarilis inclinándose sobre el borde del cantero con un par de pantalones ceñidos sobre el comienzo de los muslos. Los domingos asistía al oficio religioso que los protestantes realizaban en el gran salón del edificio, y Alfredo y yo que, naturalmente, éramos católicos pedíamos autorización para entrar. Entonces estudiábamos con detenimiento la forma de sus pechos bajo la fina tela de la blusa y el conjunto todo donde los grandes ojos azules revestían una importancia extraordinaria. Ella no parecía notarnos, tampoco notaba demasiado al resto de la gente, a los compañeros de tareas de su esposo, ni siquiera al propio mister Miles cuya presencia volatilizaba por el solo hecho de contornearse armoniosamente según su costumbre. Quiero decir que no era una mujer provocativa aun cuando su presencia misma fuera explosiva. Ella y mister Miles parecían soportar a dúo y bien aquella hermosura particularísima que colándose por los pliegues del abrigo permanecía en los corredores del colegio mucho después que ella se hubiera ido. Al menos yo lo sentía así. Ambos soportaban la belleza de Arthea con amabilidad. También eran amables sus relaciones conyugales, sus conversaciones y la forma como se comportaban con el alumnado y el resto de la colonia inglesa reunida para las fiestas deportivas o en la kermesse mensual. En tales ocasiones Arthea, cerca de su marido, hacía las veces de dueña de casa, con sajona responsabilidad, sin dejar de sonreír, acaso de mostrarse, pero sin exceso, como si también y en pos de su hermosura arrastrara la robusta sensatez de la raza a la que pertenecía. Fue precisamente en una de esas fiestas cuando descubrimos que mister Miles estaba chiflado por aquella espléndida mujer.
Alfredo y yo probábamos suerte en uno de los kioscos levantados en el patio principal cuando mister Miles se nos acercó, con una copa en cada mano y algo borracho:
-Ah, jóvenes, salud -dijo sonriente.
Trajo consigo a su mujer y nos la presentó. Cuando Arthea se deslizó entre Alfredo y yo, apenas despojada de su aspecto de viajera, nos sentimos mal y desvalidos.
-Hola -dijo Arthea, mirando a uno y a otro.
Ahora, a corta distancia, veíamos muy bien su tez reluciente y el moteado azul de los ojos que nos revisaron divertidos.
-Oh, bueno -dijo mister Miles-, el señor Argüello es el mejor jugador de rugby de la escuela.
Los ingleses se referían a sus predilectos con una gracia zumbona que mister Miles usaba ahora.
-Y el señor Herrera -agregó señalándome.
Quizá diría que yo era bueno en historia o aritmética en cuyo caso me sentiría muy imbécil; pero no lo hizo.
-No juego fútbol -contesté adelantándome.
-Pero puedes hablar con él acerca de la guerra, querida -dijo.
Para él era muy importante volver sobre la guerra o hablar acerca de ella. Se dirigía a su mujer poniéndose muy cerca, muy nervioso. La llamaba amor, querida o queridita y yo hubiera deseado avisarle que ello resultaba absurdo y también algo chocante.
Desde un principio pensé que debía montar guardia en su lugar.
-Ya sabes, queridita -insistió pesadamente-, con el señor Herrera puedes hablar de la historia de la guerra, y aun de la misma guerra, hay ciertos argentinos con los que es posible hablar de cosas como ésa. No todos, claro.
-Queridita -insistió.
Arthea movió los ojos.
-Ellos no tuvieron guerra -respondió con cierta cautela-, lo han pasado bien.
Quizá buscaba el tema que una mujer como ella podía compartir con dos adolescentes granujientos, pero se mantuvo decorosamente en el papel de esposa del head-master invitada a la kermesse. La fiesta aquella era como todas. Los ingleses mostraban buen humor después del primer par de whiskies, sintiéndose al fin más cerca, casi de regreso en Inglaterra. Lo decían aun mientras dictaban clase; el sueño del regreso se hacía tan visible que podía acaso sobreponerse a la responsabilidad del trabajo. Ahora, medio borrachos, debían sentirse en su claustro natal, tan seguros de ser lo mejor del mundo, tan naturales con su quieto aire de decoro y superioridad. Para ellos la palabra latino o acaso latinidad abarcaba desde la buena comida hasta los amores explosivos, tal como si la rápida cualidad de ser irresponsables que nos atribuían fuera resultante fatal de un origen confuso, con indios y matones españoles, un origen amablemente bastardo, al fin.
Arthea rió con un suave gorgorito.
-La guerra ya pasó, Richard -dijo y luego dirigiéndose a nosotros-: Richard hizo allí su gran experiencia. Un experimento de violencia.
Quizá se burlaba de él pero ni Alfredo ni yo estábamos seguros. A los diecisiete años nadie piensa que una esposa se burla del marido frente a sus alumnos. Nosotros no pensábamos seriamente que el mundo podía estar constituido por maridos burlados y mujeres fascinadoras como esa. Por ejemplo, mamá resultaba un modelo difícil de imitar. Sólo ocurría que se había puesto gorda y reluciente, condiciones esas que hacían resaltar aun más su buena carnadura de patricia. Pero Alfredo y yo y quizá también los otros habíamos acatado desde siempre aquella regla por la cual las mujeres amaban a su marido y viceversa. Los muchachos usaban la violencia en el trato y aun en sus relaciones con mujeres pero se sobreentendía que sólo con mujeres aptas para atropellar. La sociedad lo especificaba bien: no mamá ni la madre de Alfredo ni las chicas, mis hermanas, ni las primas o las amigas de las primas. Pensándolo mejor, los domingos, en mi casa, mi madre y mis hermanas hablaban todo el tiempo acerca de la familia de Alfredo. Quizá su madre se parecía a Arthea y por tal motivo Alfredo la trataba con soltura sin que le faltaran las palabras y restándole importancia. Yo, en cambio, estaba sofocado todo el tiempo, rojo hasta la raíz del pelo, inmerso en una especial congoja, carraspeando y en busca de las frases con las que no daba y aun evitando mirarla a los ojos. Arthea se divirtió de veras observándome y lo demostró tomándome del brazo mientras se balanceaba. Entonces sentí su roce y su blandura mientras objetaba risueñamente la euforia guerrera del marido que ya comenzaba con el desembarco en Normandía. También él parecía muy joven y agitado frente a los alumnos por el hecho de mostrar su natural predilección. Pero yo, más sensibilizado que Alfredo, noté un tono demasiado agudo en su conversación, tal como si hubiera resuelto lucirse frente a la concurrencia a impulsos de una misteriosa desesperación. Aquella noche, sin embargo, la pasamos bien. Los pies de Arthea eran pequeños y delgados, tan nerviosos como sus finas pantorrillas. Aquellas piernas seguirían por los muslos, altos y bien lisos hacia la cadera y lo demás. Está bien: era una espléndida mujer vieja; quizá tendría treinta y cinco años. Pero Arthea advirtió que había cumplido 28 el día del paso de la línea, en el Ecuador. Los del barco armaron una gran jarana en su honor.
-Usted no sabe, viejo -dijo Miles balanceándose al compás de la música que llegaba desde el salón de actos-, Arthea quiso casarse conmigo a las dos semanas de encontrarnos en la galería, en Paddington.
Dijo también que una vez nos mostraría sus dibujos.
-¿Usted creyó que yo era solamente loco por la historia, viejo? -dijo Miles poniéndome una mano caliente sobre el hombro-. Sin embargo me importa el color tanto como le importó a Matisse, viejo, y aun lo que consiguió Picasso con su cabra, por ejemplo. Cuando salí de la universidad mi madre me pagó un viaje a Nueva York. Era costoso y toda la familia se cotizó para el esfuerzo. Yo quería visitar Nueva York por la cabra de Picasso. Cuando viajé, por fin, la encontré, detrás de un ventanal, sobre los jardines del museo. Los norteamericanos se paseaban por el edificio enteramente adaptados a una cosa semejante. Yo vi la cabra y tuve que sentarme.
