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miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL DESERTOR José María Merino



El amor es algo muy especial. Por eso, cuando vio la sombra junto a la puerta, a la claridad de la luna que, precisamente por su escasa luz, le daba una apariencia de gran borrón plano y ominoso, no tuvo ningún miedo. Supo que él había regresado a casa. La suavidad de la noche de San Juan, el cielo diáfano, el olor fresco de la hierba, el rumor del agua, el canto de los ruiseñores, acompasaban de pronto lo más benéfico de su naturaleza a la presencia recobrada.
La vida conyugal había durado apenas cinco meses cuando estalló la guerra. Le reclamaron, y ella fue conociendo entre líneas, en aquellas cartas breves y llenas de tachaduras, las vicisitudes del frente. Pero las cartas, que al principio hacían referencia, aunque confusa, a los sucesos y a los parajes, fueron ciñéndose cada vez más a la crónica simple de la nostalgia, de los deseos de regreso. Venían ya sin tachaduras y estaban saturadas de una añoranza tan descarnadamente relatada, que a ella le hacían llorar siempre que las leía.
Entonces no estaba tan sola. En la casa vivía todavía la madre de él, y la vieja, aunque muy enferma, le acompañaba con su simple presencia, ocupada en menudos trajines, o en charlas cotidianas y en los comentarios sobre las cartas de él, y las oscuras noticias de la guerra. Al año, murió. Se quedó muerta en el mismo escaño de la cocina, con un racimo en el regazo y una uva entre los dedos de la mano derecha. Ella supo luego por otra carta de él que, cuando le llegó la noticia de la muerte de su madre, los jefes ya no consideraron procedente ningún permiso, puesto que la inhumación estaba consumada hacía tiempo.
Quedó entonces sola en casa, silenciosa la mayor parte del día -excepto cuando se acercaba a donde su hermana para alguna breve charla- en un pueblo también silencioso, del que faltaban los mozos y los casados jóvenes, y que vivía esa ausencia con ánimo pasmado.
Se absorbía en las faenas con una poderosa voluntad de olvido. Así, con minuciosa rigidez de horario, cumplía las labores cotidianas de la limpieza y la cocina, del lavadero y de las cuadras, y el calendario sucesivo de los trabajos del campo, segando y trasladando la hierba, escardando las legumbres y cavando los frutales, majando el centeno. Abstraída en la tarea del momento, que acaso le exigía, con el esfuerzo físico, un ritmo especial, llegaba a pensar la ausencia de él como una nebulosa ensoñación no del todo real, de la que saldría en algún inmediato despertar.
Pero el tiempo iba pasando y la guerra no terminaba. Ella no sabía muy bien los motivos de la guerra. Desde el púlpito, el cura les hablaba del enemigo como de un mal diabólico y temible, infecciosos como una plaga. Al cabo, ya la guerra y el enemigo dejaron de ofrecer una referencia real, y era como si el esfuerzo bélico tuviese como objeto la defensa a ultranza frente a la invasión de unos seres monstruosos, venidos de algún país lejano y mortífero.
Hasta tal punto que, en cierta ocasión, cuando atravesó el pueblo un convoy con prisioneros y los vecinos salieron a verles con acuciante curiosidad, una mujerona manifestó en su pintoresca exclamación, la decepcionante sorpresa de comprobar que los enemigos no mostraban el aspecto que las diatribas del cura y otras noticias les habían hecho imaginar:
-¡No tienen rabo!
No tenían rabo, ni pezuñas, ni cuernos. Eran hombres. Tristes, oscuros, vestidos con capotes sucios, con chaquetas raídas. Sobre las cabezas peladas, llevaban pasamontañas y gorrillas cuarteleras. Casi todos tenían la barba crecida en los rostros flacos, aunque también se veían barbilampiñas de algunos mozalbetes.
A ella, de pronto, la visión de aquellos soldados maltrechos le trajo a la mente la imaginación de su propio marido, acaso en esos momentos, también acarreado en algún camión embarrado, encogido bajo un pardo capote. Hasta creyó reconocer en varios rostros el rostro querido, sumida en una súbita confusión que la llenó de angustia.
Pasó el tiempo. Otro año. El pueblo siguió perdiendo gente y, al fin, sólo quedaron los niños, las mujeres y los viejos. Las veladas habían dejado de ser ocasión alegre de contar fábulas y recordar sucesos, y eran ya solamente motivo de rezos. Rosarios y letanías, novenas y misas, ocupaban las horas de la comunicación colectiva.
Cuando llegó aquel San Juan, ya ni creían recordar el tiempo en que los mozos, con su rey, encendían la gran hoguera tradicional en lo alto del cerro.
Fueron los niños los que suscitaron la memoria de la antigua fiesta, haciendo un gran fuego en la plaza. El fuego atrajo a la gente, que fue reuniéndose en torno a él. Era una noche clara, cálida, sin una pizca de viento.
Los niños gritaban alrededor del fuego, en el límite del caluroso reverbero. Los mayores recordaron otras noches de San Juan, a sus mozos llenándolas de algarabía y desorden. Lo que, cuando estaban los mozos, se aceptaba con esa obligada mezcla de indulgencia y malhumor que traía la sumisión a un rito inevitable, aquella noche se añoraba como una parte amputada de su vida.
Porque aquel año, como el pasado, no habría necesidad de vigilar los huevos, las matanzas, los hervidores. Nadie llegaría sigiloso en la noche para hurtarlos.
Y tampoco nadie borraría las sendas ni profanaría el rescoldo de los hogares.
El pueblo se había quedado sin mocedad, y el aliento dulce de la noche le daba a aquella evidencia, más dolorosa aún por las circunstancias que la motivaban, una particular melancolía.
Cuando la hoguera se extinguió, el encuentro improvisado se deshizo. Ella pasó por casa de su hermana, saludó rápidamente a la familia y se fue a su propia casa. Entonces vio la sombra junto a la puerta y, reconociéndole al instante, echó a correr y le abrazó con todas sus fuerzas.
Había cambiado. Estaba más flaco, más pálido, y en sus gestos había adquirido una especie de reflexiva demora. Supo que había desertado. Herido por la metralla de una granada, había ingresado en el hospital. Cuando estuvo curado y repuesto, decidió escapar y volver a casa. Fue una huida penosa, que duró semanas. Pero allí estaba ya, silencioso y sonriente.
Era preciso el sigilo más completo. Ella disimuló su alegría y continuó haciendo la vida de costumbre. Él permanecía oculto en algún lugar de la casa durante las horas de luz. Por la noche, cuando la oscuridad lo tapaba todo, salían a la huerta y se sentaban uno junto al otro, sintiendo latir las estrellas parpadeantes, el río que murmuraba, los pájaros que se reclamaban entre las enramadas invisibles.
Recuperó en sus brazos el sabor de aquellos primeros tiempos de matrimonio, y la congoja de los besos y los abrazos definitivos. Y como el amor es algo muy especial, todos los problemas -la guerra, su esfuerzo solitario que debía multiplicarse en tantas tareas, los complicados trueques para conseguir todo lo necesario para una regular subsistencia- pasaron a una consideración muy secundaria.
Su única preocupación era que él no fuese descubierto. Una tarde, cuando regresaba con unas cargas de leña, encontró a los guardias en su casa. Portadores de la denuncia que produjo la deserción -cuyo propósito había sido al parecer anunciado entre las pesadillas febriles del hospital- los guardias registraron la casa. Y aunque no fueron capaces de encontrarlo, aquella visita inesperada la colmó de angustia, al pensar que podían sorprenderle algún día y llevárselo otra vez, para castigar acaso su huida con la muerte.
Así, entre las dulzuras de tenerlo en casa y los sobresaltos de sus temores, fue transcurriendo el verano. A veces se ponía a cantar, sin darse cuenta, y en el pueblo callado y mohíno su actitud era acogida con sorpresa desconcertada.
