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domingo, 29 de octubre de 2017

BUEN MUCHACHO Marta Lynch



Hay que ver el trabajo que cuesta ser buen mozo, pobre y solo por añadidura, como si uno fuera un raro ejemplar de la especie, a merced de la jauría, en una ciudad podrida como esta de la que no vale la pena hablar. Supongo que de ahí provienen todos los problemas, aun cuando mirando atrás a lo largo de mi historia descubro que la hermosura me trajo no pocos beneficios y que esta vida de hoy, de la que no quiero ni pienso despojarme, se ha hecho en parte gracias al buen tono de mi pelo, a mi contorno y todo lo demás. No es casual que haya pescado a Adela, tantas veces, mirándome arrobada como si le costase esfuerzos concebir que esté cerca de ella, sorbiéndole los sesos, precisamente a ella que se mostró juiciosa durante una buena tanda de años. Y juiciosa o no, perdió el dominio de sí misma, mandó los prejuicios al demonio y se puso a amarme con tal dedicación que por momentos también yo he creído amarla, lo que agregado a los pingües beneficios que me otorga su amistad hace que esté hoy en día en medio de un berenjenal. Porque yo quise siempre hacer felices a los demás. Dar felicidad ha sido mi oficio, así como adornar la calle, la butaca o la confitería. Un tipo como yo está para dar y recibir amor. Y si por eso se le paga no creo que haya que hacer alrededor una alharaca semejante: vivimos en un asqueroso mundo burgués donde las normas las ha dictado un testarudo. Entre tanta aberración, trabajar me ha parecido siempre intolerable. Y todavía más cuando se atribuye sólo al varón, al macho, tal fastidiosa responsabilidad. Hombre o mujer, ¿qué más da? Hace mucho tiempo descubrí que los hombres son los ejemplares regios de la creación. Claro que es lástima que uno necesite tanto un cuerpo de mujer, que las halle a su gusto, tersas, idiotas y tan amables que casi es imposible dejar pasar una de largo, y algo de eso debe haber ocurrido con Gladis, porque el mismo día que nos encontramos la entreví con ese gusto especial que nos despiertan ciertas mujeres; me dio sobre los muslos con su plácida cara a medias cubierta por acné y sus grandes pantorrillas de buena trabajadora que soporta en pie las ocho horas. Una mujer al fin, amplia, carnosa y blanda, confortablemente estúpida y joven. No es necesario complicarse más porque las mujeres como Adela, por ejemplo, lo hacen sentir a uno en falta permanente; hay que responder a sus preguntas, urdir respuestas, fingir una animación que no se tiene o esa curiosa preocupación por cada hecho de la vida que nunca he comprendido y que aqueja a la gente como ella.
Adela cree en el progreso, analiza los sistemas y la horroriza lo que llama -algo dramática- el futuro. Porque no ha comprendido todavía que a ejemplares como yo el porvenir les ofrece siempre espléndidas salidas; hay calles desconocidas, puertas para llegar, portones abordables, hombres y mujeres con debilidades: es decir, enormes reservas de aventura y riesgo a mi disposición. De modo que Adela me molesta -este último tiempo mucho más- la pobre, porque con su habitual sagacidad descubrió en seguida el posible motivo de mi irritación; sintió -como ella dice- el desgarrón, y aunque mentí con mayor énfasis que las veces anteriores, no conseguí diluir su desazón.
Cuando uno está encendido con una cosa como Gladis, el entusiasmo inicial, la curiosidad, el acecho son muy poderosos. Más aun si se trata de una confortable empleadita de comercio con un buen departamento algo cursi y no todo lo importante que sería aconsejable. Pero es difícil conseguir la plenitud; sólo espaciadamente va a dar uno a lo de Adela sobre la calle Arroyo o a la estancia de los tíos de Mariana, aquellos tíos malditos que me pusieron de nuevo en mi lugar. Así que cursi y todo me ha gustado mucho comer a costillas de Gladis y sus amigas acariciándoles las piernas bajo la mesa e invitando a Alfredo para que comparta, como yo, esta buena racha de mujeres. Esto, hasta hoy, me ha divertido: Alfredo, yo y un par de mujercitas con las que el día se corona en cama, sin promesas, sin esfuerzos, a sexo puro y algo de curiosidad: una fórmula estupenda. Claro que Adela es diferente. A veces si la veo pienso que penetro en la nave de una iglesia o que descubro bajo un montón de hojas de los árboles los ojos asustados de un tierno animal recién nacido. Quizá a eso se le llame gratitud; ella ha pagado mis camisas, mis almuerzos, mis alquileres atrasados, ella me ha hablado de la palabra amor y yo le he contestado amor, en voz bien baja. Y la he hecho feliz, lo que no es poco trabajo tratándose de mujeres como ella, lúcidas y complicadas, tanto que a menudo uno piensa que más que mujeres son compañeros, hombres como uno, a los que una misteriosa disposición natural las hace a la vez tiernas y deseables. Pero aun el deseo por Adela es algo diferente, porque nadie puede entregarse a tal locura en medio de una iglesia. Yo la he visto hasta hoy como a un gran compañero, como a un gran tipo estaría por decir y, en ocasiones, como a una fuerza de la naturaleza dispuesta a engullirme sin misericordia. Porque esta hembra maternal que se encarga puntualmente de mi modesto amor diario es también un remolino que arrastra en pos de sí cuanto encuentra al paso. Quiero decir que Adela me ha tomado y yo la he hecho feliz, y si eso no es un contrato de trabajo que venga alguien y lo niegue. Tal como ocurrió en la finca de Rómulo en Mendoza, a la que fui a dar con el conjunto de teatro de la zona y dimos “Macbeth” y luego Tirso, y con Tirso lucí mi buena voz y mi figura; el mismo Rómulo se puso como loco y vino a verme detrás de las maderas que hacían las veces de bambalinas. Está claro que yo no lo busqué. Ya me había ocurrido con anterioridad con el sueco que me llevó hasta las Antillas y todo el tiempo mirándome como desesperado y escribiendo versos detestables y llorando por las noches hasta el punto que tuve que decirle: si piensas insistir con esas complicaciones, pídeme otra habitación en la conserjería. Y él se asustó; lloró y prometió de tal manera que consentí en quedarme, pero dándole la espalda y roncando toda la noche para fastidiarlo más. Hay que ver que no he cedido nunca a cosas como esa. Y es un mérito, ya lo creo; la enorme mayoría de los que luego resultan triunfadores comienzan de ese modo.