-Richard debió ser artista -objetó Arthea mirando alrededor.
-Pero la suerte estaba echada hacia la historia y camino a la Argentina -insistió el señor Miles-. Ahora soy el head-master. Si se mira bien es lo que alguien llamaría una buena carrera y así me lo dije al decidir que Arthea viniese a instalarse aquí. Una buena carrera decorosa para un profesor inglés que ama la cabra de Picasso.
Sus ojos se fijaban en Arthea como quien ausculta la benevolencia de la divinidad. No nos explicábamos cómo diablos había podido el señor Miles vivir todo un maldito año sin traer a su mujer consigo. Tampoco se nos ocurrió pensar si Arthea hubiera estado más cómoda en su pequeña pieza de Charing Cross, escribiendo a Sudamérica su carta semanal.
Fue esa noche cuando comprendí que Alfredo y yo cobraríamos un afecto irremediable por aquel curioso delirante que lucía sus años de guerra como una condecoración. E imaginé también que él necesitaba de nosotros. A eso de las doce y cuando arreció el entusiasmo de la gente por el baile me animé a invitar a Arthea. Ella bailaba apretándose sin provocar, con una mano suave dentro de la mía que sudaba. Habló poco mientras la orquesta se desintegraba y algunos compañeros me hacían gestos de complicidad. Uno podía bailar con una esposa que ha cumplido ya 28 años. Arthea lo hacía bien pero todo el tiempo me lo encontré pensando que ella estaba sacando a pasear a su perro antes de dormir. No quiero decir con eso que se mostrara impaciente ni demasiado fría: sólo es que bailaba como quien está paseando a un perro, simplemente.
Entonces apareció el señor Ramayo que era el profesor de gimnasia y los muchachos lo rodearon. Tenía largas patillas y la nariz quebrada como la de un buen luchador.
-Ese tipo es de primera -dijo Miles mirándolo.
-Triunfamos en los intercolegiales por obra y gracia de Ramayo -admitió Alfredo-. Usted debe hacerse amigo de él, mister Miles; tiene todas las buenas condiciones. Imparte órdenes sin que nadie se sienta postergado, lo llamamos por el nombre y cerca de él uno se siente cómodo, más fuerte.
-Dios proteja al maestro aventajado -dijo Miles caminando hacia Ramayo.
Arthea lo observaba haciendo pasar el peso de su cuerpo de una pierna a la otra. Invitó a bailar a Alfredo pero éste se excusó con tanto ardor que la hizo sonreír:
-Richard me habló de usted -murmuró buscándole los ojos-, por lo tanto sé que usted es un notable jugador de rugby.
Alfredo enrojeció de disgusto.
-Hablemos de Ramayo -dijo.
-Parece un hombre muy seguro de sí mismo -dijo Arthea poniendo su brazo alrededor de mis hombros. Temblé todo el tiempo que duró la pieza hasta que regresamos junto a Alfredo; éste miraba la fiesta en apogeo con extrema desconfianza.
-El señor Argüello tiene un gran carácter -dijo Arthea burlándose con suave insistencia.
Ahora Ramayo y Miles se reunían con nosotros.
-Hola, Gerardo -dijo Alfredo al profesor de gimnasia.
Era un gran tipo verdaderamente. A través del tejido de su camisa blanca, los músculos se dibujaban bajo la piel. Por el cuello entreabierto aparecía el vello rojo y sus dientes eran parejísimos. Pero lo que atraía en él era su fresca naturalidad. Todo el tiempo mostraba su linda dentadura y las encías sanas mientras daba manotazos fraternales sobre nuestros hombros con aire protector. Un gran tipo, sí señor; Arthea y él se trataban con mucha cortesía.
-Señora Miles -dijo Ramayo inclinándose.
Si la invitaba a bailar me iba a morir ahogado. Arthea no podría dejar de comparar lo escuálido de mi cuerpo, mi mano que sudaba en la suya y que soportara con estoicismo. Notaría el ancho cuerpo de hombre en comparación con el mío, desmirriado aún, de colegial.
Ramayo la invitó a bailar. Salieron a la pista en tanto mister Miles marchaba hacia la ponchera y Alfredo lo seguía con cierto presentimiento atravesado en la garganta.
No sé por qué demonios Alfredo se sintió siempre en la obligación de proteger a nuestro head-master. Ahora, por ejemplo, todo hubiera sido más fácil de no mediar la conmiseración de Alfredo. Arthea y el profesor de gimnasia bailaban como los dioses mezclándose con los otros bailarines y sin llamar otra atención que la mía. Yo sí que estaba sobreexcitado; recordando la presión de los pechos de Arthea y según la posición de los cuerpos, trataba de saber el grado de intimidad que alcanzaba la pareja. Uno lee cosas como esas pero no las cree hasta que pasan; quiero decir hasta que le pasan a uno. Yo me sentía violentamente atraído por la señora Miles y he aquí que ella bailaba apoyándose con delicadeza en un profesor de gimnasia al que todos venerábamos. Bailaba con un tipo desmesuradamente mayor, tanto como ella; ambos se perdían en la neblinosa treintena, tan acordes uno con el otro, tan bien, tan olvidados de nosotros.
Mister Miles regresó con las bebidas; Arthea abandonó su baile y los tres bromearon todavía un largo rato hasta que la gente comenzó a ralear. Entonces Arthea y Ramayo bailaron nuevamente y ella apoyó su carita breve en el hombro de su compañero; luego se apartó, sonriente, pero él la obligó a recuperar la posición, todo esto mientras mister Miles peroraba con Alfredo y mister Dodds ponía fin a la fiesta.
Yo digo que desde esa noche no recuperé la tranquilidad. Odiaba estar pupilo y los días se me hacían interminables toda vez que el timbre de las tres y media de la tarde señalaba el último momento de las clases. Hasta el día siguiente no encontraba nada mejor que incubar rencor o vigilar la vida de los profesores. Alfredo y los demás, como deportistas que eran, sólo se ocupaban del entrenamiento. Alfredo, Ramayo y otros pocos -privilegiados todos- salían para el campo de Beccar para adiestrarse en los rudos juegos que imponía el colegio. Batían récord de bala, tiraban la jabalina, saltaban. Sentía envidia al verlos regresar en el jeep de Ramayo, cansados y unidos por un lazo de esfuerzos compartidos. A un alumno brillante como yo sólo le quedaba rumiar por décima vez su lección de historia del día siguiente y vengarse vagamente entablando inútiles comparaciones para el futuro. Ellos no pasarían de allí. La gente como mister Miles y yo, en cambio, tendríamos abiertos los caminos de la ciencia, la dilatada complicidad del tiempo.
-La historia de su patria, Herrera -decía Miles, paseándose conmigo por los claustros al atardecer-, la joven historia necesita, en especial, de la gente como usted.
Una tarde de esas me contó que el 20 de octubre cumpliría años y que Arthea lo festejaría con su modo alegre y particular de disponer las cosas diarias.
-Es una muchacha especialísima -me explicó-, a veces pienso si echará de menos Londres y también a su familia, en fin, si añorará aquello que la tuvo ocupada.
Yo lo acompañaba hasta el porche de la casa con la esperanza de que Arthea apareciera. A veces tenía suerte. Ella, la misma Arthea, abría la puerta de calle. Entonces su talle breve y la cara diminuta me parecían de una indescriptible perfección. Sonreía mordiéndose el labio inferior:
-Eh, el señor Herrera.
Ocasionalmente me ofrecía una taza de té pero yo trataba de que los otros no me descubrieran cuando espiaban desde la ventana del refectorio.
-Herrera es hijo adoptivo del head-master -decía McIntire a la hora de dormir-. Herrera anda a la caza del head-master.