Sin embargo, un extraño sentimiento le hacía desvelarse en mitad de la noche y, a pesar de sentir el cuerpo de él a su lado, cruzaba su imaginación un tropel desordenado de miedos sombríos, como si el futuro estuviera ya marcado y se cumpliesen en él toda clase de augurios desfavorables.
El mismo día que empezaba septiembre, cuando despertó, no estaba junto a ella. Era un día gris, oloroso a humedad. Lo buscó en la casa, en el corral, pero no pudo hallarle. Aquella ausencia, que le devolvía la imagen de la larga soledad, suscitó en ella una intuición temerosa.
A la hora de ángelus vio acercarse a los guardias. Se había puesto a llover con más fuerza y tenían los capotes de hule cubiertos de agua.
Lo habían encontrado. Estaba en lo alto del cerro, entre las peñas, con los miembros estirados para asomar lo más posible la cabeza en dirección al pueblo.
Sin duda la herida se le había vuelto a abrir en el largo camino de la huida. El cuerpo estaba reseco como una muda de culebra. Los guardias decían que llevaría muerto, por lo menos, desde San Juan.

FIN


SINGULAR OCURRENCIA Joaquim Machado de Assis


HAY OCURRENCIAS bastante singulares. ¿Ves aquella dama que entra en este momento en la Iglesia de la Cruz? Esa que se ha detenido en el atrio para dar una limosna...
-¿La que viste de negro?
-Justamente; ahí va entrando; entró.
-No digas más. Tu mirada me está diciendo que la dama en cuestión es un recuerdo tuyo de otro tiempo; y no ha de ser mucho ese tiempo, a juzgar por el cuerpo: es una mujer espléndida.
-Debe andar por los cuarenta y seis años.
-¡Ah!, conservada. Vamos, vamos; deja de mirar el suelo y cuéntamelo todo. ¿Es viuda, por supuesto?
-No.
-Bien; el marido aún vive. ¿Es viejo?
-No está casada.
-¿Soltera?
-Así, así. Hoy en día debe llamarse doña María de Tal. En 1860 florecía bajo el apodo de la Marucha. No era costurera, ni propietaria, ni maestra de escuela; anda descartando profesiones, y llegarás... Vivía en la Calle del Sacramento. Ya en ese entonces era esbelta y, seguramente, más bonita de lo que es hoy; modales serios, hablar fino. Cuando iba por la calle, aun vestida del modo más recatado y sencillo, muchos se deslumbraban con ella.
-Tú, por ejemplo.
-Yo no, pero sí Andrade, un amigo mío, de veintiséis años, medio abogado, medio político, nacido en Alagoas y casado en Bahía, de donde vino a Río en 1859. Su esposa era mujer bonita, dulce y resignada; cuando los conocí, tenía una hija de dos años.
-Y a pesar de eso, ¿la Marucha... ?
-Es cierto, lo dominó. Mira: si no tienes mucha prisa, puedo contarte una historia interesante.
-Soy todo oídos.
-La primera vez que se encontraron fue a la entrada del almacén Paula Brito, en el Rocío. Él se encontraba allí, y vio asomar a la distancia una mujer bonita; esperó, ya entusiasmado, porque era en grado sumo amigo de faldas. La Marucha venía caminando despacio, mirando y deteniéndose como quien busca alguna dirección. Se paró un instante frente a la tienda; después, con timidez, extendió a Andrade una tarjeta, preguntándole dónde quedaba el número allí escrito. Andrade le respondió que al otro lado del Rocío, señalándole la ubicación aproximada. Ella le agradeció con mucha gentileza; y él se quedó sin saber qué pensar con respecto a aquella pregunta.
-Como estoy yo ahora.
-Nada más sencillo: la Marucha no sabía leer. Andrade no alcanzó a dar con la explicación. La vio atravesar el Rocío, que por entonces no tenía estatua ni jardín, y dar al fin, después de preguntar varias veces, con la casa que buscaba. Esa noche, Andrade fue al teatro. Presentaban La Dama de las Camelias; allá estaba la Marucha, quien, en el último acto, lloró como una criatura. No prosigo: al cabo de quince días se amaban locamente. La Marucha se alejó de todos sus amantes, y me parece que no fue poca la pérdida; algunos eran gente de buen dinero. Se quedó sola, absolutamente sola, viviendo apenas para Andrade, sin buscar otra relación distinta a ésa, dejando de lado cualquier otro interés.
-Como La Dama de las Camelias.
-Exacto. Andrade le enseñó a leer. "Estoy hecho un maestro de escuela", me dijo un día; y fue entonces cuando me contó la anécdota de la tienda. La Marucha aprendió de prisa. Se comprende: la vergüenza de su ignorancia, el deseo de conocer las novelas que él le mencionaba, y hasta el gusto de complacerlo, de serle agradable... Andrade me lo contó todo, con una expresión tal de alegría en el semblante que no llegas a imaginarte. Yo gozaba de la confianza de ambos. A veces cenábamos los tres juntos; y... no tengo por qué mentir, algunas veces los cuatro. No pienses que eran reuniones disolutas; alegres, pero honestas. La Marucha gustaba de las conversaciones sobrias y tranquilas, como sus vestidos. Poco a poco se estableció entre nosotros una buena intimidad. Ella me preguntaba por la vida de Andrade, por la mujer, por la hija, por sus costumbres; quería saber si él de verdad se interesaba en ella, o si era sólo un capricho, y si había tenido otras, si la olvidaría pronto... una lluvia de preguntas, y un temor de perderlo, que mostraban a las claras la fuerza y la sinceridad de su cariño...
Un día, fiesta de San Juan, Andrade fue con la familia a la Gávea, para asistir a una cena y a un baile; dos días de ausencia. Yo los acompañé. Al despedirnos de la Marucha, ella mencionó una comedia que había visto semanas antes en El Gimnasio -Cenando con mi madre- diciéndome que, no teniendo familia para pasar con ella la fiesta de San Juan, pensaba imitar a la Sophia Arnoult de aquella obra: cenaría con un retrato. Pero no el de la madre, pues no tenía ninguno, sino el de Andrade. Tal afirmación estuvo a punto de merecerle un beso; Andrade quiso dárselo; ella, sin embargo, ante el hecho de mi presencia en la habitación, lo rechazó delicadamente con la mano.
-Pues mira, creo que es un bonito gesto.
-Así lo sintió también Andrade. Tomándole el rostro con ambas manos, la besó paternalmente en la frente. De allí salimos hacia La Gávea. Por el camino me contó grandes bellezas al respecto de la Marucha, me habló de sus mutuas ternezas, me confesó su intención de comprarle una casa en algún barrio alejado, tan pronto pudiese disponer del dinero necesario; y elogió la actitud digna de la muchacha, que se negaba a recibir de él más de lo estrictamente necesario.
-Todavía hay más -le dije; y le conté algo que él no sabía, esto es, que cerca de tres semanas antes la Marucha había empeñado algunas joyas para poder pagar una cuenta de su costurera. Esta noticia lo conmovió de veras; no me atrevo a jurarlo, pero creo que se le salieron las lágrimas. En todo caso, y después de meditar un rato en silencio, me dijo que definitivamente estaba decidido a conseguirle casa y a ponerla al abrigo de la miseria. En La Gávea encontramos aún ocasión para seguir hablando de la Marucha; finalmente las fiestas terminaron, y regresamos a la ciudad. Andrade dejó a su familia en casa, en la Lapa, y siguió hasta su despacho con el fin de arreglar algunos papeles urgentes. Poco después del mediodía se le apareció allí un tal Leandro, ex-agente de cierto abogado, a pedirle, como solía hacerlo, un préstamo de dos mil o tres mil reis. Era un sujeto vulgar y haragán. Vivía de dar sablazos a los amigos de su antiguo patrón. Andrade le dio tres mil reis y, como lo viese excepcionalmente risueño, le preguntó qué bicho lo había picado. Leandro hizo parpadear los ojos y se pasó la lengua por los labios; Andrade, que se moría por las anécdotas picantes, le preguntó si era cosa de amores. Él se hizo de rogar un poco, y confesó al fin que sí.