Hasta los actores de cine, dicen, con todos sus desplantes posteriores y el talento. Y bien, es mérito: hasta los actores: no yo. El inglés se fue convenciendo poco a poco pero a esa altura ya habíamos recorrido la mitad de México y cuando se desprendió de mí conocí a Morita, en un cabaret de Tasco. Pasamos tres días de locura, encerrados en la hostería donde ella vivía con su hija, tres días de locura en los que nos alcanzaban las comidas ardientes y el tequila por la banderola. Morita era de primera y eso que nunca me gustaron las actrices; ésta resultó de poca posibilidad pero muy hermosa, con unos pechos estupendos y un pelo largo y aceitoso que fijó mi sensualidad a las cabelleras en desorden. Morita era ya madura y la quise mucho durante aquel par de semanas antes de que la hija consiguiera hacerse ver, a punto tal me hallaba enajenado por la madre; y ambas, de una generosidad inusitada. He notado que uno puede esperar de los pobres una ayuda más cierta y eficaz que la de los ricos, sórdidos muchas veces, cuidadosos de lo suyo, temerosos de lo que pueda menguar sus beneficios. Gente censurable que cuenta con casas espléndidas, con fincas o con yates, gente en todo repudiable pero muy útil. Así fue como de Morita pasé a la hija o no recuerdo bien si ellas se allanaron buenamente a compartirme, la deliciosa chiquilina de quince años que se me entregaba con audacia detrás de los armarios, en el bar, en la escalera de acceso a las habitaciones o en el suelo simplemente, sobre los terrones secos. Y Morita, que bailaba y cantaba con furiosos bríos, me hizo bien durante algunos meses hasta que se cansó, quizá la ofendí con lo de la chica, porque el caso fue que compró un billete de barco para la Argentina y me embarcó sin miramientos al cabo de una tarde amarga. No llegué en mucho tiempo a la Argentina sin embargo porque ya en el bar del “Rosa de Fonseca” -Morita fue generosa una vez más- encontré a la inglesa y fue mirarnos y ponernos como locos y salir de allí después de haber bajado media botella de whisky y ron de los mejores. El camarote de ella era de lujo y ocurrió todo lo que se acostumbra en casos como ese, y aun más de lo esperado. El marido de la inglesa subió en Port au Prince y entre mi flamante amiga y yo lo convencimos de que un crucero por las islas griegas era lo más aconsejable en esa época del año. De modo que allí nos fuimos, este amable matrimonio y yo, navegando en la mayor felicidad a través del mar azul y los islotes con sus casitas pintadas a la cal, a los que bajábamos para beber el vino áspero que es el orgullo del país y que tuerce las mejores intenciones. ¡Ah, Grecia fue una gran escala! Lástima que la escala terminó porque este tipo de vida que es la mía tiene el inconveniente de la inestabilidad; uno puede ascender hoy, tenerlo todo, y terminar mañana durmiendo en un banco de la plaza tal como me vi obligado a hacer en las playas de Ipanema cuando los tíos de Mariana descubrieron que había gastado los ahorros de la chica. Si quise a alguien en esa época dura fue a Mariana, con sus ojos azules, su inocencia de 17 años y su robustez teutona. Y aún conservo su imagen en la colección de fotografías. Pienso que hoy debe haber llegado a un peso pavoroso pero entonces me parecía ideal: amplia, ancha, blanda y confortable. Ahora redescubro el tipo en Gladis, robusta en su uniforme de sarga azul y blusa semitransparente, con sus buenas carnes y su acné, la cara algo vulgar, tan sin accidentes, tan manejable, tan excitante; un tipo de mujer que se presenta a veces porque tampoco me conformo en él. ¿Qué es lo que le he encontrado a Adela? Es fina y algo adusta, un curioso aspecto de pájaro que me enternece, una seca voluptuosidad a la que respondo a medias. Y aun así, Adela ocupa intersticios misteriosos y se destaca en este fluctuante cenagal de coitos y viajes, de supercherías y de largos períodos en blanco; ella se destaca y creo que me alegra que así sea porque tengo el techo y el pan asegurados -el pan le toca a Gladis-, pero descubro que Gladis sin la otra carece de sentido. Gladis no existe si Adela no se ocupa puntualmente de mis inquietudes o si deja de mirarme a través de la mesa de café con sus trágicos, bellos ojos de pájaro. Casi me parece que no existe ni siquiera la inglesa que me llevó a Corfú ni el sueco que me paseó a través de las Antillas, ni Enrique Hilton -uno de los