Pero cuando llegaba el momento de acompañar a mister Miles me despreocupaba de las burlas posteriores y caminaba con él por el mismo sendero del terraplén, al lado de los naranjales, mientras veía avanzar a horario el tren de las cinco y cinco. Casi siempre la actitud de Arthea se repetía para mi posterior desasosiego. Ahora ya no negaba el hecho de que la señora Miles absorbía mis pensamientos y tomaba ubicación en los poco castos terrenos de mi intimidad. Tal como los otros muchachos guardaban revistas con mujeres yo conservaba aquellos ojos azules y el maduro movimiento de los inquietos pies que me perseguían día y noche. Como la había poseído en sueños, volver a verla me producía una extraña desazón de intimidad y triunfo; la confusa sensación engolaba mi voz, me impedía dialogar.
Ella se burlaba en su tranquila jerigonza.
-Qué señor Herrera este, Richard: el señor Herrera me explicó acerca de la retirada de Lavalle. Dice que en la historia inglesa no existe nada parecido. Pero yo le he hablado de hechos importantes que él debe conocer, de la fundación de la marina por Enrique Séptimo. O de Tomás Moro, si prefiere.
Escuchándola yo aprendía cómo es que se puede sudar de vergüenza y de amor. Bajo las sábanas con el sello del colegio inglés, imaginé besar aquellos labios que sonreían hablándome de Lavalle y de Tomás Moro. Y un día cualquiera esos mismos labios me dieron la maldita pista que aguardaba.
-El señor Ramayo es un argentino muy alegre -dijo Arthea frunciendo los ojos sobre la taza de té.
Miles corregía las pruebas escritas de la tarde sin terciar en la conversación. Media hora más tarde Alfredo y los demás regresarían del entrenamiento y yo decidí escapar de allí para evitar las pesadas bromas nocturnas. Mi costumbre de rondar la casa del profesor de Historia ya era un lugar común en el colegio. Sólo Alfredo me defendía aún argumentando que el head-master necesitaba una compañía sana y afectuosa como la que yo le ofrecía: por lo tanto era loable de mi parte haberme acercado a él. Nunca conocí a nadie más bien intencionado que Alfredo. Nunca conocí un ser más normal, una mayor capacidad de darse al prójimo. Quizá esa condición también existía en el señor Ramayo porque uno y otro parecían desparramar salud y bienestar alrededor.
-¡Un argentino que no parece triste como los demás! -insistió Arthea ofreciéndome tostadas-. Al menos un argentino que está menos irritado que los otros.
Parece ser que también el señor Ramayo le contaba historias.
-Pero historias más recientes -precisaba Arthea.
En ese punto no la dejé seguir.
Pretextando un incierto compromiso me despedí del head-master y regresé al colegio. Desde la ventana del dormitorio podía ver la casa de Miles, la parte trasera del chalet, que ocupaba mister Dodds y por supuesto la casilla de madera donde Ramayo se mudaba de ropa o guardaba los elementos de trabajo. Noté que apenas había reparado en esto hasta esa misma tarde. Sin embargo los mismos detalles me habían sido dados la noche de la fiesta cuando Arthea apoyó su mano sobre el hombro recio y sonrió. Ya no tuve más que una preocupación. Escuché la llegada de Alfredo, vi a Ramayo caminando hacia las duchas y estudié la lección de biología para el día siguiente. Dormí mal y no me extrañó el hecho de haber respondido en forma harto mediocre en clase de literatura cuando se me interrogó acerca de Wollsworthy. Nada de eso era importante. La semana terminaba y el largo sábado y domingo no ofrecían más que el desolado panorama dentro del cual mi pasión por Arthea se desintegraba como una tristeza pegajosa. Alfredo y un par de muchachos rezagados en el juego se instalaron hacia los fondos del colegio para entretenerse hasta el anochecer. El dormitorio fue ensombreciéndose a medida que la noche cayó primero en la barranca, luego en el río, y apenas si se pudo distinguir una casa de otra y los bultos familiares del cubo de los desperdicios o el cuadrado de luz en la ventana de la cocina. A eso de las siete, mister Miles caminó en dirección al terraplén llevando a Coockey, su pequeño boxer, atado a una cadena. Esperé detrás del vidrio hasta sentir frío y calculo ahora que serían alrededor de las siete y veinte cuando Arthea abrió la puerta de la casa y se deslizó con paso ligero, casi corriendo. En la casilla del señor Ramayo, también a oscuras, se encendió una pequeña luz que luego se apagó. Ella no tuvo tiempo de tocar la puerta de madera porque ésta se abrió y el señor Ramayo la atrajo al interior de la casilla, muy sonriente. Yo rezaba junto a la ventana para que mister Miles diera fin al paseo de su perro y reapareciera. Pero el muy imbécil no lo hizo. Sólo a las nueve de la noche, cuando yo había pretextado un cólico para no comer, lo vi avanzar, renqueando, el pelo espeso como una mancha sobre la cara, inclinándose junto a su perro. Hacía unos diez minutos que ya Arthea había regresado y me enteré que el matrimonio Miles se reintegraba a la convivencia bajo el techo conyugal por el abrir y cerrar de las luces. A las nueve y media vi salir al señor Ramayo de su casa; echó una larga mirada hacia la casa de Arthea y silbó “Noche y día” hasta desaparecer junto a la barrera. Después no me quedó otra cosa que ocupar mi cama y soportar el mal humor de Alfredo junto con su larga mirada interrogante. Sobrellevé durante toda la semana los relatos de guerra del head-master, tan feliz, y la vigilancia en la ventana -fueron cinco porque las conté- tantas veces como Arthea se deslizó hacia la casilla del señor Ramayo. Cada tarde sólo conseguí una especie de sopor que fue el principio de un sueño y el final de una pesadilla atroz. Al fin del quinto día Alfredo, junto a mi cama, me sacudió sin miramientos.
-Che, ¿qué te anda pasando? Hace una semana que estás como si el alma se te saliera por la boca. Decí: ¿en qué andás?
No pude resistirlo y se lo conté. De modo que la historia fue compartida por Alfredo y antes de la última palabra ya tenía su resolución.
-¿Y a vos qué, maricón, a vos qué te anda pasando? -rugió Alfredo lastimándome con sus manazas-, ¿a vos qué? o ¿qué andás buscando? Que te meta en tu lugar, ¿o qué?
Y me golpeaba y a la vez se retorcía o quizá gesticulaba como si también a él le estuviera por pasar algo horroroso. Pero no cedió un milímetro, no por mister Miles que valía más que todos juntos, ni siquiera por Ramayo que era un hermano ni aun por Arthea a quien no calificaba.
A la tarde siguiente comenzó a llover. Tanto mejor, pensé, él no podrá salir con el maldito perro pero desde mi punto de vigía descubrí en seguida a mister Miles avanzando hacia el colegio con una pila de carpetas bajo el brazo; y al poco rato -él no había entrado aún en el primer cuadro de césped- a Arthea corriendo hacia la casilla de madera. De modo que bajé las escaleras cometiendo un error único que después pagué muy caro. Mi apuro despertó la sospecha de Alfredo que no había ido al entrenamiento y me siguió. Encontré a mister Miles en la puerta del salón de actos y aún recuerdo lo guapo y simpático que me pareció con su ambo gris y el gran manchón de pelo colorado entre los ojos. Cuando terminé de hablar los dos temblábamos como desesperados. Creo que recogí una por una las carpetas que se le cayeron y él me lo agradeció, en voz baja, antes de volver a la callecita en sombras ahora sembrada por los pequeños globos de la lluvia. Aún temblaba cuando Alfredo me atajó:
-Asqueroso -dijo y repitió con infinito desdén-: asqueroso.
Aquella voz siempre marca las etapas de mi vida; me ha marcado a punto tal que el asco por todo aquello que me toca se repite. Es la misma voz que escucho escurriéndose entre el terraplén desierto y los naranjos calculando que no hay tiempo de escapar, que ya no hay tiempo, que los ojos de mister Miles me abarcarán al decir:
-¡Salud, señor Herrera!
Y luego mi respuesta dándole noticias de mi vida en esos años y preguntando por la señora Miles que está de regreso en Inglaterra y de la que seguramente ha de recibir carta esa semana.