-Mira, ya sale de la iglesia. ¿No es ella?
-Ella misma; apartémonos de la esquina.
-Realmente, debe haber sido muy hermosa. Tiene un aire de duquesa.
-No miró hacia acá; mira siempre hacia el frente. Va a subir por la Calle del Oidor...
-Sí, señor. Comprendo muy bien a Andrade.
-Volvamos a la historia. Leandro confesó que había tenido la víspera una suerte extraña, o mejor única, algo que él nunca hubiera osado soñar, y que no merecía, porque sabía bien que no pasaba de ser un pobre diablo. Pero, en fin, también los pobres son hijos de Dios. El hecho fue que la víspera, cerca de las diez de la noche, había visto en el Rocío una dama vestida con sencillez, vistosa de cuerpo, y muy envuelta y protegida con un gran chal. La dama caminaba atrás de él, y más aprisa; al pasar a su lado, lo miró fijamente a los ojos, y aminoró la marcha, como en actitud de esperar. El pobre diablo pensó que aquello no podía ser verdad. Confesó a Andrade que, a pesar del atavío modesto de la dama, adivinó al punto que no era cosa que estuviese a su alcance. Prosiguió su marcha; la mujer, que se había detenido, lo miró de nuevo; pero esta vez con tal fijeza, que no pudo menos de sentirse animado; ella hizo lo demás... ¡Ah! ¡Un ángel! ¡Y qué casa, qué sala lujosa! Algo fino de veras. Y luego, su desinterés... "Mire, señor Andrade -añadió el otro- es una mujer como para su nivel, no para el mío". Andrade sacudió la cabeza. No lo tentaba la aventura. Pero Leandro le insistía: la casa quedaba en la Calle de Sacramento, número tantos...
-¡No es posible!
-Puedes imaginarte la reacción de Andrade. Durante algunos minutos ni él mismo supo lo que dijo o hizo, lo que pensó o sintió. Al fin reencontró fuerzas para preguntar al otro si era verdad aquello que había dicho; Leandro respondió que no tenía razón alguna para inventar una historia así; notando, empero, la excitación de Andrade, le pidió discreción, asegurándole que él por su parte cerraría la boca. Se dispuso a salir. Andrade lo detuvo con una propuesta; le preguntó si le gustaría ganarse veinte mil reis. "¡Por supuesto!" "Estoy dispuesto a darle esa suma si usted viene conmigo a la casa de esa mujer, y me asegura en su presencia que es ella misma la que usted se encontró".
-¡Ah!
-No pretendo justificar a Andrade; su reacción no era muy loable que digamos; pero la pasión, en casos como éste, es capaz de enceguecer al mejor de los hombres. Andrade era digno, generoso, sincero. Pero el golpe había sido tan hondo, y su amor por ella era tan grande que no dudó en cobrarse tamaña venganza.
-¿El otro aceptó?
-Vaciló un poco, no por dignidad, sin duda, sino por temor; pero la perspectiva de veinte mil reis... puso una condición: que no lo metieran en líos... La Marucha estaba en la sala cuando Andrade llegó. Ella salió a su encuentro con la intención de abrazarlo. Pero Andrade le advirtió con un gesto que traía compañía. Después, sin quitarle los ojos del rostro, hizo pasar a Leandro; la Marucha palideció. "¿Es ésta la mujer?", preguntó Andrade. "Sí, señor", murmuró Leandro con voz trémula, pues hay actos aún más innobles que el propio hombre que los comete. Andrade abrió su cartera con mucha ostentación, sacó de ella un billete de veinte mil reis y lo entregó al otro; luego, con la misma ostentación, le ordenó que se marchase. Leandro salió. La escena que siguió fue breve pero dramática. No estoy enterado de los detalles, porque fue el propio Andrade quien me contó todo, y estaba tan aturdido y afectado como es de imaginar. Ella no confesó nada; pero estaba fuera de sí, y cuando él, después de arrostrarle frases terribles, hizo ademán de largarse, se arrojó a sus pies y le agarró las manos llorando desesperada, y amenazando con matarse. Finalmente quedó tirada en el suelo al borde de las escaleras; él bajó a paso de vértigo, y se marchó.
-Y no le faltaba razón, hay qué decirlo: irse a trotar la calle en busca de algún infeliz como el tal Leandro... ¿Supongo que lo hacía con frecuencia?
-No
-¿No?
-Déjame terminar. A eso de las ocho de la noche vino Andrade a mi casa. Ya había ido tres veces, sin encontrarme. Su historia me dejó estupefacto. ¿Pero cómo dudar, si él había tenido la preocupación de apurar la prueba hasta la última evidencia? Ni te digo los improperios que le oí pronunciar, los planes de venganza, las exclamaciones, las cosas que dijo de ella. Todo lo que se dice, en fin, cuando nos llegan crisis de este estilo.. Mi consejo fue que la abandonase; que se dedicase a su familia, a su hija, a su mujer, tan buena, tan dulce... Él aceptaba el consejo, pero al instante volvía a sentirse inflamado por la cólera. De la cólera pasó a la duda; llegó a suponer que la Marucha, con el propósito de probarlo, había urdido toda la trama, contratando a Leandro para que fuera a contarle aquella historia; la prueba estaba en que Leandro insistió en darle la dirección, haciendo caso omiso de su falta de interés en la aventura. Y aferrado a esa hipótesis inverosímil, intentaba cerrar los ojos a la realidad; pero la realidad se le imponía; la palidez de la Marucha, la alegría espontánea de Leandro... todos los detalles, en suma, le gritaban que la historia era verdadera. Hasta creo que llegó a arrepentirse de haberse procurado prueba tan concluyente. En cuanto a mí, meditaba sobre el caso sin atinar a encontrarle alguna explicación satisfactoria. ¡Tan modesta! ¡Modales tan recatados!
-Hay una frase de una obra de teatro que puede aplicarse a esta aventura; una frase de Angier, creo: "la nostalgia del fango".
-No lo creo; pero espera que aún no termino. A eso de las diez se apareció en casa una criada de la Marucha, negra liberta muy amiga de su ama. Andaba en busca de Andrade, muy preocupada porque la patrona, después de muchas horas de llorar, encerrada en su cuarto, había salido sin cenar siquiera, y no había regresado. Tuve que detener a Andrade, que intentó salir precipitadamente. La negra nos suplicaba por todos los santos que encontráramos a su ama. "¿No acostumbra ella salir por ahí?", le preguntó Andrade con sarcasmo. Pero la criada respondió que no. "¿Estás oyendo?", me dijo casi a gritos. Como si la esperanza volviera de nuevo a acariciarle el corazón. "¿Y ayer..., salió?", pregunté. La negra asintió esta vez; no quise seguir interrogándola por compasión a Andrade, cuya aflicción crecía y cuyo pundonor iba cediendo ante la noticia de la desaparición. Salimos en busca de la Marucha; fuimos a todas las casas y sitios que frecuentaba; luego fuimos a la policía; pero la noche transcurrió sin que lográramos averiguar nada acerca de su paradero. Por la mañana volvimos a la policía. El jefe o uno de los delegados, no recuerdo bien, era amigo de Andrade; éste le contó del asunto sin entrar en la parte más íntima; si bien, de cualquier modo, la relación de Andrade y la Marucha era de sobra conocida por todos sus allegados. Se hicieron investigaciones: ningún hecho grave o trágico había sucedido aquella noche; ninguna persona había caído al mar; las tiendas del ramo no reportaban ventas de armas, ni las farmacias despachos de venenos. La policía agotó sus recursos sin éxito. Imposible describirte el estado de aflicción del pobre Andrade durante esas largas horas; todo el día se lo pasó en pesquisas inútiles. No sufría sólo por la idea de perderla; también lo agobiaba el remordimiento, pues la posibilidad de una tragedia parecía de algún modo absolver a la joven. Andrade me preguntaba a cada paso si no había obrado bien haciendo lo que hizo, si no habría procedido yo de igual modo en una situación como ésa. Y tornaba a afirmar que todo había sido cierto, y me daba pruebas concluyentes, con el mismo ardor con que en la víspera había intentado probarse a sí mismo que se trataba de un error; lo que en suma buscaba era conciliar la realidad con sus sentimientos de esa hora.