Hilton, claro- que me llamaba guía y me dejaba imaginar itinerarios caprichosos, con una voracidad de niño cruel. Pero no soy cruel puesto que a todos hice felices. Entre uno y otro ha existido morralla, gente del montón, montañas de seres entrelazados en jergones, camas de buena calidad, zaguanes y asientos traseros de los automóviles. Morralla digo entre los verdaderos hitos de una vida que marcaron hombres y mujeres especiales. Ahora los bendigo a todos, uno por uno, el sueco, la inglesa, la mejicana, el danés. Rómulo, que se volvió loco y me llevó consigo al campo. Rómulo, que me enseñó el nombre de los buenos vinos y los lugares donde come y bebe la gente bien. Rómulo, que llenó mi armario de trajes bien cortados, que admiraba boquiabierto mis buenas piernas de nadador y que me confesó aterrado la violencia de su sentimiento. Quizá por eso he aprendido a respetarlo; casi me atraían su aspecto espléndido de coronel inglés, sus mostachos blancos y los ojos vivos del empresario afortunado; y de ese modo ¡cómo hubiera deseado tener una parte de lo suyo, una migaja de su cuenta, un potrero de su finca, una habitación de su gran casona llena de recuerdos y de falsos antepasados! A tiempo que todo prometía, Rómulo hablaba de futuros venturosos y hasta de legados; pero los ricos hablan de legados cuando ya han cerrado los cordones de la bolsa. A menudo me pregunto si hube de ponerme a tono con los acontecimientos, si no pequé de timorato o si debí ceder del todo ya que no basta excitar una pasión sino que hay que satisfacerla luego; y es lo que hice con Adela porque preciso su felicidad para acostarme tranquilo con Gladis y con las otras Gladis que fueron o que aparecerán, porque el mundo que habitamos está conformado por vendedoras confortables y no por mujeres que pretenden absolutos. Nadie sabe lo que cuesta esta dura profesión de ser buen mozo. Ayer mismo en el café, escuchando a un amigo divagar sobre mi hermosura, recordé en seguida cómo es que se peleaban las hermanas Miró en la fábrica donde estuve un mes, las cartas rencorosas de Rómulo recriminándome mis encuentros ocasionales y el estupor de Gladis cuando Adela le salió al encuentro. Recuerdo sobre todo el gran aullido visceral de Adela. En Adela, que es tan particular y parece un pájaro, lo recuerdo todo. Y es también lo que no alcanzo a comprender aunque he bajado una botella de escocés en la casa del salvadoreño que conocí anteayer y que me invitó a su casa. Ni el whisky, ni el valet, ni Gladis que sale a las ocho y media del trabajo y a la que encontraba no bien Adela quedaba a buen recaudo. Porque esta noche empiezo otra etapa y es preciso que sobrevenga la aventura salvadora, el diplomático o Alfredo por quien siempre sentí una atracción misteriosa. Yo que no soy ni siquiera ruin encuentro este gran piso sobre la placita de Arenales tan desierto y tétrico como un enorme cementerio. En la habitación vecina el nuevo amigo gestiona un viaje que he puesto como meta para una amistad condicionada. Será fácil apoyarme en él porque es un individuo derrotado; pero las caderas de Gladis eran estupendas y aún dan para un par de veces más. Y este whisky del demonio está más débil a medida que se aflojan mis resortes interiores y voy a llorar si este tipo no regresa y me dice una palabra, voy a gritar si alguien no me quita de los ojos este espejo en el que se refleja mi contorno; aún puedo proponerle a Adela un buen negocio en el que ella pondría su fuerza y yo el tono en el que vivo, que es muy cómodo y al que estoy enteramente encariñado. Pero Adela no contesta a mis llamadas, hace quince horrendos días que nada sé de ella y que la encuentro apetecible y bella en el recuerdo. Hace dos tétricas semanas que conozco el fin de mi aventura y la imposibilidad de sustituirla. Si alguien no interrumpe este whisky que me abrasa, mis aullidos llegarán hasta la calle. En fin: otra mujer, otro hombre, otra posibilidad de vivir de la rapiña, de mis lindos ojos, pero ¿por qué no puedo emborracharme hoy? Y el salvadoreño regresa satisfecho cuando me avisa que lo ha gestionado todo -oyes, belleza-, está todo arreglado y dentro de un cuarto de hora Gladis me pagará la cena y galopará conmigo. Pero las paredes de la casa se derrumban y esa voz absurda se ensaña entre el whisky, el salvadoreño y las ganas de llorar. Esa voz que repite Adela, Adela, es un lugar donde no hay nadie.