FIN


EL FIN DEL AMOR Marta Lynch


Estudio el almanaque: es el día 10 de abril en Buenos Aires y hace exactamente tres años y tres meses conocí a Guido Hintermeyer durante un verano. Desde entonces, mi vida tuvo conciencia de una persona determinada que abriga intereses distintos a los míos, que ofrece un color de piel, cierta semejanza y otras cualidades: la voz de un hombre, ojos negros, algo, en conjunto, que es preciso distinguir o separar del resto de la especie.
Fue un proceso algo trivial, comenzado acaso por costumbre, y aunque echar mano del azar me parece poco valeroso, trato ahora de explicar mi realidad. Todo el mundo desconfía del realista ingenuo que cree a ciegas en el testimonio de sus ojos. ¿Por qué habría de explicarme? ¿Y para quién? Es precisamente lo inútil de la cosa lo que me impulsa a continuar, una mezcla de desdén y de remordimiento, acaso el rezago de lo que almacenándose a lo largo de días y semanas vacila en la memoria como un viejo sube y baja. El amor es siempre un sentimiento de precariedad. Y aun admitiendo esa rotunda limitación no encontraría motivos suficientes para escribir acerca de Guido si tan sólo me guiara el sentimiento y no la razón, una razón tan poderosa -debo decirlo- que es capaz por sí misma de arrancarme de la absoluta postración sobre la que vegeto.
La visión de una curva de tres años y tres meses aparece horrible y deliciosa tanto como el inocente mecanismo mediante el cual Guido se redujo a un plano sin relieve. No fue un proceso fantástico, ni siquiera muy curioso, más bien irreversible o fatal como las enfermedades de la infancia; juro también que no hubo imprevisión o audacia y sí, más bien, un ardiente juego de verano que se extendió más de la cuenta, por debilidad.
En cuanto a lo que Guido es o dejó de ser, forma parte de mi riesgo. Quiero decir que yo di significación a su figura de modo tal que ningún otro hombre existente o por existir estaría en condiciones de ocupar un sitio similar al suyo; ninguna voz repetiría sus palabras, nadie, nunca, nada, será esto que todavía insiste en ser. Quizá algunos de ustedes objeten esta manía de meterme en situaciones de las cuales parece improbable salir airoso sin emplearse a fondo. Tampoco encuentro respuesta a ese reclamo porque el motivo que me empuja hoy es el desamor o, en última instancia, esa implacable debilidad que induce a explicar cómo es que acabó lo que se creyó sin fin. El amor que sentí por Guido Hintermeyer se desintegró aunque acatar la orden de caducidad no me explique nada y aunque sea muy difícil seguir las fases de este proceso, las fases descendentes, nada más.
Guido no era inferior a mí; todo lo contrario. Su exterior era estupendo y su modo de conducirse en sociedad no despertaba mayores dudas. El Director de la casa me lo presentó a la entrada del hotel adjuntando una tarjeta en la que figuraba un empleo en Alemania, o quizá habrá sido en Suecia; pero lo cierto es que tomé aquellas credenciales como buenas y las uní a su buena carnadura de europeo, rubio y musculoso; las uní a una especial presentación en la que hubiera sido fácil descubrir la trampa, aunque no forzoso. El origen de mi buena voluntad estaba más bien en el problema del aburrimiento. No hay nadie que se aburra más que aquel ser tan libre como yo era entonces. Inclinada sobre mi buen empleo y la habitación 25 del quinto piso en el Queen’s Hotel donde tenía alojamiento, me aburría. No es bueno tampoco el total anonimato de los corredores ni la habitación, con un bonito sillón cama y la cómoda francesa, de la cual la sirvienta quita el polvo y las colillas todas las mañanas. El aburrimiento tampoco es excusa ya que existen maneras distintas y más bien inocuas de dar cuentas de él. Enamorarse por aburrimiento no es excusa ni tampoco lo es inventar toda una historia sobre la cabeza de un ser humano elemental y vulnerable, todo lo suavemente animal que puede ser un hombre, todo lo mágico y vacío que resulta ser una vez que hicimos el amor con él.
Ahora, por ejemplo, nuestro automóvil jadea y resplandece a un costado de la plaza, a medias cubierto por el polvo de la ruta entre Orán y Salta, como un viejo animal doméstico habituado a las correrías. Antes de doblar frente a la plaza quise avisarle que el hotel Colón me parecía confortable y más bien barato. En realidad, el hotel Colón no pasa de ser un gran patio rodeado de palmeras y de puertas que se abren a las habitaciones. Un penetrante olor a orines acompaña desde la conserjería; entonces, como para decidirse, Guido aceptó la llave que se le tendía y firmó en el registro con su letra alta y rápida. Como la habitación era deplorable pronto estuvimos de nuevo en medio de la calle y Guido se mostró furioso. En realidad la misma furia lo acompaña desde el momento mismo de iniciar el viaje. Me reprochó la falta de practicidad que me hacía una habitación permanente de pensiones y hoteles de segundo orden, mi falta de habilidad para vivir, mi escasa sensatez. Él pensaba que de no mediar sus buenos oficios yo hubiera podido ser devorada por los piojos: era una expresión soez.
-También vivía antes de conocerte -le dije tomando la valija. El mediodía del norte se descargó sobre nuestro estridente dúo.
-Nunca tuviste alegría de vivir -respondió Guido caminando a largos trancos-, ni siquiera destreza. En realidad no has tenido nada.
Yo estaba sedienta y más bien harta. Una siniestra complicidad con las cosas que iban resultando mal me inspiraba opiniones que no me atrevía a repetir. ¡Ah, si hubiera podido decir tan sólo: al diablo, o quizá, al infierno! Sin dejar de maldecir, él agregó que al otro lado de la calle hallaríamos un hotel decente, que asimismo sentía calor y sed y que las dos valijas pesaban como mil demonios. Yo debería haberme animado a maldecir. Pero ¿cómo?
En el otro hotel había que subir una escalera y en el primer rellano nos aguardaban dos hombres de color oscuro, a medias gentiles y sonrientes. Abajo, en la vereda, el encargado de los equipajes indicó nuestro paso con un gesto. Un lustrabotas se acercó; es mi costumbre sonreír a todos pero ahora no. La sonrisa levanta un rostro mustio; sin embargo:
-No -dijo Guido velozmente-, ahora no.
Dio los datos de ambos a los del rellano y se mostró más complaciente. Un ruido de ascensor nos señaló que la habitación daría a la plaza y que tendría, por lo tanto, buena luz. Esta vez fue una buena habitación.
-Te lo dije -aclaró Guido, dejando el impermeable sobre una silla de cuero-. Vos nunca supiste elegir. Tampoco ahora. Este es un buen hotel por el mismo precio. Nunca hubieras imaginado algo como esto.