-Pero, resumiendo, ¿encontraron a la Marucha?
-Estábamos en un hotel, cerca de las ocho, comiendo algún bocado, cuando recibimos una pista: un cochero había conducido la víspera a una señora a la zona del jardín botánico; la señora había entrado a un hotelito, tras despedir el coche. No alcanzamos a terminar la frugal cena; fuimos con el cochero a la dirección dada. El dueño del hotel confirmó la versión, añadiendo que la dama se había recluido en un cuarto, y apenas comido desde su llegada; tan sólo había pedido una taza de té; parecía profundamente abatida. Nos dirigimos a la habitación. El dueño del hotel dio algunos golpes en la puerta; ella respondió con voz débil, y abrió. No tuve tiempo de hacer o decir nada. Andrade me empujó a un lado, y los dos cayeron uno en brazos del otro. La Marucha lloró mucho y llegó casi a desmayarse.
-¿Todo se aclaró?
En absoluto. Ninguno de los dos volvió a mencionar el asunto. Rescatados de un naufragio, no quisieron saber nada de la tempestad que los había hecho zozobrar. La reconciliación fue rápida. Andrade le compró a los pocos meses una casita en Catumby; la Marucha le dio un hijo, que murió a los dos años.
Cuando Andrade debió viajar al norte en una comisión del gobierno, la Marucha quiso acompañarlo: se seguían queriendo igual, si bien el ardor primero se había sosegado un poco. Yo la convencí de que lo esperase. Andrade confiaba en regresar pronto, pero, como ya te he contado, murió en la provincia. La Marucha sintió profundamente su muerte; le guardó luto, y obró en todo como si fuese su legítima viuda. Me consta que, luego de tres años, aún asistía siempre a misa el día del aniversario. Hace diez años la perdí de vista. ¿Qué piensas de toda esta historia?
-Realmente, debo reconocer que hay ocurrencias bien singulares; siempre y cuando no te hayas aprovechado de mi credulidad para urdir una trama novelesca...
-No, no he inventado nada. Es realidad pura.
-Pues, señor, es algo muy curioso. En medio de una pasión tan ardiente, tan sincera... Yo insisto en mi teoría: creo que fue la nostalgia del fango.
-No; nunca la Marucha se rebajó hasta los Leandros.
-Entonces, ¿por qué lo haría aquella noche?
-Vio un hombre que supuso a distancias abismales de la gente que ella frecuentaba. Por eso obró sin recelo. Pero el azar, que es a un tiempo dios y diablo... ¡En fin, cosas!*

FIN



EL DIPLOMÁTICO Joaquim Machado de Assis



LA CRIADA entró en el comedor, se aproximó a la mesa rodeada de gente, y habló en voz baja con la señora. Al parecer le dio algún recado de urgencia, porque la señora se levantó de su silla.
-¿La esperamos, doña Adelaida?
-No, señor Rangel; continúen que ya regreso.
Rangel era el encargado de leer El libro de suertes. Dobló la página, y recitó un título: "Si alguien le ama en secreto". Movimiento general; hombres y mujeres se sonrieron entre sí. Estamos en la noche de San Juan de 1854, en una casa de la Calle de las Mangueiras. El dueño de la casa se llama Juan, Juan Viegas, y tiene una hija, Juanita. Todos los años se reúnen parientes y amigos, hacen una fogata en el solar, preparan los pasabocas de costumbre y se echan las suertes. También hay cena, algunas veces baile, y algún juego de prendas, todo muy en familia. Juan Viegas es escribano en un tribunal civil de la Corte.
-Vamos a ver, ¿quién sigue? -dijo Viegas-. Me parece que doña Felismina. Averigüemos si alguien la ama en secreto.
Doña Felismina sonrió desvaídamente. Era una buena cuarentona, sin prendas ni rentas, que vivía espiando marido entre el disimulo de sus actitudes devotas. En verdad, la alusión era fuerte, pero apropiada. Doña Felismina era el modelo perfecto de aquellas criaturas indulgentes y mansas, cuyo destino es servir de diversión a los otros. Tomó y lanzó los dados con un aire de complacencia incrédula. Número diez, gritaron dos voces. Rangel miró la página, buscó la línea correspondiente al número, y levó: decía que sí, que existía una persona, que ella debía buscarla el domingo en la misa. Toda la mesa dio sus parabienes a doña Felismina, que sonreía con aire indiferente, pero interiormente esperanzada.
Pasaron los dados a otras manos y Rangel siguió leyendo las suertes. Leía con afectada elocuencia. De vez en cuando se sacaba los anteojos y los limpiaba despaciosamente con la punta del pañuelo de lino -bien fuese por exhibirlo, o por hacer sentir el perfume que le ponía-. Presumía de grandes modos, y sus amigos lo apodaban "el diplomático".
-Vamos, don diplomático; continúe.
Rangel parpadeó; se había olvidado de leer una de las suertes por estar recorriendo con la mirada el grupo de muchachas que tenía al frente. ¿Le interesaba alguna? Vamos por partes.
Era soltero, no por vocación sino por obra de las circunstancias. En su juventud tuvo algunos amoríos, pero con los años le llegó el deseo de grandeza, y esto le fue prolongando el celibato hasta los cuarenta y un años que tiene ahora. Aspiraba a alguna novia de nivel social superior al suyo y se le pasó el tiempo esperándola. Llegó a frecuentar los bailes de un abogado célebre y rico, para el cual trabajaba en ocasiones y que era su protector. Lucía en aquellos bailes tan subalterno como en el trabajo; se pasaba la noche recorriendo los pasillos, espiando el salón, viendo pasar a las damas, devorando con los ojos una multitud de espaldas magníficas y talles graciosos. Envidiaba a los hombres, y trataba de imitarlos. Salía de allí excitado y resuelto. A falta de bailes, asistía a las fiestas de la iglesia en donde podía mirar a las clamas prestantes de la ciudad. No dejaba de asistir tampoco a los desfiles imperiales, para ver pasar las grandes damas y los personajes de la corte, ministros, generales, diplomáticos, jueces, e identificaba todo, personas y carruajes. Volvía de la fiesta y el cortejo como de los bailes: impetuoso, ardiente, capaz de arrebatar de un lance la palma de la fortuna.
Lo peor es que entre la espiga y la mano existe el muro de que hablaba el poeta, y Rangel no era hombre de saltar muros. Con la imaginación hacía cualquier cosa, raptaba mujeres y destruía ciudades. Más de una vez fue, en su interior, ministro de estado y se hartó de cortesías y decretos. Llegó al punto de proclamarse emperador, un dos de diciembre, de regreso del desfile del parque imperial; se ideó para ello una revolución, en la que derramó alguna sangre, poca, y una dictadura benéfica que utilizó, con ejemplar mesura, para tomarse algunas pequeñas revanchas laborales. Pero todas sus proezas eran fábulas. En la realidad, era pacato y discreto.
A los cuarenta años se dejó de ambiciones; pero su índole siguió siendo la misma y, a pesar de su vocación conyugal, no encontró novia. Más de una lo hubiera aceptado con placer; pero con todas fracasaba a fuerza de circunspección. Un día reparó en Juanita, que llegaba a los diecinueve años y poseía un par de ojos bellos y sosegados, vírgenes de todo trato masculino. Rangel la conocía desde niña, la había llevado a hombros en el Paseo Público, o en las noches de fiesta de la Lapa. ¿Cómo hablarle de amor? Pero de otro lado, las relaciones con la familia eran tales, que podrían facilitar ese casamiento. Y era éste, o ninguno.