FIN





LA ABSOLUCIÓN Luis López Nieves



Tarde en la noche, bajo la lluvia, el carruaje se detuvo frente a la mansión. Los lacayos corrieron a colocar la banqueta bajo la portezuela, para que el Obispo y sus dos sacerdotes pudieran bajar sin esfuerzo. Al inclinarse, la peluca blanca de uno de los sirvientes estuvo a punto de caer en el fango, pero éste la detuvo a tiempo, sin que los clérigos se distrajeran por su torpeza. El Obispo delgado, de carnes rosadas, vestía la ropa suntuosa que exigía la ocasión. Los sacerdotes, más modestos en el acicalamiento, se limitaban a cargar los Santos Óleos y la Eucaristía.
El zaguán estaba repleto de gente del pueblo con velas y linternas en las manos. Olía a lluvia, a humedad, a noche tras noche de llovizna empedernida sin el respiro de una luna llena. Algunas mujeres lloraban. Los lacayos le abrieron paso a los clérigos, pero al llegar a la puerta tuvieron que detenerse y esperar junto a los demás. Pasaron treinta minutos. Sesenta minutos. Dos horas. Primero los lacayos trajeron banquetas para que los clérigos descansaran. Luego trajeron tazones con agua fresca, que el Obispo generosamente compartió con los desconocidos que hacían guardia, como él, frente a la puerta del famoso moribundo.
Al fin, tras una espera que rebasó las tres horas, la sirvienta abrió la puerta y les hizo señas a los clérigos, quienes entraron a la mansión en silencio.
-La sobrina y el médico duermen al fin -dijo la mujer-.
El amo muere.
Llevó a los religiosos a una habitación pequeña, oscura, calurosa. Con la cabeza recostada sobre varios almohadones de pluma, el moribundo miraba hacia la puerta con los labios apretados. Era muy viejo y no llevaba peluca.
-Hijo -dijo el Obispo, sentándose al lado de la cama -¿ya no maldices a Dios?
-No -dijo el moribundo con voz cansada. Los clérigos no pudieron disimular la alegría.
Los dos sacerdotes se congratularon con una son risa, mientras el Obispo, el pecho inflado, miraba al moribundo con ojos condescendientes.
-¡Alabado sea! Al fin has visto la luz, hijo mío. ¿Quieres confesión?
-No -dijo el anciano, cada vez más débil y cerca de la muerte. La vida se le vaciaba como una jarra quebrantada.
El regocijo de los sacerdotes se convirtió en un angustiado desconcierto. El Obispo, entristecido, se enderezó la peluca blanca que le caía hacia el lado derecho.
-Pero has dicho que no lo maldices, que ¡crees en tu Creador!
-No puedo maldecir lo que no existe, idiota -dijo el moribundo con sus últimas energías.
Los ojos del cura que cargaba los Santos Óleos se llenaron de lágrimas.
-Es tu última oportunidad -insistió el Obispo.
-Acércate -dijo el moribundo, levantando una mano.
El Obispo acercó el oído. Los sacerdotes, ansiosos por escuchar, casi se recostaron sobre las espaldas del prelado.
-Váyanse a la mierda -dijo el anciano, y expiró.
Los sacerdotes, atónitos, tardaron varios minutos en reaccionar.
-Excelencia -dijo el que llevaba los Santos Óleos- lo vi en sus ojos.
-¿Qué viste? -preguntó, sorprendido, el sacerdote que llevaba la Eucaristía.
-Quiso arrepentirse -continuó el de los Santos Óleos -, pero el maldito Demonio...
-...le llenó la boca de vil blasfemia y pecado -remató el Obispo.
El sacerdote que llevaba la Eucaristía estuvo a punto de decir algo, pero se detuvo: de su rostro desapareció todo signo de curiosidad. Los tres guardaron silencio otros minutos, contemplando sin cesar el cuerpo inerte del hombre de letras.
-Tengamos piedad de su alma -dijo el que llevaba los Santos Óleos, mientras abría los frascos de aceite exquisito.
-Tengámosla -asintió el Obispo.
Cuando los religiosos regresaron a la puerta principal de la mansión ya el pueblo conocía la noticia de la muerte del filósofo. Algunos lloraban, varios tenían la mirada pasmada, otros guardaban silencio. Todos sabían que algo importante había pasado allí esa noche: la muerte de un hombre que no era como ellos. El Obispo se dispuso a hablarle a su rebaño. Los lacayos acercaron velas a su rostro.