La verdad es que había muchas cosas inimaginables junto al fuerte rayo de sol que entraba por la celosía entornada. Aquella primera vez, en cambio, no hubo celosías sino grandes postigones de madera que el suizo abrió gesticulando, algo servil, tan silencioso y extraño a nosotros como lo es toda la gente fuera de América. Así y todo estuve por decirle que alguien habría colocado la rama con un fin determinado; de otro modo no era posible la extrañísima armonía del árbol frente al cristal, y atrás el lago, plateado por la ausencia del sol, el día nublado y lluvioso que anunciaba una nevada por la tarde. Y si alguien se había tomado el trabajo de cruzar la rama, quizá existía el mismo afán de complicidad en el resto de las cosas ya que a partir del instante en que el avión giró para descender sobre la pista, la misma armonía penetrante empapó nuestro enfoque de la realidad. Habían construido la hostería sobre el lago y la escalera crujió un par de veces en tanto Guido y yo subíamos cada peldaño, de la mano, sonrientes, reteniendo el aliento y seguidos por el suizo silencioso solamente atento a nuestros deseos (si nos levantaríamos temprano al día siguiente, si el dulce debía de ser de fresas o mosquetas). La gran cama de nogal parecía muy alta en el centro de la habitación y quizá había un ropero de tres lunas y la ventana con la rama prevista que irrumpía en la escena. Hacía mucho frío y en alguna parte el suizo raspó un fósforo y un leve resplandor indicó el lugar del fuego. Guido me buscaba ahora frotando mi mejilla con el áspero roce de su saco, y escudriñando el común deslumbramiento para gozarlo más. Frente a la ventana, de perfil al absurdo paisaje de aguas y montañas, me dijo que también él había presentido. Me empujó con suavidad porque hay ritos ciertos y este era uno de ellos. Ritos complejos, pensé mientras caía hacia atrás con blandura y sin cerrar los ojos, ritos pensé mientras me abrazaba y sentía frío; la cabeza alerta, sin perder detalle de la ceremonia integral de la que participaba. A pesar del frío nos desnudamos apresuradamente porque la puerta quedó abierta y el suizo iba a regresar con el pretexto de la toalla y los jabones. Detallamos la felicidad de estar allí, en medio de la potencia de nuestras actitudes, rodeados por los muebles sólidos, las ventanas y paisajes que combinan en forma admirable, asustados y llenos de emoción. Somos un hombre y una mujer bastándose a sí mismos, encuadrados en una conjunción feroz de piel, ardores y respiración. Guido desnudó su pecho blanco al que las pecas otorgaban aire infantil. La barba roja, el vello oscuro, la piel sin nudos ni asperezas, una lisa piel adolescente para un torso de hombre que va inclinándose. Subí la mano por el pelo rizado, espeso y ocre; aspiré. Todos cuantos han sentido amor conocen eso de aspirar al otro con cada contracción. El olor de Guido también me dio la sensación del peso de un cuerpo sobre la mitad del mío, un peso que no es tal sino el abrigo, quizá el amparo y, por qué no, la máxima protección otorgada. El cielo pareció abrirse y descubrí un fino azul entre el principio de la tormenta y aun estirándome entreví la rama nuevamente, el marco de madera oscura y el dintel; la habitación también nos rodeó amorosamente y el conjunto todo fue de una indecible armonía. Haríamos el amor. A menudo lo conversábamos porque hacer el amor significa formar parte de él, aprehenderlo, incubar infinitas posibilidades de nuevo amor. Entonces, lo haríamos, porque no hay otra forma de expresarse sino confundiéndose, disolviendo la soledad inicial o recitando esa larga oración de mutuo homenaje. La boca de Guido tomó la mía con infinita precisión y lo dejé hacer. Vacilé por un momento pero fue un instante apenas. Guido moviéndose acompasadamente pudo penetrarme bajo un leve resuello victorioso. Nos abrazamos con la honda seriedad del amor y su consiguiente expectativa. Cada vez será mejor, distinta a la anterior, muy superior a lo previsto, todo lo extraído del ser yacente, del fondo de uno mismo, el ardiente arrebato, la refriega, el adherirse, sujetándose por las piernas y los brazos, dos complejidades bien logradas a punto tal que un ser humano nunca está más lejos de sí mismo, tan cerca de otro ser. ¡Acto de amor precioso y saludable! Guido me observó; algo arriba de mi rostro, el suyo aparecía emocionado y serio. Una mujer y un hombre encerrados en una hermosa habitación es casi todo. Nos asombramos mutuamente de sentir amor con el día lluvioso en que luego saldría el sol, hacia el fondo del país, en un punto apartado donde las ramas, los árboles y el contorno de los lagos han sido colocados con expresas finalidades de placer estético. Estábamos confinados en un punto remoto, lejos de la geografía familiar, como si la hostería y los pasos del suizo en las escaleras pudieran mantener fijo, inmerso en el tiempo, todo el esplendor de aquel abrazo. Nos amamos durante largas horas. Descansamos para amarnos nuevamente y cada vez al espasmo sobrevino el asombro. Yacimos sin ardor al fin, bajo un cansancio complaciente y luego, cuando la puerta se movió, sonreímos y aguardamos de pie junto a la cama como dos niños que regresan de un paseo.
-Es una buena habitación -dijo Guido también ahora satisfecho.
Por la ventana se veía la plaza y algunas grandes plantas carnosas de anchas hojas tropicales. En la retreta, la banda se aprestaba a comenzar. La gente iba agolpándose, hombres y mujeres, con los movedizos manchones de los niños corriendo o empujando junto a los músicos que preparaban sus instrumentos. Sentados sobre una banda de ladrillos una docena de ancianos, en traje oscuro, meditaban al sol. Cuando la banda atacó “La gazza ladra”, entreabrí la celosía para oír y ver mejor. ¿Debería rememorar acaso la primorosa veleta del Cabildo que Guido elogiaba con minuciosidad? Al hablar, más que a sus palabras, yo estaba atenta a cierta mueca diabólica, a cierta hosquedad de su cara que me recordaba al padre.
Hablando de la veleta, Guido se enredaba en complicadas alusiones, incurría en errores. Por cierto que era hermosa la veleta colonial sobre el techo de tejuelas y asimismo el largo balcón y su balaustrada de madera. También el Cabildo era objeto del minucioso análisis de Guido, pero tales extremos mostraban un punto de saturación: sentí por nosotros una infinita compasión. De todos modos, sin moverme de mi puesto junto a la ventana, estudié la plaza de Salta con una perversa insistencia en cada detalle. Anoté: tejuelas, veleta, balaustrada de madera, la gente atenta a “La gazza ladra” y aquella barahúnda de acordes italianos insólitos en el mediodía de noviembre. Anoté con fanático entusiasmo cada detalle como alguien que quisiera dar cuenta de su muerte. Veía aquella plaza, la veleta, el mediodía, todo por última vez. Era preciso anotar las impresiones. A mis espaldas, Guido acomodaba la ropa con prolijidad. Está ganando tiempo, pensé, y luego lo escuché abrir los grifos en el baño. Habría que buscar un lugar para comer y luego dormiríamos juntos como era de rutina. La noche anterior, tras una semana indiferente, él me había buscado con un gesto amable. Pensé que hubiera podido decir:
-Y bien, es preciso embarcarnos en esto.
O acaso lo dijo con sus ojos oblicuos y con el gesto entre formal y sabio que usó al tomarme en los lugares y sitios prefijados. Yo comencé a notar aquellos mismos síntomas seis meses atrás, algo más, quizá después que la primera escaramuza fue enfrentada. Era noviembre, casi víspera de fiestas. Ya había entrado el verano cuando descubrí la primera deserción de Guido, el primer grado de su desamor o la convicción de que una pareja no es sino la añadidura de uno más uno. La necesidad de tomarse mutuamente había cedido. Contaba los días, cuatro, cinco, seis, ahora pasaba toda una semana sin que Guido me buscara. Aquella violenta necesidad de acoplarse se apagaba; anotaba uno a uno los besos que se volvían fraternales, luego ni siquiera eso. La noche anterior Guido había actuado como un experto que se hunde en el terreno familiar. Con los ojos bien cerrados evocaba visiones interiores, quizá escenas fulgurantes que daban a sus nervios sensaciones renovadas. Cosa curiosa: yo era más adicta y fiel. Descubrí cómo es que las mujeres conservamos el primer impulso. Aferradas a lo que fue, y en cierta perspectiva encontramos el feroz encantamiento del comienzo; cuestión de gesto, de oportunidad o de palabras. Pero Guido era un macho versátil que tomaba su pareja por costumbre. Una vez me había confesado:
-He tenido tantas mujeres que no alcanzo a recordarlas y te digo: siempre una mujer resulta bien, como novedad se entiende.