En este caso el muro no era alto y la espiga era corta; bastaba estirar el brazo con algún esfuerzo para arrancarla del suelo. Rangel andaba en ello desde algunos meses atrás. No estiraba el brazo sin mirar antes hacia todos los lados, para ver si alguien venía; y, si alguien venía, disimulaba y se retiraba. A veces, con el brazo estirado, le sucedía que un soplo de viento agitaba la espiga o algún pajarito se posaba en las hojas secas y esto solo bastaba para que retirase la mano. Se pasaba así el tiempo, y la pasión se le acendraba: causa de muchas horas de angustia, seguida siempre por grandes esperanzas. Ahora mismo tiene en su bolsillo la primera carta de amor, y está decidido a entregarla. Ya ha tenido dos o tres buenas oportunidades, pero siempre lo ha ido aplazando. ¡Es tan larga la noche! Mientras tanto, sigue leyendo las suertes, con la solemnidad de un profeta.
Todo en el ambiente es alegría. Hay susurros, risas, voces entremezcladas. El tío Rufino, que es el bromista de la familia, se pasea por la mesa haciendo cosquillas con una pluma en las orejas de las muchachas. Juan Viegas está inquieto por la demora de un amigo, Calixto. ¿Qué le habrá pasado a Calixto?
-Por favor, necesito la mesa; pasemos a la sala.
Era doña Adelaida que volvía; se preparaba la mesa para la cena. Todos salieron; así, caminando, resaltaba la gracia de la hija del escribano. Rangel la miraba con ojos enamorados. Ella se aproximó a una ventana, por algunos instantes, mientras se preparaba un juego de prendas y él la siguió. Era la ocasión propicia para entregarle la carta.
Al frente, en una gran mansión había una fiesta, y se bailaba. Ella miraba, él miró también. Por las ventanas se veían pasar las parejas, cadenciosas, las señoras ataviadas con sedas y encajes, los caballeros finos y elegantes, algunos de ellos luciendo condecoraciones. De vez en cuando relucía un collar de brillantes entre los giros de la danza. Parejas que charlaban, charreteras que brillaban, bustos inclinados, vuelos de abanico, todo esto a fragmentos a través de las ventanas que no alcanzaban a mostrar el salón entero, pero dejaban adivinarlo. Él lo conocía, desde luego, y daba toda clase de detalles a la muchacha. El diablillo de las grandezas, que hasta entonces dormitaba, empezó a hacer de las suyas en el corazón de nuestro hombre y hasta intentó seducir también el corazón de Juanita.
-Conozco una persona que luciría admirablemente en esa fiesta-murmuró Rangel.
Y ella, con ingenuidad:
-Sería usted.
Rangel sonrió halagado, y no supo qué responder. Observó los criados y cocheros de librea, en la calle, que conversaban en grupos o reclinados en el tejadillo de las carrozas. Empezó a designar su procedencia: ésta es de Olinda, aquella de Maranguapé. En ese momento llega otra, rodando, del lado de la Calle de la Lapa, y entra en la Calle de las Mangueiras. Se detiene frente a la mansión; salta el lacayo, abre la portezuela, se quita el sombrero y hace una venia. Sale del interior una calva, una cabeza, un hombre, dos galanes, luego una señora ricamente vestida; entran al vestíbulo, y suben la escalinata revestida de alfombras y adornada en su base con dos grandes jarrones.
-Juanita, señor Rangel...
¡Maldito juego de prendas! En el justo momento en que se disponía a decir algo acerca de la pareja que subía, para pasar luego a la entrega de la carta... Rangel obedeció y se sentó frente a la muchacha. Doña Adelaida, que dirigía el juego de prendas, recogía los nombres; cada persona debía ser una flor. Como es lógico el tío Rufino, siempre bromista, escogió para sí la flor del melón, en cuanto a Rangel, para no parecer trivial, repasó mentalmente las flores y cuando la dueña de casa le preguntó por la suya, respondió con mesura:
-Maravilla, señora mía.
-¡Es una pena la ausencia de Calixto! -suspiró el escribano...
-¿Pero él aseguró que venía?
-Sí; a ver no más fue a mi despacho, para avisarme que llegaría tarde, pero que contase con él; tenía que asistir primero a una reunión en la Calle de la Carioca...
-¡Permiso para dos! -gritó una voz desde el pasillo.
-¡Por fin! ¡Ahí llega!
Juan Viegas fue a abrir la puerta; era Calixto, acompañado de un joven extraño, que él presentó a todo el grupo.
-Queirós, empleado de la Santa Casa;1 no somos parientes, a pesar de nuestro gran parecido; quien mira al uno, ve al otro... Todos rieron; era una broma de Calixto, leo como el diablo, en tanto que Queirós era un apuesto joven de veintiséis o veintisiete años, cabello negro, ojos negros, y singularmente esbelto. Las muchachas mostraron alguna timidez; doña Felismina se portó a la altura de las circunstancias.
-Estábamos jugando prendas; ustedes pueden participar, si lo desean -dijo la dueña de casa-. ¿Juega, señor Queirós?
Queirós respondió afirmativamente, mientras echaba un vistazo a los invitados. Conocía a algunos, y cambió dos o tres palabras con ellos. Dijo luego a Viegas que hacía tiempos deseaba conocerlo, por causa de un favor que su padre le había debido en algún asunto del foro. Juan Viegas no recordaba el caso, ni siquiera después de que el joven se lo hubo explicado. Pero le agradó con íntima satisfacción que todos se enterasen de aquello.
Queirós entró de lleno en el juego. Al cabo de media hora parecía ya íntimo de la casa. Todo en él era acción, hablaba con soltura, tenía los gestos naturales y espontáneos. Poseía un vasto repertorio de castigos para los juegos de prendas, cosa que encantó a toda la concurrencia; y nadie los dirigía mejor, con tanto movimiento y animación, yendo de un lado para otro, organizando grupos, empujando sillas, hablando con las muchachas como si las conociera desde la infancia.
-Doña Juanita aquí, en esta silla; doña Cesaria a este lado, de pie, y el señor Camilo entra por aquella puerta... Así no: así, observe, de modo que...
Rígido en su silla, Rangel estaba atónito. ¿De dónde venía ese huracán? Y el huracán soplaba, levantaba sombreros, despeinaba a las jóvenes que reían de contento: Queirós aquí, Queirós allá, Queirós por todas partes. Rangel pasó de la estupefacción a la mortificación. De algún modo, le arrebataban el bastón de mando. No miraba al joven, no celebraba sus frases, y le respondía secamente. En su interior se mordía los labios y lo mandaba al diablo, lo tildaba de tonto y frívolo, capaz de causar risa y agrado sólo porque en noches de fiesta todo es fiesta. Pero repetir éstas y peores cosas no lograba consolarlo. Sufría de verdad, en lo más íntimo de su amor propio; y lo malo es que el otro percibió su agitación, y lo pésimo es que él percibió que era percibido.
Así como imaginaba venturas, imaginaba Rangel venganzas. En su mente hizo trizas a Queirós. Después consideró la posibilidad de algún desastre: un dolor sería suficiente; pero un dolor fuerte, que se llevase de allí al intruso. Ni dolor, ni nada; el sujeto aquél se mostraba cada vez más jovial y toda la sala parecía fascinada con él. La misma Juanita, tan recatada, vibraba en las manos de Queirós como cualquier otra de las asistentes; y todos, hombres y mujeres, parecían empeñados en halagarlo. Cuando sugirió la idea de danzar, las muchachas se acercaron al tío Rufino, y le pidieron que tocase una contradanza en la flauta, sólo una, no pedían más.
-No puedo, tengo un callo en la mano.
-¿Flauta? -gritó Calixto-. Pidan a Queirós que nos toque algo, y verán lo que es una flauta... Ve a buscar la flauta, Rufino. Oigamos a Queirós. ¡No imaginan cómo es él de saudoso en la flauta!