-Hijos míos: regocijaos. Voltaire, el más grande sacrílego de todos los tiempos, vio la luz en los últimos minutos de su vida y pidió la absolución. Dísela. Vio el rostro de Dios. Que descanse en paz.

2001




A Adeline Kuang:
Dice que la ciudad comienza a cansarla. Le aburre contar las ventanas entre las calles del Cristo y de la Cruz. Ese juego ya no la entretiene. Le sugiero que salgamos a la campiña pero ella dice que no, que le aterra salir de las murallas, que afuera todo es insectos, malezas, bestias, indios salvajes. Dice que esta isla se ha convertido en un castigo, en el antiparaíso, y que ya no sabe qué hacer. Afuera de las murallas es un infierno, dentro de las murallas es otro infierno, y ya le cansa contar ventanas.
Desde la última invasión de los holandeses, hace dos años, no se encuentra un libro para leer. La ciudad quemada, casi en ruinas; la catedral silenciosa. Ya no se oye el repicar de las campanas que se robaron los holandeses sacrílegos, ni la música del órgano que destrozaron con sus hachas. Las paredes de las casas están cubiertas de cenizas. Y ese persistente olor a quemado, a hecatombe, ha cambiado el aire que se respira en la ciudad. El cielo es un domo de nostalgia, el cabalgar de los caballos es diferente; nada, nada es igual en San Juan Bautista.
«Es el fin del mundo» dice ella de pie, en el medio de la sala, mirando las vigas del techo y soltándose el largo cabello negro que yo tanto amo; y así, vestida con su traje blanco, de pronto se sienta en el suelo, en el mismo centro de la sala, y con los codos sobre las rodillas empieza a llorar de golpe. Las esclavas corren a socorrerla pero ella ordena que la dejen quieta, que no le pasa nada; me mira a través de las lágrimas y repite que es el fin del mundo, que los holandeses nos han robado la ciudad. Devastado, impotente, la miro en silencio porque no sé qué decir.
La dejé en el muelle de la Puerta de San Juan y luego subí a mi balcón. Desde entonces me he negado a bajar. Vi su barco partir de la bahía: me dijo adiós con su mano enguantada mientras nos mirábamos en silencio. Ella con sonrisa inevitable, dolorosa; yo con lágrimas que ella no podía ver porque estaba lejos. El barco zarpó. María Cristina en su ancho traje de algodón rosado, al lado del mástil principal, me saludaba despacio. Yo veía el agua tan azul de la bahía, el traje volátil de mi mujer azotado por la brisa, las velas del galeón que ondulaban como alas gigantescas; blancas y leves flotaban en el viento. Y esa brisa se llevó la nave. Tras llegar a la boca de la bahía desapareció rumbo a Sevilla. Y yo sigo aquí en el balcón, sentado, escrutando día tras día el vil horizonte.
Esa procesión que pasa frente a mi casa, afligida y nocturna, no me emociona. Apenas escucho el rosario que las mujeres repiten en voz baja. Sigo sentado en mi balcón, velando el horizonte debajo de la luna. Esas antorchas y farolas que con su luz abren la noche, ya no me importan nada. La Semana Santa no significa nada. Este próximo domingo, Día de la Resurrección, no tendré nada que celebrar. La Catedral no podrá doblar las campanas, el coro cantará sin órgano y yo dormiré sin el aroma suave del cabello de María Cristina. Es el fin del mundo.
Anoche pasó otra procesión frente a mi casa. Aún quedan cabos de vela en la calle. Las señoras y las niñas vestían de negro, cubrían sus cabezas con mantillas negras, y la luz amarillenta de las teas y farolas iluminaba las ventanas que mi mujer ya no quiso contar. Yo escuchaba la letanía de las caminantes y la recordaba a ella en esa misma calle, su traje blanco en el sol, pero me bastaba cerrar los ojos un instante para recordar el galeón que abandonó la bahía lentamente, el traje rosado enardecido por el viento, el guante blanco diciéndome adiós.
Me acusan de misantropía. Quieren que renuncie a mi balcón. Mis amigos me invitan a la plaza o quieren llevarme a cabalgar. Me sugieren que tome el sol. Los veo a todos muy preocupados y los comprendo, creo que yo haría lo mismo por un amigo, pero es que a mí ya no me importa. Ayer estuve a punto de insultar al Obispo, quien permaneció casi toda la tarde conmigo en el balcón e insistió en escuchar mi confesión, pero me negué a contarle nada. Me dice que estoy enfermo, que padezco melancolía, y me pide que lo acompañe a la Catedral, a ese mismo edificio de paredes chamuscadas que tanta tristeza causó a mi mujer desde que se quedó sin música ni campanas. Pero no me importa lo que piense él ni nadie. Así se lo dije esta mañana al mismo Gobernador, quien también vino a pedirme que abandonara el balcón. Me habló sobre mis deberes ante los súbditos de la corona, ante el Rey, ante Dios. Luego, en tono severo, me recordó que soy biznieto de conquistador y médico de la ciudad. Dijo que los enfermos me necesitan. Mientras me hablaba bostecé muchas veces y me dediqué, como siempre, a examinar el horizonte en espera del traje ancho de María Cristina.