Era también el pacífico macho, el gran hombre argentino definiendo su virilidad con un desfile nutrido de mujeres, una almohada y otra, una pelambrera distinta y otro par de piernas. Para Guido el amor era un color de pelo y esa parte del cuerpo miserable y rica entre la inserción de los muslos y la cintura. Yo había detenido el desfile. Con una mano sujeté aquel cuerpo que oscilaba y la vida se detuvo con él. Pero aquel buen hombre que abre los grifos del baño y que pasea su gran cuerpo por la habitación no posee reservas suficientes para vivir detenido mucho tiempo. Se ha habituado al color de mi pelo, al olor que dejo en su almohada, a mis gestos que ahora enjuicia duramente. Por cierto que esos gestos de dureza me afean algo más; él lo destaca en tanto va y viene un tanto desaprensivo, sin gracia ni recato, como si su cuerpo fuera parte de la habitación y ambos integrantes de mi propio rito expiatorio. Todos sabemos además que el cuerpo mostrado crudamente deja de existir.
-Siempre retobada -dice dándome la espalda-, mostrando una cara larga y tensa que enfría las palabras, que me impide respirar.
-Me has tratado con desconsideración desde el maldito instante en que echamos pie en esta ciudad -le contesté.
Resopló utilizando una forma muy curiosa de demostrar su ira: emite el aire suavemente por una boca a medias prieta y pone los ojos hacia arriba. El gesto resultante me enardece.
-Te sentís con el derecho soberano de cansarte, de mostrar frustración o de disipar malos humores -dije.
Sin embargo, su gesto de fastidio todavía puede provocarme dolor. Cuando se hace presente el insoportable elemento de las lágrimas, resopla un largo rato:
-Odio verte llorar -aclara-, soy lo contrario del resto de los hombres. Una mujer que llora es una calamidad.
El conjunto de sus piernas firmes y de sus nalgas da la impresión de poder. Yo palpé muchas veces esas nalgas poderosas y observé ávidamente el rítmico movimiento de las piernas que ahora lo conducen por la habitación. Siento que estoy por desertar. Aún lo deseo con ese curioso empeño de las mujeres honestas aferradas a su solo hombre. Se decreta: es éste y debe serlo en mucho tiempo, acaso para siempre. La perdurabilidad de la pareja nos otorga una etiqueta severísima. La viva respetabilidad de una mujer queda rotulada al insistir en el cuerpo y la fuerza de un solo hombre. ¿Quién nos enseñó tal podrida mitificación?
-Me cansa ver un rostro acusador -insiste Guido volviéndose hacia mí.
Ahora bien: enfrentar su sexo es una nueva bofetada. Pero él dice sin palabras:
-Me muestro tal cual soy porque ya has perdido tu significado.
No se mostraría así frente a su último descubrimiento. Ella vendía botellas de buen vino con gesto que podía ser conciliador; su misión era vender botellas, mostrarse sobre el escritorio de la cintura a la cabeza y atender el paso de Guido atisbándola a través de la vidriera. Él no se mostraría así a la empleada que vendía buen vino de la tierra del sol y la vendimia de cartón. Sólo frente a mí que soy su pareja y me desvanezco en una suerte de carencias progresivas.
-Cubrite -dije.
Río largamente.
-Dejame en paz -insistió, y luego-: Estoy harto.
Ahora paladea la palabra sobre la que incursiona con una maldad pegajosa. El hartazgo, dice, marca nuestra etapa. Descubro que la mayor parte del día nos la insume esta ácida conversación dentro de la que nos revolvemos con odio y por necesidad. Me había dicho que necesitaba marchar por la vida sin muletas, sin una neurótica feroz aferrándose a su cuello; si era preciso, debía sustituir un hábito por otro. Ostentosamente lee en un libro la definición de hábito: de modo que yo era un hábito entrando con terror en su departamento de la calle Méjico. Bajo el agua de la ducha entona una letra de tango que otrora me enseñara en medio de caricias. Es posible que también él busque dar definiciones o acorralarme para que la decisión final corra por mi cuenta. Cerrando los ojos como si rezara siento odio hacia él. Pero Guido, este hombre por el que siento odio, busca despreocupadamente un motivo para incorporarme al diálogo. Interrumpe pues su declaración de hartazgo:
-Podemos visitar los valles calchaquíes -dijo amablemente.
La encargada de vendernos los pasajes no pudo ocultar su admiración. Un hombre admirable el mío: se pavoneó durante largo rato mientras señalaba sobre el mapa un complicado itinerario. En un momento construyó para la mujer una nueva y magnífica aventura. Era ahora un escritor de vacaciones que necesitaba pasajes y una buena dosis de soledad. Fabulaba sin cuidarse porque yo, advirtiendo que mentía, era su contorno. No pude más que admirarlo en tanto sus aventuras detalladas iban invadiendo la agencia de turismo. Frente a los otros, Guido desplegaba un arsenal de sonrisas cautivadoras, hoyuelos sobre las mejillas y admirable buena voluntad. Aquel aborrecido ser humano que llegaba a la violencia, el complicado solitario cargado de manías, el fetichista y aun otros seres interiores, reaparecían sólo cuando la puerta se cerraba. Dice:
-Te quedás a mi lado por venganza, ¿o qué?
Al formar una pareja se piensa: tal es el punto hacia el que nos dirigimos. Pero pasado un tiempo sólo se consigue descubrir que se anda porque hubo un comienzo. Cuando noté todo esto, ya Guido reclamaba quejumbrosamente que le diera tiempo para ver todos los días a la empleada de los vinos. Los seguí: en un banco del jardín botánico, el tercero a la derecha, se manoseaban en la oscuridad. En una casa de la calle Güemes se revolcaban como cerdos. Lo esperé en la acera de enfrente helándome a medida que la noche pasaba. A las cinco de la madrugada, un vigilante se detuvo a mi lado.
-¿Le pasa algo, señorita? -preguntó.
-No, por Dios -le contesté.
El hombre sonrió.
-No hay que afligirse demasiado -dijo echando vaporcito por la boca. Aquel hecho me unió tiernamente al desconocido. Guido salió de la casa poco después, llevaba un pantalón gris muy gastado y la camisa a cuadros que yo eligiera para él. Salió dando grandes pasos, moviendo mucho sus brazos y su notable cabeza algo desproporcionada. En realidad era un hombre torpe y casi feo, pero hasta el aire que desplazaba al caminar encerraba aun cuanto yo quería. El hombre de la camisa a cuadros se parecía a Guido aunque ya fuera otro. Caminaba con decisión, torpemente, dando gran impulso a cada paso. Pensé que hubiera sido más decente mostrar confusión o remordimientos; pero pasó sin verme y bajó la escalera del subterráneo en Canning como quien regresa del trabajo. En algún rincón del barrio de Palermo la otra se lavaba de Guido con las mismas esperanzas que otrora fueran mías. Casi un círculo de familia.
Sin animarme a regresar a casa vagué largamente con un dolor horrible en los brazos y las piernas. Bajé por Arroyo y entré en un café al que íbamos todas las tardes.
-¿Se cayó de la cama, señora, ey? -gritó el muchacho que manejaba la máquina italiana.
En tanto reclamaba un plazo, Guido había dicho:
-Cualquier lugar de Buenos Aires será lo mismo, Ana.
-No traigas a otra mujer a casa -le pedí.
-¿Por qué no? Tampoco podría encontrar un banco o una plaza o una calle ajena a vos. Sería complicarlo todo.
De repente, al dejar de amar también dejaba de sufrir. Un mecanismo de deseo sustituía a otro mientras trataba de enseñarme cordura aferrado a mi brazo o llamándome tiernamente. Cuando me posee, su gran cuerpo claro tiene algo bestial. También ahora hablando de lo que le ocurre se comporta como un gran animal doméstico. Entonces, oliendo a sangre desde lejos, trató de concederme un entierro de primera clase:
-Tengo conciencia de que lo más importante de mi vida ya me ocurrió con vos.
Que es una forma de aclarar: hijita mía, hemos llegado a la desembocadura. Con las manos apretadas sobre la boca del estómago, casi doblada en dos, me apoyé en el estante de los libros: hice rodar los pequeños caballitos japoneses y la vieja y pretenciosa foto de Chaplin y Jackie Coogan.
-Sufro -murmuré espantada.