Queirós tocó la Casta Diva. ¡Qué ridiculez!, decía para sus adentros Rangel; una musita que hasta los niños silban en las calles. Lo miraba de soslayo preguntándose si aquello era propio de un hombre serio; y llegaba a la conclusión de que la flauta era un instrumento grotesco. Miró también a Juanita y apreció que, como todos los demás, tenía la atención fija en Queirós, y se mostraba embebida, enamorada de los acordes de la música. Se estremeció sin saber por qué. Los demás semblantes exhibían idéntica expresión, y sin embargo presintió algo que acentuó su aversión al intruso. Cuando la flauta terminó, Juanita aplaudió menos que los otros y Rangel entró a dudar si era por su habitual recato, o si alguna emoción especial... Se hacía urgente entregarle la carta.
Llegó la hora de la cena. Todos entraron confusamente en el comedor y Rangel tuvo la suerte de quedar situado frente a Juanita, cuyos ojos estaban más bellos que nunca y tan expresivos que no parecían los de siempre. Rangel los disfrutó en silencio, al tiempo que con la imaginación hacía volar a Queirós de un solo golpe. Después fantaseó que se hallaban, ella y él, en el hogar futuro, nido de enamorados que adornó con los oros del ensueño. Llegó incluso a sacarse un premio en la lotería y a emplearlo todo en sedas y joyas para su mujer, la linda Juanita, -Juanita Rangel -doña Juanita Rangel, -doña Juana Viegas Rangel, -o doña Juana Cándida Viegas Rangel... No podía omitir el "Cándida"...
-Vamos, un brindis, don diplomático... Regálenos uno de sus brindis...
Rangel despertó. La mesa entera repetía el pedido del tío Rufino; la propia Juanita le pidió un brindis, parecido a aquél que les regalara el año pasado. Rangel respondió que lo haría con gusto, apenas terminara con aquella ala de gallina. Movimiento, murmullos elogiosos. Doña Adelaida se volvió hacia una joven que le decía que nunca había oído discursear a Rangel:
-¿No? -preguntó con asombro-. No imaginas lo bien que habla; con tanta propiedad, con palabras tan escogidas... y aquellas maneras tan finas...
Mientras comía, Rangel iba recordando palabras, retazos de ideas, que pudieran servirle en la composición de frases y metáforas. Acabó y se puso de pie. Mostraba un aire satisfecho y confiado. Al fin se acordaban de él. Terminaba la algarabía de los chistes fáciles, de las bromas insulsas, y acudían a él para poder oír alguna cosa correcta y seria. Miró a su alrededor, vio todos los rostros a su espera. Todos no: los ojos de Juanita se dirigían hacia Queirós y los de éste venían a esperarlos a mitad de camino, en una cabalgata de promesas. Rangel palideció. Las palabras se le anudaron en la garganta; pero era preciso hablar; todos esperaban con simpatía, en silencio.
Habló de cualquier modo. Eligió como tema un brindis al dueño de casa y a su hija. Se refería a ella como un pensamiento de Dios, transportado de la fantasía a la realidad, frase que empleara tres años antes y debía estar ya olvidada. Habló también del santuario de la familia, del altar de la amistad, y de la gratitud, que es la flor de los corazones puros. Cuando las ideas escaseaban, la frase se hacía más florida y retumbante. En suma, un brindis de diez minutos bien medidos, que él despachó en cinco y procedió a sentarse.
No era el fin. Queirós se levantó a los pocos minutos para hacer otro brindis y el silencio fue todavía más completo. Juanita clavó los ojos en el regazo, con rubor; Rangel se estremeció.
-El ilustre amigo de esta casa, el señor Rangel -empezó Queirós-, alzó su copa en honor de las dos personas cuyo santo celebramos hoy; yo brindo por aquella que es la santa de todos los días: doña Adelaida.
Grandes aplausos celebraron ese homenaje, y doña Adelaida, halagada, recibió las felicitaciones de todos los invitados. La hija no se limitó a felicitarla.
-¡Mamá, mamá! -exclamó levantándose; y se acercó a abrazarla y besarla tres cuatro veces; especie de mensaje para ser leído por dos personas.
Rangel pasó de la cólera al desaliento y, terminada la cena, pensó en retirarse. Pero la esperanza, demonio de ojos verdes, le pedía que no se marchase, y no se marchó. ¿Quién sabe? Todo era pasajero, locuras de una noche, requiebros de un momento. Después de todo él era un viejo amigo de la casa, y gozaba del aprecio de la familia; bastaría pedir la mano de la muchacha para que le fuese concedida. Y además, era muy posible que el tal Queirós no tuviera medios económicos para fundar un hogar. ¿Qué clase de empleo tenía en la Santa Casa? Quizá un puesto de segunda clase... Espió de soslayo el atuendo de Queirós, detalló el tejido, escrutó el bordado de la camisa y las rodilleras de los pantalones, el desgaste de los zapatos, y terminó confesándose que se trataba de un joven elegante; pero era muy probable que todo su dinero lo gastase en sí mismo; casarse era una cosa muy diferente. También podría ser que tuviese madre viuda, hermanas solteras... Rangel era solo en el mundo.
-Tío Rufino, tócanos algo.
-No puedo; la música después de comer da indigestión. Volvamos al juego.
Rangel dijo que no jugaba más; tenía dolor de cabeza. Pero Juanita se acercó a él y le pidió que jugaran juntos, en pareja. "La mitad de los puntos para usted, la mitad para mí", dijo sonriendo; él sonrió también, y aceptó la invitación. Se sentaron uno al lado del otro. Juanita le hablaba, reía, lo miraba con sus bellos ojos, traviesa, moviendo la cabeza a lado y lado. Rangel empezó a sentirse más a gusto, y al poco tiempo estaba completamente tranquilo. Se desentendía a veces del tablero, que ella le señalaba con el dedo; y los descuidos se convirtieron en algo deliberado, sólo para ver la mano de la muchacha, y oírla decir: "Por favor, un poco más de atención; mire que vamos a perder..."
Rangel consideró la idea de entregarle la carta por debajo de la mesa; pero no estando declarados, hubiera sido natural que ella la recibiese con excesiva sorpresa; era necesario ponerla sobre aviso. Miró a su alrededor: todos los rostros estaban inclinados sobre los cartones, pendientes de los números. Rangel se aproximó a Juanita, mirando sus cartas como si quisiera verificar algo.
-Ya tienes dos columnas -le dijo en voz baja.
-Dos no; tengo tres.
-Tienes razón; tres. Escucha...
-¿Y usted?
-Tengo dos.
-¿Cuáles dos? Tiene cuatro.
Eran cuatro. Ella se lo indicó, poniendo su rostro muy cerca al suyo. Después lo miró, riendo y agitando la cabeza: "¡Usted es único!" Rangel la oía con singular deleite; la voz era tan dulce, y la expresión tan amistosa, que él, olvidado de todo, la tomó de la cintura y se internó con ella en el eterno vals de las quimeras. Casa, mesa, invitados, todo se sumió en la vacuidad de la imaginación, para dar paso a la realidad única: él y ella, girando en el espacio, bajo miríadas de estrellas que titilaban encendidas con el único propósito de alumbrarlos.
Ni carta, ni nada. Casi al amanecer se arrimaron todos a la ventana para ver salir a los convidados de la casa vecina. Rangel retrocedió espantado. Vislumbró un roce de manos entre Queirós y la bella Juanita. Quiso justificarlo: era sólo su imaginación, que creaba y destruía visiones a manera de olas que nunca terminan. Le resultaba imposible comprender que algunas pocas horas fueran suficientes para unir de aquel modo dos criaturas. Pero era aquello lo que revelaba la actitud de los dos, sus ojos, sus palabras, sus risas, y hasta la saudade con que se despidieron casi al amanecer.
Salió de allí desolado. ¡Solamente una noche, apenas unas horas! Al llegar a casa se tiró en la cama, no para dormir sino para romper en sollozos. A solas consigo perdió toda afectación. No era más el diplomático: era un hombre herido, que se mecía en la cama gritando, llorando como un niño, lleno de amargura por ese triste amor de otoño. El pobre diablo, hecho de devaneo, indolencia y afectación, era en esencia tan desgraciado como Otelo y tuvo un destino aún más cruel.