Mis esclavas, las pobres, no dicen una palabra. Cuando traen las bandejas de comida creo ver algo de tristeza en sus ojos, aunque no puedo estar seguro porque sé que nunca me han querido. No importa. Seguirán llevándose las bandejas como las trajeron, sin tocar, con la comida intacta, y yo me quedaré en el balcón esperando el galeón que deberá volver. Lo que me han dicho mis amigos con voz temblorosa, y luego repetido el Obispo y el Gobernador en tono misericordioso, no es cierto. Es una mentira abominable. Sé que no hubo ninguna tormenta en alta mar. Es sólo un rumor. Tiene que serlo. Yo esperaré en este balcón hasta que vuelva el galeón, sus velas tremolando como alas gigantescas. El traje rosa estará junto al mástil. Volveré a sentir el aroma suave del cabello de mi mujer, la caricia lenta de su mano en mi rostro.

2004


LOS PEDAZOS DEL CORAZÓN Luis López Nieves



Margarita no es el tipo de mujer que le coge pena a los hombres. Durante nuestros quince meses de noviazgo había comenzado a sospecharlo. Pero la certeza -la terrible, insoportable evidencia- la tuve la noche en que fulminó nuestra relación en la misma puerta de su casa. No fue sutil, no paseó por las ramas. Me dijo:
-Gustavo, lo nuestro se acabó. No quiero verte más la cara.
Así dijo. ¿Sintió compasión por mí? Ninguna. Su rostro seguía duro, impenetrable, a pesar de nuestros quince meses de cines, restaurantes, paseos, librerías y amor. A pesar de las muchas noches en que me había prometido: «Gustavo, seré tuya para siempre». Pero de pronto era como si no me conociera, como si nunca jamás hubiera estado en mis brazos. Con sus bruscas palabras me dejó el corazón hecho pedazos. Y a pesar de mi evidente desesperación, no hizo gesto alguno por ayudarme a recoger los blandos trozos de corazón dispersos por el suelo.
Yo había dado un rápido salto hacia atrás, como la gente que pierde un lente de contacto. Me puse de rodillas y le dije:
-Margarita, mi corazón, ayúdame a recoger los pedazos.
¿Qué hizo la hermosa Margarita? ¿Qué exactamente hizo esta mujer que semanas antes, mientras me abrazaba, me había susurrado al oído: «Sin tu amor soy un pájaro sin alas? »
Me cerró la puerta. Eso hizo.
Y ahí quedé de rodillas, en el suelo, frente a los pedazos dispersos de mi corazón destrozado. El espectáculo me impresionó de tal manera que aún lo llevo grabado en la memoria: sobre los escalones de mármol blanquísimo yacían los pedazos tintos y aún palpitantes de un corazón que, a pesar del maltrato recibido, todavía no se resignaba a perder el amor de Margarita. Saqué mi pañuelo almidonado y lo abrí con cuidado sobre el mármol. Recogí cada trozo tibio con esmero, uno por uno. Lo pillaba entre el pulgar y el índice de mi mano derecha, la más diestra; lo llevaba hasta el montículo que empezaba a crecer en el centro del blanco pañuelo y lo soltaba. Así recogí todos los fragmentos, y al concluir mi labor la miré con orgullo y me dije: «He aquí los pedazos de mi corazón». Envolví mi obra con el pañuelo, hice un pequeño nudo y me lo eché en el bolsillo del gabán.
No me atrevía a montarme en el carro. Estaba un poco mareado, me faltaba el aire, la cabeza la sentía muy liviana. De ocurrirme, en esas condiciones, un accidente, ¿cómo explicarles a los policías que no estaba borracho ni drogado sino que tenía el corazón hecho pedazos?
Toqué varias veces en la puerta de Margarita, quien había sido la mujer de mi vida hasta unos minutos antes, pero esa bestia -me cuesta usar la palabra, pero no hay otra-, esa pájara ya estaba bajo la ducha o encerrada en su cuarto con la música a todo volumen. Ya se había olvidado de mí.
Comprendí lo serio de mi caso: era una verdadera emergencia. Por ello decidí buscar ayuda oficial. Saqué el celular del bolsillo de mi pantalón y marqué el 911.
-Emergencias médicas, diga.
-Necesito ayuda, por favor.
-¿Cuál es la emergencia?
-Tengo el corazón hecho pedazos -dije.
Nada, la imbécil me colgó el teléfono. Volví a marcar.
-Emergencias médicas, diga.
-Mire, es en serio. Necesito ayuda. Tengo el corazón hecho pedazos.
-Pues llame a Notiuno. Si vuelve a llamar, lo arrestamos.
Colgó de nuevo.
¿Qué hacer? Me senté en los fríos escalones de mármol blanco -tan gélidos como su dueña-, reflexioné unos minutos y volví a llamar al 911.
-Emergencias médicas, diga.