Debí descubrir el cambio de una cara que se comporta como nueva. Ahora Guido es un hombre extraño y joven que hace café y habla, a veces con fastidio, a veces con piedad. Debe recordar la felicidad: echa de menos otros días completos para ambos. Sobre la mesa dos objetos nuevos indican la existencia de un tercero. Si lo obligo a reparar en ellos, quizá acuda a la mentira o no: es no.
-Sí, me las ha dado Dina.
Ante el absurdo remedo de “dixieland” siento deseos de reírme a carcajadas. Dina bailaría con polleras al tobillo, jopo, zapatos de pulsera y plataformas. Malamente rimarían Dina y Chaina acompañadas de violento toque en batería y saxofón. El pobre Guido buscaría su evasión sobre un torso por mitades ofreciendo vino y pasajes a precios razonables. Dina inventaría historias de grandeza como ocurre a menudo en encuentros similares. Bellísima, casi descendiente de la real casa danesa, hija de hacendados -mi padre es tan modesto a pesar de su título y fortuna-, el caso es que trabajo allí para no aburrirme en casa; colgada del estribo, boqueando tras la larga fila de empleados que emergen de la boca del subte, con calor y frío, el lindo culo bamboleándose bajo la falda imitación; para no aburrirse el lindo culo aplastado a la silla con la jefa lesbiana y el cargoso compañero aguardándola a la salida del toilette. Pobre Dina que usaba una curiosa manera de matar su aburrimiento. Pero era preciso que Guido imaginara. Guido precisaba abundancia y mucha seguridad. Dina lo intuyó en medio de una maraña de mentiras clásicas. Por otra parte un hombre que se dispone a usar el sexo puede pasar por alto una fábula modesta.
Casi con la boca seca me aclaró:
-Es joven, sí, muy agraciada.
(Tengo tantas ganas de tenerte, negra, negra, negrita, negra.)
Sin embargo el amor y el deseo terminaban con mis cavilaciones.
-Te necesito -me dijo secamente Guido una semana después.
Había recortado una figura medieval en la que San Jorge daba cuenta del dragón. Un poco más atrás aguardaba una deliciosa figura de mujer, los ojos bajos y una flor -una azucena- en la mano.
-Ese soy yo -me dijo indicando la figura de San Jorge-, debes darme tiempo para que derrote a mi dragón.
En realidad quería decir: ¿vas a deshacer toda una buena historia por un espasmo? Más claramente: un espasmo no es todo el amor.
Yo miré con horror al ser humano que se descubría frente a mí.
En un camarote de segunda, mirábamos por la ventanilla esa pampa huidiza, cortada por vagones de carga, carros lecheros, fugaces rostros cordobeses, largos trancos de sequía, las primeras piedras grises de Mendoza. Guido me enseñaba el nombre preciso de la acequia, del quillay, el rumbo de las sementeras. Cada vid equivalía a una fortuna. Guido perseguía la ilusión de una fortuna ajena y de ese modo también lograba conmoverme:
-Podría hacer grandes cosas, Ana, ya lo verás: cumpliré aquello para lo que he nacido y será, lo verás, un destino memorable.
A través de la ventanilla, una enorme noche azulada dejaba ver sin embargo grupos de montes y el bulto de algún animal. Guido me contaba acerca del niño rubio, rosado y gordinflón que fuera perdiéndose en la siesta de verano. Yo alcanzaba a ver sus dedos delicados apretando una tiza frente a la maestra, y luego a la maestra en brazos de su padre.
-Papá se apoderaba de mis maestras, siempre. Una de ellas iba a buscarme a casa a la oración; paseábamos por la plaza y papá, como quien vigila la hacienda, oteaba desde el mostrador de la confitería. Ella se llamaba Sara. Yo, en cambio, fui una niña sola y muy cuidada. Guido entonces reconstruía mi vida acariciando tercamente el contorno de mi cara y colocando toallas mojadas en la ventanilla. Ahora le tocaría el turno a mi madre, luego a mis hermanos. En seguida nuestros cuerpos se hacían importantes y nos uníamos mediante un abrazo mudo y perfecto del que casi no me acuerdo. Y otras veces, el niño gordinflón, sin madre, era enviado lejos en busca de otro par de tíos ocupados en sus problemas. Había un pequeño pueblo del sur, con acantilados que formaban grutas, y grandes caracoles rojos. El niño corría libremente entre las piedras junto a su perra: había encontrado un árbol y vivía instalado en las ramas. Construyó su casa de madera, alto, lejos del suelo. Sobre la copa y con buen tiempo, se veía un trozo de mar. También una pareja se une en el pasado. Un niño trepado a un árbol, un árbol en la siesta son largas confesiones. Entonces Guido, sin mentir, dejaba correr la imaginación en pos del niño que resucitaba para mí. Horas perfectas, bien presente el crujido de las ruedas, sin interrupción la potente marcha del tren, como dos compañeros de colegio, de bruces sobre la cucheta, el mentón sobre las palmas, los ojos perdidos en historias breves y tiernas que se extienden y ya son historias de hoy. ¿Cuánto tiempo transcurrió? Guido me abrazó al bajar la cortinilla sobre el primer rayo de sol. En las estaciones, los peones madrugadores se burlaban sanamente; un guardabarrera nos dijo adiós sonriendo. Habíamos pasado toda la noche junto a la ventanilla, extrayendo cuanto fuimos largo tiempo atrás.
Él me dijo:
-Casi he reconstruido tu vida.
Y aún estábamos en eso cuando el guarda gritó que habíamos llegado a Mendoza.
-¿Vas a ocupar la ducha ahora? -dice Guido frotándose la espesa pelambrera rubia.
Debería exigirle que cubra su cuerpo, al que frota y acicala cuidadosamente, y el silencio entre los dos es tan pesado que opto por tenderme en la cama para ocupar el tiempo. Nuestro diálogo siempre resulta tan pobre que sólo alcanza a conformar un par de frases crueles.
-¿Otra vez en cama? ¿A qué hemos venido a Salta, entonces? Mil seiscientos kilómetros de ruta para estudiar de nuevo tu antigua máscara de furia. Mostrate natural, mujer, aflojate.
Debería abrir esa puerta, tal como estoy, tensa, descalza, desgreñada; abrir la puerta para salir al corredor y huir, aunque la gente me señale luego como a esas locas que gritan su historia por las calles. Sería razonable escapar ahora sin oír la implacable corriente de aversión que destila Guido en cada gesto y con cada movimiento. Debería huir, pero sin cambiar mi posición sobre la cama experimento ya el feroz ardor, un plomo que me ata a esta miseria, la última forma de estar unida a él.
Nuestro diálogo se arrastra como un animal enfermo. Ayer acaso reafirmamos nuestros días con risas y viejos sueños compartidos. Pero he aquí que lo hemos descubierto todo y algo murió. Cuando Guido avanzó por la habitación, me dijo:
-He conocido a alguien, oh, no puedo compararla a vos. Es sólo cuestión de tiempo y una consecuencia de tus celos, de tus riñas, de tus propias deserciones. Ambos hemos caminado juntos en esta dirección. Te lo avisé: Ana, cuidado, te desgastás y desgastás lo que hubo.
Debí gritar: me estás matando, como ahora debería huir, pero entonces dije:
-¿Quién es ella?
No importa. Hace mucho que Guido y yo braceamos sin coincidir en el esfuerzo, en la marcha o en las respiraciones.
Ahora el desamor se colocaba una peluca de mujer y un ridículo nombre “dixieland”; vendía vinos, contaba grandezas, adulteraba su edad. Antes había vendido bombones o máquinas de tejer, Guido no buscaba demasiado alto. Lo confiesa también con esa dura filosofía de la calle que me despertara amor.
-No busco demasiado. Encuentros de esos pueden tenerse veinte en un día. Fijo la vista y surge un cuerpo y una cara de mujer; una mujer cualquiera. ¿Y qué? Están hechas para eso; uno las encuentra y algo funciona bien. Otras cosas, no: nadie pide tanto.