Otelo mata a Desdémona. Nuestro enamorado, cuya pasión secreta nadie presintió, fue el padrino de Queirós cuando éste se casó con Juanita seis meses después.
Ni la vida ni los años le cambiaron el alma. Cuando estalló la guerra con Paraguay pensó más de una vez en alistarse como voluntario. Nunca lo hizo. No obstante, ganó algunas batallas y acabó siendo brigadier general.

FIN




LOS AMANTES Marta Lynch


Cuando los vio llegar, el encargado del hotel puso un disco con música francesa. Vagamente intuyó que era adecuado a la hora, al mal día de verano y a la pareja que ocupaba ahora la mesita de la izquierda, no exactamente la mejor pero sí la que abarcaba parte de la playa y el mar. Después fregó a conciencia el mármol del largo mostrador y aguardó el pedido. Pero ellos tardaban en llamarlo, demostrando una inquieta falta de comodidad en cada gesto como si las sillas, la medialuz y aun las blusas de colores y los pantalones les quedaran mal.
-Dos cafés -dijo el hombre levantándose.
Pero ella protestó en voz muy baja de modo que agregó:
-Jerez, también.
-Disculpame -dijo el hombre, que se llamaba Alfredo.
Era un hombrón de un metro ochenta y tantos, corpulento y rubio, a quien el sol de la villa había maltratado. La piel de la frente estaba roja y seca y la remera color caqui debía lastimarle las anchas espaldas rojas y despellejadas. Uno de esos hombres demasiado blancos, con una gran cabeza romana y ojos fríos, que caminan como si quisieran triturar la tierra. El encargado le indicó la puerta de la izquierda y llenó las dos copitas hasta que el líquido se derramó sobre la mesa. Después limpió el jerez con la servilleta, acomodó las copas y las tazas de café y se las llevó a la mesa donde estaba la mujer. También ella trató de ser gentil pero sus ojos permanecían lejos, casi donde volaban las gaviotas junto a los arbustos y al barquito que usaba el fotógrafo para las mejores poses del día. Eran como las seis y se había levantado viento de modo que ella vio nubes gris plomizo, muy amontonadas, con un borde blanco dibujado. Los últimos bañistas corrían en busca de las toallas y comenzaba el paseo de los rezagados, los solitarios de siempre, enamorados del mar en la tarde triste, anunciadora del otoño. La mujer insistió:
-Gracias.
En eso se escuchó el ruido de la puerta y Alfredo reapareció esta vez de mejor talante.
-¿Qué hacés? -dijo llegando hasta la mesa como si no encontrara nada por decir.
-Aquí estoy -contestó ella sonriendo.
El encargado descubrió entonces que todo iba a ser difícil, hasta ocupar su sitio detrás del mostrador acomodando las botellas o los trozos de queso bien cortado. No había nadie en el pequeño bar de la playa y las voces de uno y otro se oían claramente salvo que se susurrase. El hombre pensó que pocas veces le había sido dado ver tanto cansancio. Ahora ellos miraban la playa y un niño de unos dos años que corría alegremente como si no tuviera sentido de la orientación. Su madre arrojó una gran pelota verde y el agudo grito de júbilo entró por el ventanal cerrado.
-Deberían abrir estas ventanas -dijo la mujer.
Afuera iba poniéndose más oscuro y frío.
-Es imposible con el mar -contestó Alfredo encendiendo un cigarrillo.
Luego extendió la mano y tomó la de ella con buena voluntad.
Ambos sonreían; la mujer sonríe más, pensó el encargado estudiándola. Sonriendo, ambos parecían revolver un baúl viejo lleno de recortes, de cintas de raso y terciopelo, de sombreros, también viejos. Habían llegado a la villa una semana antes. Lo sabía porque Alfredo fue al hotel con su pequeña valija pidiendo habitación. Ella vivía algo más lejos, en uno de los elegantes hoteles de la costa, y en esa semana pasaron muchas veces a tomar café y jerez. Solamente café y jerez y una de esas veces habían reñido ferozmente y la mujer lloró. Al del hotel lo había impresionado más que el llanto la actitud de Alfredo tan igual a la del hombre que cumple su jornada de trabajo, tan distinta a la de los despreocupados veraneantes medio pelo que se desquitaban durante dos semanas de las ocho horas de oficina, del autobús y la monotonía. Mientras los otros se aligeraban de su peso diario, aquel hombrón cargaba con el suyo en una forma demasiada clara, tal como si quisiese que ella lo advirtiera. Tal como diciendo:
-Este es mi esfuerzo. Esta es mi contribución.
Siguió sosteniéndole la mano pero sus ojos no variaron de expresión. En cualquier momento podría resoplar, encoger los hombros, enfurecerse.
-¿A qué hora sale el autobús? -preguntó la mujer.
-A las nueve y cuarto. Podés quedarte conmigo hasta entonces -dijo Alfredo.
Ella miró su reloj pulsera y su cara cambió como si de pronto retomara una expresión antigua de la que ambos estaban ya semiolvidados.
-Te extrañaré.
Ahora hacía verdaderamente frío y aun así las parejas paseaban cerca del borde de las olas. El carpero acomodó las sillas en pilas de cinco cada una y las arrastró luego lejos del agua. Era un mal verano aquel con largas tardes otoñales como esa en las que nada quedaba por hacer salvo encerrarse en el cine o jugar a las cartas. Todo estaba recatadamente gris, hasta el tardío rayo de sol que iluminaba el recorrido de las gaviotas y cuervillos, y el nombre del barquito usado por el fotógrafo que era Danny, un nombre inadecuado para un barco. El niño corriendo junto a su madre se trepó al barco arrastrando con él la gran pelota verde.
-Adentro, Silvestre -gritó la señora riéndose.
La mujer trató de sonreír y dijo:
-El niño se llama Silvestre.
-También yo te extrañaré -dijo Alfredo besándole la mano.
Pero se revolvió con inquietud hasta que retuvo ansiosamente y como un hallazgo la presencia del encargado del hotel.
-¿Hay cigarrillos? -preguntó.
Estaba aliviado por el descubrimiento de un tercero y la pregunta acerca de los cigarrillos. Parecía ser un fumador desesperado.
-Americanos -aclaró, y las manos se soltaron.
-Sólo en el pueblo -contestó el del bar.
-Bueno -dijo Alfredo mirando su reloj-, el pueblo es grande.
El encargado era un tipo curioso, algo tímido.
-En lo de Viñales -dijo.
-Apenas conocemos -dijo la mujer y su cara se puso como si fuera a llorar-, hemos pasado ocho días en la playa.
El encargado, que estaba a punto de decir algo pareció arrepentirse y se inclinó sobre el mostrador para mostrarse servicial. Tampoco él tenía mucho que decir.
-Lo de Viñales es la calle tres.
Entonces habló Alfredo:
-¿Hace mucho tiempo que tiene este hotel?
-Desde el 65, dos años, exactamente tres temporadas.
-Un buen negocio, entonces.
Podía ser que Alfredo fuese uno de esos hombres que siempre buscan los negocios de los otros. Daba el tipo a pesar de la brusquedad de sus ademanes y de su aspecto reservado. Esa gente que vive ojeando sobre el hombro lo que consigue el prójimo. Ahora mostraba entusiasmo por saberlo todo acerca del funcionamiento de un hotel como ese. Él había tenido la idea de un hotel. Ponía por testigo a Josefina, dijo, y la miró como un amigo veterano que busca el asentimiento de su compañero de pensión.
-Sí -dijo Josefina.