-Soy yo de nuevo, el del corazón hecho pedazos. Estoy en la avenida Ponce de León número 900. Manda a la policía porque te seguiré llamando toda la noche, puta.
A los diez minutos llegaron dos patrullas. De la segunda descendió un sargento delgado, de bigote fino, a quien se le notaba de lejos que era un hombre sensible. Quizás, en su tiempo libre, era poeta o compositor de baladas. Les pidió a los demás policías, de aspecto bastante violento, que aguardaran, y caminó sin prisa hasta el mármol en que yo esperaba sentado.
-Buenas noches -dijo. Su semblante era el de un hombre en paz consigo mismo.
-Sargento, gracias por venir.
-¿Cuál es el problema?
-Es que tengo el corazón hecho pedazos y no me atrevo a manejar el carro. Me falta el aire y estoy mareado.
-Señor, ¿no cree que estos asuntos se ventilan mejor con un amigo o sacerdote? El 911 es para emergencias médicas reales.
-Pero es que tengo el corazón hecho pedazos.
-Amigo -dijo el sargento, en tono paciente y comprensivo-, usted no es el primero que sufre una tragedia amorosa. Yo le juré a mi novia que si me abandonaba mi vida sería un continuo ir y venir, un perpetuo vagar sin sentido por el mundo, un purgatorio.
-¿Por eso es policía?
-Por eso. Y vago todo el día por la ciudad, aunque siempre tratando de ayudar a los que, como usted, sufren tragedias amorosas.
-Pero lo mío es más concreto, ¿no cree? Mire.
Saqué del bolsillo el pañuelo, lo abrí con cuidado y le mostré los pedazos de mi corazón. Al sargento se le llenaron los ojos de lágrimas.
-Perdón, amigo, estuve ciego -dijo con un sollozo-. Es cierto: usted tiene el corazón hecho pedazos. Llamaremos una ambulancia de inmediato.
En menos de treinta minutos la ambulancia me dejó en la sala de emergencias del hospital. Los paramédicos habían colocado los pedazos de mi corazón en una neverita con hielo. El paramédico jefe, muy competente, quería llevarla en la falda, pero yo insistí en transportar mi propio corazón. Por pena, o tal vez porque en realidad no les importaba, me permitieron cargar la neverita.
En la sala de espera me sentaron al lado de una rubia treintona. El pelo lacio, partido a la mitad, le caía sobre los hombros. Llevaba una blusa rosada ceñida al cuerpo y sonreía con dulzura mientras leía una revista. Se notaba que era una mujer comprensiva.
Estuvimos unos minutos sin hablar. Yo no tenía ganas de hacerlo porque no es fácil terminar con un amor de quince meses. Todavía quería a Margarita, a pesar de que me había destrozado el corazón; cuando se sufre de amor no quedan muchas energías para hablar.
Pero la mujer soltó la revista de pronto, cruzó las piernas y se inclinó hacia mí:
-¿Cuál es tu signo? -preguntó.
-Qué importa -exclamé sorprendido.
-Importa mucho -aclaró-. ¿Qué tienes en esa neverita?
-El corazón, lo tengo hecho pedazos -dije-. ¿Y tú?
-Estoy a punto de volverme loca.
-¿Por qué?
-El bandido de mi novio me dejó. Yo se lo había dicho muchas veces: «Si algún día me dejas, el dolor me volverá loca». Pero no me hizo caso, no le importó un ajo mi salud mental. Eso fue ayer. Hoy amanecí con mucho dolor. Pronto, en horas o tal vez minutos, es obvio que me volveré loca. Quizá tengan que atarme.
-¿Qué te recomiendan?
-Electrochoque. Terapia cognitivaconductista. Pastillas. Meditación. Dieta macrobiótica vegetariana. Depende del psiquiatra. ¿Y a ti?
-Todavía no me ha visto el médico.
-Bueno, pero lo tuyo es sencillo. A mí me han roto el corazón muchas veces.
-¿Y cómo te curaste?
-El tiempo lo cura todo. Paciencia.
Cuatro meses después había empezado a acostumbrarme a la idea de vivir sin Margarita. Todavía la quería, pero me quedaba muy poquito amor. En escasas horas, tal vez en minutos, emitiría un último suspiro y la olvidaría para siempre. Pero debo admitir que, en cierto modo, soy rencoroso. Margarita ya me importaba poco, cierto, pero sentía ganas de vengarme, de hacerla sufrir como yo había sufrido. ¿Acaso es fácil vivir con el corazón hecho pedazos? ¿Es poca cosa?
Esa noche, pues, fui a la casa de Margarita. Aún tenía las llaves, las cuales esa engreída ni siquiera se había molestado en pedirme de vuelta. Probablemente había cambiado las cerraduras.