A mí me había pedido la totalidad. Pero el tren llegó a Mendoza y regresamos después de dos semanas y hubo también una noche en que Guido colocó sobre mi anular un grano de arena que brillaba. El espumoso mar se movía cerca de los dos. Vi bailar una mancha de estrellas cuyos nombres sospechaba; eran nombres de mi propia historia, noches perfectas en las que se respira con un hálito fantástico. Guido me regaló los soles del primer verano que pasamos. En la estación, al despedirnos, quisimos jurar y prometernos. Sus ojos y los míos formaron una parábola que siguió intacta mucho tiempo. Ninguna mujer tuvo un dedo anular como el que Guido me entregó esa noche.
Todavía es posible que desee el olor de su cuerpo y lo que pueda darme. Pero su impulso llega tan retaceado que me siento perdida. Toma mi cuerpo, esboza tal número de caricias, tal actitud: Guido cumple su obligación amorosa con responsabilidad. Culminar tal actitud es peor que haber comenzado; al instante estamos tan lejos uno del otro que nuestros hombros no alcanzan a tocarse. Dejo la cama y hablo de su camisa sucia, del tiempo que pasa y de la hora de partir al día siguiente. Nuestros cuerpos han actuado solos y, por lo mismo, torpemente. Se quejó también de mi largo lamento que puede llegar al cuarto vecino. Desde hace un tiempo, todo le resulta mal en mí, especialmente este lamento desigual y desprovisto de significado. También se queja alguien que va a morir.
Ahora se viste mientras canturrea usando una forma especial de soledad. En algún lugar del mundo debe existir una fórmula mágica mediante la que es posible hablar y decidir un destino de pareja. Al abrir los grifos del agua todavía me pregunto: ¿Cuándo comenzó? La agraciada morena de los vinos ocupó un par de semanas. Pero para entonces ya la fisura estaba abierta. Me desnudo, consciente de que mi cuerpo le es tan ajeno como el contorno de la ventana por la que mira hacia la plaza; revuelvo en busca de imágenes, reveo detalles miserables, un número de teléfono anotado en el borde de un papel, una tarjeta, una señal de deterioro. Pero ¿cuál? Lavo este cuerpo que fue amado y que se pierde ahora en tanto Guido discurre sobre la frágil veleta colonial que apenas se mueve en el techo del Cabildo. Es una ruin satisfacción comprobar lo mucho que me aburre, la forma en que me opongo ardientemente a lo que dice, cómo es que lo desprecio, hasta qué punto un hombre queda reducido a un caparazón irresistible. Sólo la cáscara de él. Sólo la piel es lo que me queda de este hombre, lo que me perturba todavía en él. No quiero para otra este caparazón. Me opongo. Quizá tenga razón por una vez: ejerzo mi venganza.
Me sorprendo murmurando a sus espaldas:
-Maldito seas.
Antes, en los radiantes tiempos, la violencia daba al amor una fuerza misteriosa cuando una fotografía descubierta o una actitud ambigua abrían la posibilidad de los celos. Herirse por sentir amor es otra cosa. Ya no quedan sino palabras claves como hartazgo, frialdad, impaciencia y el hecho irremediable de seguir sólo porque se ha comenzado.
Mirando mis espaldas quizá también él se diga:
-Quisiera verte desaparecer.
Acaso y sería peor:
-Pobre mujer.
Las tardes se hacen largas. Ambos oteamos el reloj para descubrir los malhumorados pasos de una condena mutua. Hay cierto alivio en las despedidas y una apresurada buena voluntad de última hora:
-Te veré mañana, Ana.
Aún sobreviven los inocuos besos distraídos para una mejilla que se ofrece apenas. Mientras da fin a su discurso sobre la veleta descubro que ve otra plaza, otro balcón en el Cabildo, que Guido ve el revés en cada cosa y yo el anverso.
Termino de vestirme en silencio y ya listos nos palmeamos amistosamente. Pero en el ascensor la sonrisa se volatiza. Guido advierte la misma desazón.
-¿Qué te ocurre ahora? Oh, por favor, me esfuerzo por ser gentil pero tu cara desbarata mis propósitos.
-Difícil cambiar la cara -contesto ácidamente-. En algún momento, esta que llevo te gustó, pero ahora, esa misma cara es un engendro irritante para tu historia. Quisieras verme lejos. Y bien: es preciso que muestres tu hombría dando el primer paso de ruptura. Animate.
Su dedo aprieta furiosamente el botón rojo y el ascensor cruje y se sacude hasta detenerse.
-Ni un paso más, te digo, no doy un paso más. Me niego a estas escenas que tienen por fondo cada rincón de una ciudad maldita. O de cualquier punto hacia el que, maldito sea, nos encaminamos juntos. Estoy harto de esto, escuchame: harto.
Ha dado una vuelta completa -incluyendo el abrazo- para sentir hartazgo nuevamente. Muerdo mis razonamientos tenebrosos: si tuviera dignidad pondría en marcha el ascensor y escaparía. Pero en algún resquicio esta derrota me hace sentir gastada y aún queda su caparazón. Debería odiar también su cuerpo y eso es mucho más difícil que vivir sin él. Guido resuella y pone cara de componedor:
-Escuchame, Ana, vamos a comer. Un buen vaso de vino nos hará mirar el mundo de otra forma. Y bien: aquí estamos, estudiemos la ciudad.
Afuera, la gente se amontona en las confiterías y algunos ocupan el sitio de la banda. La calle atrae tanto a Guido que alcanza a sonreír. Si se lo permitiera, echaría a correr. Al pasar mira con avidez un rostro de muchacha, un pelo espeso y rubio. Le anoto:
-Ya casi necesitás recurrir a la niñez, amigo.
Sus dedos se clavan en mi antebrazo hasta hacerme suplicar.
-Es mejor que cambies la expresión, querida, porque no quiero caminar por la plaza del brazo de una hiena.
-Guido: esto es inútil.
Vocifera y gesticula a punto tal que los curiosos se vuelven a mirarnos.
-Nuevamente me has trampeado -ruge-, juré que no conseguirías enojarme y otra vez has obtenido tu victoria miserable. Querida: sos una víbora.
Debería aclarar que conozco su mecanismo mentiroso o cada pliegue de su dualidad. Debería decir que al yacer conmigo imagina y desea ardientemente otros abrazos. Aquella niña entre virginal y lúbrica es su persecución; la encontramos a cada paso, cruza la calle Santa Fe a las siete de la tarde con una falda escocesa y los muslos descubiertos, está de pie junto al reloj de la estación de Córdoba. Ahora le sonríe desde el volante de su cochecito sueco, a veces señala el título de un libro o limpia el vidrio de la mesa de un café. Debería decirle que conozco su precaria persecución y aun que la comprendo; Guido sustituye un rostro enquistado por una radiante aparición, Guido ha comenzado a huir.
Ya sentados a la mesa descubrimos que había un par de horas ocupadas y ese pensamiento nos procuró tranquilidad. Pero enfrentados, comimos en silencio y volvimos a la calle, la calma noche sobre las cabezas.
En la habitación del hotel me dijo:
-Mañana regresaremos a Buenos Aires, Ana.
Dije que sí.
Luego, de espaldas en la cama, contemplé por última vez la conocida arquitectura de su cuerpo que tanto amé. A veces memoricé las manchas de su vello oscuro y la gran cicatriz que atraviesa su cadera. Quizá eché de menos su calor, la forma como me buscaba entre las sábanas y su voz relatándome las crueles aventuras de niño desvalido. Pero abandonémonos. La cosa se produjo y ya no puede conjurarse. Dejo sobre la almohada mi veneno corrosivo y sin cuidarme de lo que queda atrás echo a andar a toda prisa. He vuelto la cabeza en forma tal que puedo descubrir si Guido intenta mi persecución, pero la insignificancia de los hechos me sorprende. Reconozco que él apreciará esta oportunidad de modo que fingirá dormir y dormirá; es muy capaz de eso.

FIN