Volvió el rostro mustio y bien tostado hacia el ventanal. El contraluz no la favorecía aunque ya era muy tarde y se había levantado una bruma espesa casi como si el mar hirviera. En la parte baja del hotel junto a los tirantes de madera se veían las reposeras de colores y los tablones por los que de día transitaban los bañistas. La tarde no acababa de morir. Aún, hacia el sur, el cielo estaba gris claro pero en la playa sólo una muchacha se paseaba, seguida por su perro, una linda muchacha joven con largos cabellos negros, sueltos. Llevaba los pantalones enganchados bajo las rodillas y se mojaba los pies a pesar del frío. Su perro corría unos metros adelante. La mamá de Silvestre y Silvestre mismo habían desaparecido.
-¿Hacen una buena diferencia por temporada? -preguntó Alfredo enfrentando al encargado.
-Cuando es buena la estación. La gente no quiere una playa con frío. Así y todo ya hemos levantado casi toda la hipoteca.
-El año anterior fue muy hermoso -dijo Josefina.
-¿Hacen buenas ganancias entonces? -preguntó Alfredo sin oírla.
-Unos seiscientos mil -dijo el encargado.
-Está bien. No hay que preocuparse entonces. Esta es la clase de negocios que quisiera conseguir. Un amigo puso una hostería en Córdoba y la pagó en dos años.
Sus manos eran muy blancas y finas y al mirarlas el encargado cobró bríos para contestar:
-Hay que trabajar fuerte, de algún modo.
Dos chiquitas rubias entraron como tromba en el bar acompañadas por Silvestre.
-Son mis hijas -dijo el encargado.
-¿Cómo se llaman las chiquitas? -dijo Josefina.
-Ester y Lina. Este es Silvestre, el padre es médico y veranea en el hotel.
-Ya lo conocemos -dijo Josefina-, es un chico muy simpático.
Las chicas, en cambio, no eran graciosas. Una de ellas sería gorda. Las trenzas sobre la cabeza le daban aspecto de mujer madura.
-¿Te gusta la villa? -preguntó Josefina con amabilidad.
-Me gusta -dijo la que sería gorda.
-A mí me gusta bañarme en el mar con Silvestre -dijo la otra.
-Ya lo creo que este es un gran negocio -insistió Alfredo encendiendo otro cigarrillo-, yo quisiera comprar una cabaña, alquilarla en el verano y vivir aquí el resto del año.
-En el invierno todo es muy desolado. Sólo resisten los alemanes que se refugiaron aquí después de la guerra.
El encargado calculó que serían las ocho menos cuarto. Apenas una hora después saldría el autobús y ellos conversaban acerca de los alemanes y las cabañas ofrecidas con un plan de ventas galopantes. La conversación murió.
-Así las cosas -dijo el encargado cambiando el disco. Ahora, francamente, ya no sabía cuál elegir. Buscó uno que hablaba de bohemia; aunque no conocía el francés era fácil deducir el significado si el tipo que cantaba deletreaba la bo-he-me. Ellos también escuchaban la bo-he-me.
-Alfredo: ¿qué te pasa? -dijo Josefina con desesperación.
-¿Qué me pasa, qué?
-¿Qué te pasa? -insistió a punto de llorar-. Han sido ocho días infernales.
-Eso es lo que se te ha metido en la cabeza. Estamos espléndidamente y me siento feliz de haber estado aquí.
-Ahora te vas.
-Dentro de una semana estarás de nuevo en Buenos Aires. Todo irá bien, ya lo verás.
La infelicidad se colocaba sobre los hombros de ella renaciendo a cada frase pronunciada. Lo más difícil para ambos era encontrar un tema al cual reintegrarse juntos. Sólo podían hablar del desencuentro. Debajo de una frase la agresión mostraba los dientes.
El encargado decidió servirse un whisky. Bendita tarde. Gastaría más en whisky que la ganancia del café y jerez. Pero cualquier cosa era preferible a escuchar el diálogo que le llegaba claramente. Los tres se sentían mal. Era poco confortable y triste estar allí con una tarde derrumbándose sobre la arena, sobre el techo de telas, sobre las mesitas y los escalones de la entrada.
-Sos una cochina -gritó Silvestre rompiendo a llorar.
Las niñitas se prendieron del pelo en una pelea familiar.
-Cochina, cochina -gritó Silvestre.
-Fuera chicos -dijo el encargado arrastrándolos.
Los chicos molestarían hasta la hora de la comida a las veinte y treinta. Su mujer estaba en la cocina y los dos habían trabajado todo el año para mejorar el hotel y ganar bien durante la temporada.
-¡Quietos!
Desde afuera llegaban los agudos gritos de Silvestre.
-Hay algo nuevo, ¿no? Conociste a otra mujer.
Alfredo se puso furioso.
-Has estado insoportable todo el tiempo. No me hagas caer en tu propio juego.
-Todo lo que hago te impacienta, Alfredo. ¡Has estado tan distante! Has cambiado tanto.
-Es mentira. Yo sé también exactamente qué es lo que siento y quiero.
-¿Quién es? ¿Qué es lo que te pasa?
Ella estaba llorando de modo que apenas podía acertar con las palabras. Se le entendía apenas. Se mostraba vencida.
-¿Te acordás del año pasado? Fueron días memorables, días que ni uno ni otro podremos olvidar.
Alfredo se ablandó.
-El año pasado ¿y bien? ¿Cuál es la diferencia?
-Que ahora sos otro. Existe algo que interfiere.
-También vos has estado bien distinta. Pensás en aquello que dejaste por seguirme. Sentís remordimientos. Qué sé yo. Tus construcciones mentales me irritan cuando no me indignan.
-Todo lo que yo soy te indigna.
Él miró alrededor como si se ahogara.
-Cuando tejés historias, tu voz me agota.
-Alfredo: no habrías dicho eso el año pasado. No lo habrías dicho hasta ahora.
Esa tarde viendo sus anchas espaldas hundiéndose en el mar ella había pensado:
Ojalá no vuelva. Ojalá se muera. Ojalá desaparezca en el agua para siempre.
Y al regresar jadeante y lleno de entusiasmo por el mar, Alfredo le pareció vulgar.
Dijo él:
-Te juro que no existe nadie fuera de nosotros.
Ahora la mentira se volcaba en el mantel junto con el resto del jerez. Ya no lloraba y se mostraba razonable:
-No me digas que nada pasa entre nosotros.
-No podés obligarme a que siga en este juego -dijo Alfredo con una voz neutra. Ella se desintegraba-: ¡Claro que todo había cambiado!
El encargado pensó que aquellos dos se soportaban mal.
-Quiero conservar la idea de otros veranos.
Él extendió la mano hasta tomar la de la mujer y estrujarla con algo del antiguo ardor.
-Querida mía: no te destruyas. Te quiero mucho y eso también lo sabés. Y no te miento. Eso también lo sabés.
-Soy muy desgraciada -dijo la mujer.
Aun de noche, con las luces encendidas podía verse una parte de la playa hasta los toldos, y más lejos, la negra línea del mar. Bien pronto la fosforescencia bordaría la cresta de las olas. Diminutos puntos de luz iluminarían la arena empapada. Ellos habían caminado un año antes acrecentando a cada paso la luminosidad. Alfredo colocó un poco de arena con los puntos de luz sobre su índice.
-Nadie te ha hecho un regalo como este -dijo.
Se habían besado en la boca con un beso perdurable.
-Claro que no -había contestado Josefina.
Ahora se miraron y el encargado supuso que era el par de ojos más tristes de la tierra. Alfredo pensó en la blanda chica que conociera en Buenos Aires, antes de partir. Sonrió a la mujer. Aquella otra cara se le antojaba lo más bonito que viera en su vida. Sin embargo él había amado a Josefina que ahora volvía a ser una compañía, agradable y amistosa, ahora que faltaba un cuarto de hora escaso para dar las nueve. Alfredo la miró con gusto y dijo:
-Acompañame.
-Te veré en Buenos Aires -dijo Josefina, que realmente era una mujer muy agradable.
-¿Hay muchas cuadras hasta el autobús? -preguntó Alfredo.
-Unas dos cuadras y media -dijo el encargado.

FIN