Pero no, era la misma. Pude abrir la puerta de la sala. Nadie. En la esquina de la derecha, como siempre, el cono de luz formado por la lámpara que acostumbra dejar prendida cuando está en el cuarto. Entré a la habitación. Nadie. Pero alguien se duchaba en el baño. Me acosté sobre la cama a esperar, con los brazos bajo la cabeza. Me sentía algo arrogante y supongo que mi semblante era el de un envanecido desdeñoso, carcomido por un terrible deseo de venganza. Ya me sentía casi libre de Margarita. Sólo me quedaban pocos minutos de amor y los dediqué a contemplar la decoración del cuarto. No quedaba nada mío: ni una foto, ni uno solo de mis regalos, como si yo no hubiera existido nunca.
Tras una larga espera, salió al fin del baño. Estaba desnuda y tan perfecta como siempre, pero no me afectó su presencia. Era claro que el amor se me escapaba de prisa. Me miró con gesto lacónico, sin expresión ni sorpresa.
-Olvidé pedirte la llave -dijo-. ¿Viniste a traerla?
-A eso -dije-. Y a otra cosa mucho más importante.
-¿A qué? -dijo sin miedo. No estaba preocupada por mi presencia en la habitación. No se molestó en cubrir su relumbrante cuerpo desnudo. Así de poco me respetaba.
-Vine a decirte que me quedan poquitos segundos de amor por ti.
-¡Todavía te quedan! -soltó una carcajada-. Qué lento eres. De todos modos, ¿a mí qué me importa? Deja la llave y vete.
-Sé que no recuerdas lo que me prometiste. Yo mismo he olvidado mucho en estos meses. Pero hay una promesa tuya que no puedo olvidar. Me pareció linda en aquel entonces.
-¿Cuál?
-Me dijiste: «Sin tu amor soy un pájaro sin alas».
-Pendejadas -dijo ella-. Ahora vete. Pronto vienen a buscarme.
-Antes escucha.
-¿Qué cosa? Hazme el favor y sal de mi casa.
-Espera... escucha... escucha bien...
-¿Qué dices?
-Silencio, ahora... ahora... oye.
-Tonto, qué...
-¡Calla, carajo! Escucha...
De golpe sentí como si una larga aguja me atravesara el pecho desde adentro, una afilada aguja que quería abrirse paso entre mi carne y salir a la libertad. Entonces lo vi. Primero se escuchó un tenue arpegio como de telenovelas: un «tlin tlin» agudo y sostenido. Luego un hilo rojo muy fino, casi invisible, comenzó a salir de mi pecho. Al contacto con el aire, se disolvía.
-¿Lo ves, Margarita? -dije calmado-. ¿Lo oyes...? Los últimos segundos de amor por ti. Salen lentos. Los siento salir. Salen. Ah..., se fueron. Míralos disolverse. Ya no te amo, Margarita. Yanoteamo.
Esa noche envolví a Margarita con mi pañuelo y la coloqué en el bolsillo del gabán, donde había guardado los pedazos de mi corazón destrozado. En mi casa la metí en una caja de zapatos, a la que le hice agujeros pequeños para que respirara. Al día siguiente compré una jaula dorada para pájaros raros, con columpios, campanas y una bañerita. Por tratarse de Margarita, también compré muchos espejos. En el colmado adquirí alpiste, semillas de anís y galletitas. Coloqué la jaula en la pared de la izquierda de mi sala, al lado de la ventana.
Ahora, cuando recibo visitas, la espantosa pájara sin alas es siempre el centro de atención. La gente es cruel. Algunos han dicho que la criatura es un monstruo, un simulacro de pájaro, y que debería morir porque no tiene alas. Lo han dicho al frente mismo de Margarita, en su cara.
Otros visitantes -los amantes de los animales, los ecologistas, los vegetarianos- han llegado al indelicado descaro de preguntarme si fui yo quien le cortó las alas. Pero no me ofendo jamás. Comprendo que estas personas -dichosas, en verdad- nunca han sufrido: nunca han conocido, como yo, la perfecta congoja de aquel que está de rodillas, solo, desconsolado, en medio de blanquísimos escalones de mármol frío... recogiendo uno por uno los tibios pedazos de un corazón destrozado.

2009



Luis López Nieves, (Puerto Rico, 1950)
Es autor de El corazón de Voltaire, novela aclamada por la crítica literaria internacional como una de las más originales del siglo XXI, y de Seva, uno de los mayores éxitos de la literatura caribeña. López Nieves ha ganado el Premio Nacional de Literatura de Puerto Rico en dos ocasiones. Fundó el primer programa de Maestría en Creación Literaria de América Latina en la Universidad del Sagrado Corazón (San Juan de Puerto Rico), el cual actualmente dirige. También es el creador y director de la Biblioteca Digital Ciudad Seva, uno de los portales ciberliterarios más visitados del mundo. Ha publicado los libros de cuentos Escribir para Rafa (1987) y La verdadera muerte de Juan Ponce de León (2000), que cuentan ya con varias reediciones. Sus obras han sido traducidas al alemán, inglés, islandés, neerlandés, polaco e italiano. Desde el 2007 es Escritor Residente de la Universidad del Sagrado Corazón. En el 2009 publicó su novela más reciente, El silencio de Galileo, que asimismo ha recibido importantes elogios en tres con